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diariodeunavampiresanovata

-¿Puedes esperar, por favor? -le pregunté con mi tono más meloso- Me voy contigo. Aquí no pinto nada sola.

Desde la tranquilidad que le daba la distancia entre ambos, el albondiguilla me lanzó una mirada dubitativa y llena de recelo.

-¿Qué quieres? -añadí tratando de sonar convincente- ¿que me quede y lo haga yo todo?... ¿Con esta facilidad de movimientos que da el traje de Catwoman?.

El Jonhy sonrió de forma sutil. Al parecer aquel último razonamiento le satisfacía, así que, tras suspirar levemente se acercó a las escaleras para ayudarme a bajar con el mayor garbo posible. Una vez en el empedrado me agarré intencionadamente de su brazo como si aquello se tratase de un romántico paseíto de ganchete y suavemente tiré por él hacia el Route 77.

-Es el camino más corto -le susurré dulcemente para vencer su resistencia- No seas niño.

Noté que inicialmente su cuerpo se mostraba reacio a desandar la ruta que habíamos tomado al venir, sin embargo, tras vacilar un segundo, MacGyver reinició la marcha que nos llevaba de regreso al Aixam... Y de paso, a la fies-vampiro.

Mientras los dos recorríamos la calle más lentamente de lo que en realidad me exigía mi súper-ajustado conjunto de vinilo, yo iba analizando como el número de chupasangres buenorros dentro de la discoteca aumentaba de forma exponencial. Altos, bajos, morenitos, rubios y peliteñidos, todos dentro de un sólo local esperando a ser secuestrados... ¡Madre que baile de hormonas!

-¡La verdad es que es una pena! -empecé a decir a 10 metros de la puerta- Después de todo el trabajo que pasaste en venir a rastrear la zona. Después de todo el tiempo invertido en localizar la fies-vampiro...
-Si no hubieses noqueado a Ervigio...
-¡Eso es lo de menos! -proseguí ignorándolo-...  Perdiendo una tarde entera en bajar al centro. Pateando cada una de las callejuelas que rodean la catedral. Analizando los nombres de los locales en busca de una señal vampírica... Y al fin, descifras genialmente que tras el 77 hay un par de colmillos, ¿todo para qué? ¿Para batirte en retirada como un cobarde?.

Habíamos llegado a la altura de King Kong cuando el albondiguilla se paró para clavar sus ojazos azules en mi y articulando con precisión cada palabra me dijo:

-NO-PIENSO-BESAR-A-LA-BESTIA-ÉSA... Anda, vamos.

Su actitud y la rotundidad con la que hablaba me dejaron fría. ¡Vaya con el MacGyver rebelde!. ¡Qué falta de respeto a la autoridad!, ¡qué poco compromiso con la causa!, ¡qué asco de mejor amigo!.

-Pues yo me quedo -le solté decidida a salvar a mi Ervigio aunque para ello tuviese que besar a todos y cada uno de los vampiros cachondos que debían de estar bailando en el interior de la disco... Musculados,... calientes,... sudorosos...

-Me quedo... -insistí-... y si me pasa algo caerá sobre tu conciencia.

Tan rápido como me lo permitió el tiro del pantalón y sin mirar hacia atrás, cambié de dirección para ponerme a la cola del Route 77, justo detrás de unos culitos murcielaguiles la mar de bien hechitos (¡A estos me los cepillaba yo, muertos de 300 años!). Miré de reojo hacia donde había dejado a mi pelo-pincho-lamido y esperé, segura de que se hallaría en breve a mi lado.

Pasó el tiempo en forma de segundos, ¡de minutos interminables!, llegaron otros chupasangres, creció la fila a mis espaldas, y yo seguía esperando al desertor, que no aparecía.

Era como si realmente se hubiese pirado a casa.

-¡HAY QUE ENTRAR! -se presentó el Jonhy justo cuando me tocaba encarar al murciélago XXXL- Acabo de encontrarrrrrggggfffff...

Estaba sin resuello, asfixiado, sudando a chorros y con el rostro descompuesto por el pavor.

-... al cogerrrggffff... coger el coche... argfff...
-¡Así que te ibas sin mi!, ¿¡eh!? -le interrumpí furiosa.
-Si... argfff -retomó frenándome con su mano en mi hombro- argf... él... vio... mi... argfff... pegarrrggffff... otra vezzzrgggfff...
-¿Él?, ¿quién?

Pero ya no tuve que preguntar más, desde el final de la fila, una atronadora voz masculina resquebrajó la alegría que se respiraba entre aquella pandilla de festivas ratillas-voladoras.

-¡TÚUUUUU!, ¡MARICÓN DE MIERDAAAAA!

Involuntariamente volteé la cabeza junto con los otros 15 no-muertos de la cola.

-¡TE VOY A PARTIR LA CARA!... ¡A TI Y A LA ZORRA DE TU AMIGA!

Allí a lo lejos, apartando con "sútiles" empujones a los chupasangres que observaban, entre iracundos y atónitos, su avance, pude comprobar que efectivamente ÉL había visto al Jonhy y que presumiblemente ÉL iba a molerlo a palos de nuevo (conmigo como "bonus track").

-¡Joder!, ¡el Charly! -susurré mientras me escondía detrás de un vampiro bastante ancho de espaldas- Nos va a dejar como un cromo.

Desde las alturas en las que sus 2 metros le permitían habitar, King Kong siguió con el ceño fruncido la aproximación salvaje del único mandril que podría disputarle el puesto de macho alfa  en aquella jungla de asfalto.

-¿Es por vosotros? -preguntó con voz ronca sin quitarle la vista de encima.
-Sí -respondí suplicante- No entiende nuestras cosas... Y ya le ha dado una paliza al Jonhy y...
-Comprendo... Pero no os preocupéis, chicos -anunció paternalmente- Pasad, que ya me ocupo de todo.

Amablemente sujetó la gran cortina negra que daba acceso al interior y el mismo albondiguilla que escasos minutos antes se había negado categóricamente a ayudarme con el secuestro, saltó como una gacelilla cobarde al interior del Route 77.

Yo le seguí tan rápido como pude y justo antes de que el gorila-vampiro dejase caer el paño a nuestras espaldas pude comprobar que mi ex ya chillaba amenazador a su lado, donde lejos de parecer un orangután furioso semajaba más bien un tití histérico.

-¡NO HUYÁIS, MARIQUITAS DE PLA...!

¡PLAFFFFFF!

Una sonora bofetada tronó retumbante en las paredes de la disco trayendo a mi memoria aquellos dulces recuerdos infantiles de las pelis de Bud Spencer y Terence Hill.

 

 

El local tenía mucho estilo, como todo lo que hacen los vampiros. Básicamente, a excepción del raquítico rótulo con la señal de carretera que le daba nombre, todo estaba hecho a lo grande.

La fachada, un enorme grafitti en tonos ocres, representaba la ruta 77 internándose en el árido desierto americano, donde colosales columnas rocosas competían por rozar el gigantesco disco solar. La puerta, inmensa y completamente negra, encajaba en la boca de entrada a una gruta situada a la derecha de toda la composición. Y el gorila que decidía el acceso, era la bestia más descomunal que jamás nadie se haya podido encontrar controlando una discoteca.

 

-¡Espera! -me dijo el Jonhy asiéndome por el brazo- Aún es muy temprano. Lo mejor será vigilarlos desde algún portal cercano para contar cuántos entran y, cuando esté a punto de salir el Sol, tú y yo efectuamos un ataque relámpago, capturamos al chupasangres que esté más cerca de la entrada y salimos cagando leches amparados por el amanacer.

 

Me quedé asombrada por su clarividencia de ideas. ¡Qué plan de ataque más soberbio!. Perpetrar el secuestro cuando sepamos que quedan pocos no-muertos en el interior y éstos se vean además debilitados por la próximidad de la letal mañana.

 

¡Digno de mi y de los que me siguen!

 

Sin embargo, a esas alturas de la noche y después de todo lo que había tenido que oir dentro del Aixam, no me sentía con ánimos de darle palmaditas en la espalda al Jonhy. Con la mirada al frente, el porte altivo y dando pequeños pasitos de gheisa a causa de mi aún dolorida espalda, pasé ante el "Route 77", el "WoW" (un discreto garito contiguo a la fies-vampiro) y me dirigí hacia la entrada lateral de la catedral, desde donde tendríamos una buena visión de la situación.

 

-¿Sigues enfadada conmigo? -me preguntó inquieto el albondiguilla al percibir mi mutismo.

 

Evidentemente que estaba enfadada con él. ¡Pues claro que sí!.

 

-No -respondí con el resentimiento chispeando en la mirada.

-Entonces, lo de antes está olvidado, ¿verdad? -insistió mientras se sentaba en los peldaños del templo.

 

¿¡Olvidado!?. ¡No, no, no, no y mil veces no! ¿Que se creía?, ¿que a las chicas nos mola que nos vacilen? Pues no. N, O, NO.

 

-Sí -consteté fingiendo desidia.

-Vale, porque yo no quiero que por una tontería... -titubeó brevemente-... Debes de pensar que soy un capullo integral, ¿no es cierto?

 

Para ser exactos estaba entre "capullo integral" o "subnormal profundo" y la verdad es que, bien mirado, SÍ, el Jonhy daba más la talla como capullo integral.

 

-Que vaaaa...-dije hastiada de tanto remordimiento fingido- No pienso eso en absoluto -mentí para quitármelo de encima- Y ahora calla que van a empezar a sospechar de nosotros.

 

Doblando la calle, prácticamente siguiendo nuestros pasos, una pareja de chicos jóvenes se aproximaba por el empedrado centenario. Vestían pantalones pitillos, camisetas de colores alegres cubiertas por sendas cazadoras negras y cintos de "Dolce & Gabbana" visibles a 1km a la redonda.

Parecían divertidos por algo y venían haciendo bromas sobre ello. Nuestra presencia los distrajo momentáneamente, pero no nos dedicaron más de un segundo antes de volver a su propia conversación y encararse con el mastodóntico portero.

King Kong, porque este especimen superaba en tamaño a cualquier gorila conocido, les saludó amablemente como si fuesen clientes habituales y después de darle un 1 piquito a cada uno sostuvo la pesada puerta hasta que ambos se sumergieron por completo en las sombras del interior.

 

-¿Qué ha sido eso? -preguntó alarmado el pelo-pincho-lamido- ¿Tenemos que besar a esa mole?

-Pues me temo que sí-le anuncié satisfecha de que al fin el karma le estuviese haciendo pasar un mal rato- Lo que acabas de ver es el típico saludo ruso del ósculo en la boca. Mi Maestro Oscuro me explicó en su día que los vampiros seguían distintos rituales de reconocimiento: inclinar la cabeza, olerse el cuello o las muñecas y darse besitos en boca...

 

MacGyver clavó en mi sus intensos ojos azules ahora llenos de pavor, mientras yo permanecía impasible... y sin poder sentarme a causa del pantalón.

 

-No me mires así -continué seducida por el placer de hacerlo sufrir un poquito- Todo ese rollo viene del conde Drácula que era rumano y ya sabes que rusos y rumanos son primos-hermanos... -callé para recrearme en el tremendo pareado- Y como los vampiros respetan muchísimo la tradición, pues todavía practican esta cariñosa forma de saludo.

 

El albondiguilla no podía estar más consternado. Durante toda mi explicación no había logrado pestañear ni una sóla vez y ahora parecía que iba a comenzar con la hiperventilación... ¡Qué exagerado, por Dios!

 

-Pero quizás los demás se saluden de otras formas más modernas -dijo esperanzado- Ahí viene un nuevo grupito de chupasangres. Tal vez no sean tan efusivos.

 

Siguiendo el mismo trayecto que los dos no-muertos anteriores, esta recién aparecida pandilla se acercaba a grandes zancadas sobre el adoquinado y, ya desde el primer momento, pude vislumbrar que se trataba de un manojo de murciélagos de muy buen ver. Altos, musculados, con polos y camisetas ceñidas, vaqueros prietos, y peinados a la última, estaban como para comérselos... o para dejar que me lo comiesen todo.

 

Con gran seguridad rodearon al gorila de la entrada y después de mantener brevemente una animada cháchara, algunos de ellos se acercaron para darle el temido ósculo de cortesía.

 

-Ves -saltó el albondiguilla- Ves como no todos lo besan.

-Veo, veo -respondí extasiada con tanto semental

-Si hay que morrearse con esa bestia, yo pasó -continuó el Jonhy cayendo en barrena.

-Morrearse, con todos... ¡Ojalá! -musité entusiasmada con la idea.

-¡Qué no entro, Jessi! -gritó MacGyver- ¡Qué si hay que hacerlo no entro!

-Y ni una chica... -susurré calculando la proporción vampiro buenorro/vampiresa en celo.

-¡Pero otro pico máaaaas! -bramó señalando al nuevo macizo que estaba a las puertas del 77.

-¡MA-DRE!, ¡QUÉ TÍO! -exclamé encendida.

-¡¿Pero a qué tanto besuqueo?! -protestaba el Jonhy insistentemente.

-¡ASÍ DA GUSTO MORIRSE! -le ignoré enardecida con el chupasangres cachondo.

-¡Pues yo me voy! -decidió súbitamente mi pelo-pincho-lamido- ¡Me piro para casa!

-¿¡Cómo!?. ¡Nada de eso!. ¡Tú te quedas! -le ordené.

 

 

 

Pero, desoyéndome, se levantó de un salto y bajó los peldaños de la catedral a toda velocidad, poniendo tierra de por medio.

 

Lo miré desde las alturas utilizando toda la fuerza de persuasión de mi mirada y supe que estaba a punto de perderlo. Parado sobre la peatonal, mi MacGyver se debatía indeciso entre acompañarme a la fiesta como fiel escudero o poner pies en polvorosa y desaparecer en la oscuridad de la noche.

 

¡Todo por unas mísera babitas de un simio grotesco! ¡Y justo ahora que yo acababa de descubrir lo machista que era el inframundo y las pocas vampiresas que habitaban en él!.

 

El camino desde la casa de mi abuela hasta el “Route 77”  se hizo más tortuoso que de costumbre.
Los alrededores de la ciudad no se puede decir que estén bien comunicados con el centro así que tuve que soportar mil y un porrazos en la nariz, frente y coronilla por cada uno de los baches que el ayuntamiento todavía no se ha dignado a reparar.

Como si esto fuese poco, el Jonhy se halló subitamente bendecido por la musa del pitorreo y aprovechó esta iluminación divina para sacarle punta a cualquier cosa que yo dijese, hiciese o me aporrease la cocorota.

-Y... estoooo... -comenzó la guasa nada más tomar la primera curva- El trajecito ese... ¿Es para cazar vampiros o para RE-matarlos de la risa?... JUAJUAJUAJUA.

Lo fulminé con la mirada.

-O quizás... ay, ay -resolló recuperando la respiración- o quizás, en esos ambientes del inframundo que tu Maestro Oscuro tan bien conoce, el look “morcilla de Burgos” es el último grito... juajuajua -continuó desternillándose-... ¿Y la talla XS?, ¿es para contener las grasas o quieres practicar el rígor mortis antes de tu conversión? JUAJUAJUÁ...

Esperé en silencio a que se aburriese del cachondeo en soledad.

-Pero, viéndote así creo que le falta algo a tu conjuntito-me incitó a intervenir en el monólogo- ¿sabes qué?
-No. Dímelo tú -contesté de mala gana.
-Un casco para los ¡BACHES!.

¡Clonc!, sonó mi cabeza contra el cristal mientras yo, con grandes dificultades, intentaba amortiguar los socavones municipales sujetándome a los reposacabezas.

-JUAJUAJUA... y que... y que... Ay, ay, ¡qué bueno!-jadeó para si- y que sea blanco con un 8 pintado...

“Un 8 pintado” pensé completamente desconcertada “¿Qué quiere decir con...?”

-Para ir de bola de billar... juajuajua -me aclaró entre un mar de risotadas imposibles de sofocar- Ya sabes, la bola negra... juajuajua...

Puse los labios en trompetilla y mantuve la dignidad mientras el chaparrón de chascarrillos arreciaba cada vez con más fuerza.

-Se abre el telón y se ve a Jessica embutida en un mini traje de charol, ¿cómo se llama la película?... “Liberad a Willy”... juajuajua... Y... ¿y si está chupando un “Tenga-EGG”? -paró para hacer una pausa efectista- “Instinto básico”... juajuajua.

Giré la cabeza hacia la ventanilla tratando de averiguar a qué distancia del "Route 77" nos encontrábamos y constaté con alegría que por fin habíamos alcanzado la civilización, ésa que se distingue por tener calles bien asfaltadas, semáforos en los cruces y bazares chinos. Sonreí al pensar que ya no tardaría mucho en recuperar mi independencia de movimientos y podría así alejarme de las impertinencias del albondiguilla tan rápido como me lo permitiese el tiro del pantalón.

-¿Y si la Jessi se está echando lubricante en las piernas?, ¿cómo se llama el programa de TV?... "Con las manos en la Masa" JUAJUAJUA... ¿y si...?
-¿Y si se abre el telón y se ve al Jonhy partiéndose el culo a costa de la Jessi?, ¿cómo se llama la serie?... "A dos metros bajo tierra".

De un sólo vistazo, el pelo-pincho-lamido me localizó en su retrovisor y, velozmente, replegó la sonrisa de oreja a oreja que lucía desde hacía un buen rato.

-Mujerrrr... -me contestó mientras su cara buscaba una falsa expresión de compunción- Estaba de broma... Lo siento mucho si te he ofendido...

Sin embargo, mis estimados, fieles y (seamos honestos) más bien escasos Siervos de la Noche, aquello no sonaba sincero en absoluto. Llamadme susceptible si queréis, pero yo conozco bien al albondiguilla y se identificar en su rostro la sombra de mofa aún con el semblante más apesadumbrado que es capaz de forzar. En este caso, si me hubiera dicho que era el hijo secreto Will Smith y Whoopi Goldberg le hubiese dado más crédito que a la fingida mueca de niño bueno que trataba de colarme en ese instante.

-¡Anda! -le interrumpí apremiada por unos incipientes dolores en mi espalda- Aparca de una buena vez y sácame de aquí.

Rápidamente, como si hubiese sido poseído por el espíritu de Eugenio y mis órdenes lo acabasen de exorcizar, MacGyver abandonó su particular festival de humor para concentrarse en la búsqueda de una plaza de aparcamiento lo más cercana posible al "77".



Ésta fue una tarea más bien fácil porque el kk-móvil tiene la ventaja de ser más pequeño que una lata de sardinas, con lo que a eso de la una, el albondiguilla ya me estaba sacando fuera del Micromachine invirtiendo el proceso de entrada en el mismo.
En esto empleamos quizás más tiempo del que a priori debiera necesitar, pero mi integridad física (la espalda me estaba matando) y las costuras del pantalón necesitaban una delicadeza de movimientos que repetase por completo su fragilidad.

Así que una vez me hallé cual "Femina Erecta" sobre las baldosas de la acera dando pequeños pasos de gheisa, sentí unas inmensas ganas de agracerle al MacGyver tan laborioso proceso de puesta en circulación. Sin embargo estas locas intenciones se vieron disipadas por el aire fresco de la noche... Bueno, por el aire fresco de la noche y por la mueca burlona que se iniciaba en las comisuras de los labios del Jonhy.

-No te cortes -le espeté encarándome con él- ¡RÍETE! Ríete todo lo que quieras de esta pobre incauta e infeliz que se equivocó de talla...
-...y de huevo...-se chungueó el pelo-pincho-lamido.
-¡Y de huevo! -continué gritando yo- ¡¿Y QUÉ?!, ¿y qué si me he equivocado?. ¿Tú nunca te equivocas?, ¿acaso eres tú perfecto? -añadí mientras avanzaba por la calle- Pues no, no lo eres. Y algún día te equivocarás, te equivocarás y harás el ridículo... ¿Y sabes qué?- le bramé con toda mi furia condensada en el dedo índice- Que allí estaré yo. En ese fatídico momento en el que desees cavar bien hondo para meter tu cabeza en un agujero, allí, ALLÍ  estaré yo. Para cachondearme de ti, para recordártelo eternamente, para que sufras como he sufrido yo hoy... Porque así funciona la justicia cósmica, porque exactamente ASÍ es el KARMA -y envolviendo estas últimas palabras con un tonillo de misterio aceleré mis pasitos hacia la catedral.

A lo lejos un pequeño letrero luminoso anunciaba, para mi alegría, que la fies-vampiro ya había comenzado.

Fuera la noche era fría y el tiempo ciertamente desapacible. Habían bajado las temperaturas de nuevo y el cielo estaba completamente encapotado, amenazando con reiniciar las lluvias que, desde la romántica madrugada en que Ervigio cayó flechado por mí, se habían tomado un merecido descanso.

¿Era aquello un buen augurio?. ¿Dejaba  la humedad a los chupasangres medio atontados como a las moscas?. ¿Repetir la lluvia torrencial de la primera caza al vampiro nos traería más suerte con la segunda?. ¿Por qué Israel participaba en Eurovisión? No tenía ni la más remota idea, pero me alegró el corazón pensar que todo iba a salir genial, perfectamente, a pedir de boca... De la nuestra, claro, no de la de mi futura familia murcielaguil.

Cruzamos a paso legionario el jardín de mi abuela. En el cielo no había rastro de Luna y el entorno distaba mucho de recordar aquel vergel que nos había amparado del Charly el sábado pasado. En este momento estábamos sólo ante una inmensa penumbra tenebrosa donde pequeñas sombras traviesas correteaban entre setos y rosales movidas por el viento.

-¿Dónde está el coche? -le pregunté al Jonhy con la única intención de que mi voz rompiese el inquietante silencio que nos rodeaba.
-Ahí -contestó él aparentemente ajeno a mi autosugestión- justo detrás de ese árbol.

En la mitad de la calle, desfiando las inclemencias del tiempo que se avecinaban y podrían perfectamente llevárselo volando por los aires, el pequeño Aixam azul pitufo de la madre del Jonhy nos esperaba tranquilamente aparcado bajo un platanero.

"Bib, bip", sonó la alarma antes de que el cierre centralizado nos permitiese entrar.

-¡Vaaaayaaaa! -me sorprendió tanta protección para un kk-móvil.
-¡Síp! -atajó el albondiguilla intuyendo mi guasa creciente- Mi madre la compró en el teletienda. Ya sabes que no hay producto malo si le regalan otro igual a las 60 primeras llamadas.

Agaché la cabeza con la sonrisa aún en los labios y analicé el minúsculo habitáculo: dos asientos ridículos, una palanquita de cambios y un volante de juguete. Aquello nunca parecería un vehículo serio, ni gastándose los ahorros de toda una vida en "tunearlo".



-¿También salta la alarma si se llevan el Micromachine en el bolsillo?

Las cejas de mi MacGyver se cruzaron sobre su naracilla resabida para soltarme una mirada asesina justo antes de ocupar la posición del piloto.

-¿Entras o esperamos a que vampiro-a-domicilio nos mande un chupasangres a casa?

"¡Entro, entro!. ¡Claro que entro!", pensé mientras comenzaba a botar inquietamente frente a la puerta abierta del coche... ¡SÓLO HABÍA QUE AVERIGUAR CÓMO!

Encorsetada y presionada de pies a cabeza, las costuras de mi ligeramente ceñido atuendo no permitían ni el más leve desplazamiento de masa corporal. ¡Líbrarame Dios de elevar una rodilla para meter la pierna en el kk-móvil!

-¿Pasas? -insistió el Jonhy extrañado con tanta indecisión.
-Ehmmmm... Sí... -le constesté mientras comenzaba a flexionar mis extremidades inferiores iniciando una sentadilla.

Ñiiiiiiiiccccccccc, chilló el vinilo del culo. POSTURA FALLIDA.

Tan lentamente como había llevado a cabo el intento de descenso fui recuperando poco a poco la fiable posición vertical.

"Tal vez si me alejo dos o tres pasos...", medité arrastrando los pies unos centímetros al tiempo que me sujetaba con ambas manos en el extremo de la portezuela del Aixam.

-¿Qué haces? -inquirió el albondiguilla asomando la cabeza sobre el asiento del copiloto- ¿Te vas?.
-No, no -le constesté lo más persuasiva que pude- Estoy repasando mentalmente el plan que llevo trazado para esta noche.
-Aaaaaaah... -musitó él mientras observaba perplejo cómo yo empezaba a inclinar lateralmente mi cabeza hacia la entrada del coche.

Un poco más. Otro poco más. Y otro poco más de inclinación.

Con los dedos bien atenazados sobre la puerta me fui ladeando rígidamente sobre el Micromachine hasta que mi frente rozó el techo del mismo. La puerta comenzó entonces a balancearse sugiriendo que pronto cedería cerrándoseme sobre las falanges.

Era ahora o nunca.

Incrusté mi mandíbula sobre el pecho, apreté los ojos y tomando una bocanada de aire solté la presa que habían hecho mis manos.

-Coño -escuché tras abandonarme a la fuerza de la gravedad- ¡Co-ñoooooooooooo!

Acababa de caer con toda mi napia sobre la cremallera de una cálida y mullida tela de algodón. Probablemente vaquera. Probablemente la tela vaquera de un pantalón vaquero. Sin duda la tela vaquera del vaquero negro que aquella noche vestía el albondiguilla.
Medio muerta de la vergüenza y sin saber muy bien donde poner las manos comencé a revolverme para cambiar de posición... Cualquiera sería menos humillante.

-Quieeeeta, quieeeeta... Si llego a saber que era eso lo que andabas buscando te lo hubiese dado antes... ¡Tontorrona! -y rompiendo a reir mi MacGyver me cacheteó el culo.
-Qué gracia -constesté fingiendo indeferencia- A ver. Espera que recuerde por qué no te dejo estéril de un mordisco.
-¡Vaya agresividad! -respondió él aún divertido con mi postura- Venga que te voy a ayudar, pero tú no te muevas, ¿eh?
-Ja-ja.

El pelo-pincho-me-parto-de-risa abrió su puerta y rodeando el bólido se acercó por mi lado para mover hacia atrás el asiento del copiloto. Después, regresando a su sitio, me tomó por la cabeza (momento en que aprovechó para soltar un "por mi no tienes que embutirte más en vinilo") y situó mi tronco entre ambos asientos.

Echando humo por las fosas nasales, miestras descansaba con el cráneo semi incrustado en la luna trasera, esperé a que el Jonhy fuese en pos de mis pies, que eran los únicos que aún permanecían colgando fuera del kk-móvil.

-¡Ah! Y por favor -añadió posando mis preciosas botas sobre la alfombrilla del suelo- Si vuelves a sentir la necesidad de chupar un huevo...
-¡Ríete ahora! -le interrumpí con un grito- Ríete ahora porque esto no va a quedar así.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó cuando se hubo sentado frente al volante- ¿Pegarme con el látigo, dominatrix?

Y carcajeando a mandíbula batiente arrancó el coche para conducirme, más tiesa que una viga, a la mayor fies-vampiro de todo el año.

De brazos cruzados, recostado contra el marco de la puerta y con todos los piños de fuera, la mirada  burlona del Jonhy me recorrió varias veces de la cabeza a los pies tratando de contener la risa. Después de unos interminables segundos en los que mi ademán altivo logró frenar sus incipientes risotadas se dignó a contestar a mi pregunta.

-Vine antes porque pensé que necesitarías ayuda,... ¡pero no imaginaba cuánta!... -y señalando la pelotita traslucida que yo acaba de saborear, añadió- ¿Tú sabes qué es eso que estás chupando?
-Sí claro -una imitación fulera del Kinder Sorpresa, pero sin chocolate-  Sólo que el original tiene más sabor.
-BrruuffffJUAJUAJUAJUAJUAJUA...

La cascada de carcajadas parecía no tener fin. Se agarraba la barriga, ponía las manos sobre las rodillas, daba golpecitos con el puño cerrado sobre la pared, se secaba los lagrimones y entonces cuando unos "ay, ay, ay" sofocados parecían indicar que el espectáculo ya había concluido, me miraba otra vez y vuelta a empezar.

En este plan lo tuve que aguantar bien 5 minutos largos, yo allí, estoicamente tumbada y limitada por mis circunstancias, que daban muy poca capacidad de maniobra, la verdad.

Primero traté de frenarlo con mi ceño fruncido, después intenté un sútil "schhhh, que no estamos solos en casa" y por último le solté, con mi índice amenazante,  un agresivo "o paras o no te van a encontrar los dientes ni los de CSI".

Sin embargo todo resultaba inútil, el Jonhy estaba sumido en una virulenta ciclogénesis explosiva.

Afortunadamente, alarmado por tanto barullo, Tury, el pequeño pequinés de mi abuela, entró como una centella en la habitación, ladrando, dando vueltas por todas partes y rezongando por lo bajo cada vez que se acercaba a las canillas del albondiguilla. Fue esta menos velada amenaza de mi paladín perruno la que consiguió sosegar por fin los cacareos de su archienemigo natural, MacGyver, a quien últimamente, he de reconocer, se le veía algo emancipado de mi histórico liderazgo.

-Mira que eres bruta, ya te explicaré yo que es eso... -zanjó al fin mientras que se acercaba extendiéndome una mano- Anda, ¿quieres levantarte?
-Uhmmmm... -vacilé- Es mejor que me suba el pantalón en esta posición.

El Jonhy me observó extrañado estudiando detenidamente mi atuendo de charol.

-No te lo había visto antes. Es nuevo, ¿no? -y una vez hube asentido con la cabeza añadió- Pues, lo compraste algo pequeño.
-¡Bah! -respondí intentado restarle importancia al asunto- Eso te parece ahora, pero el material es súper elástico y si tiramos juntos hacia arriba...
-No se yo si será tan elástico. -dudó más que razonablemente- ¿Por qué no te pones unos vaqueros negros?
-¡Venga, yaaaaa! -le atajé cortante- No pienso ir a una fies-vampiro con mi vulgar ropa de diario, así que ya puedes demostrar que eres mi mejor amigo y ayudarme con esto.

El Jonhy puso un mohín indescifrable y, encaramándose a la cama sin mediar palabra, se arrodilló de forma que yo apoyase mi cabeza sobre su piernas para que ambos hiciésemos fuerza desde la misma dirección.

-Venga. A la de 3. -me explicó- ¡Tira!
Mmmmggg.
-¡Tira!
Mmmmggg
-¡Tiraaaaaaa!...
Mmmmmmmmmmmmmggggggggggg.
-¡Nada! -jadeó el Jonhy cayendo exhausto sobre el colchón.

Aquellas retorcidas perneras no cedían ni un centímetro. ¡Malditos derivados del pétroleo! ¡Gasolina, mareas negras, efecto invernadero y pantalones de vinilo! ¡Argfff! ¡No traían más que disgustos!.

Con la vista fija en el techo me dejé llevar por la frustación y lo más lúgubres pensamientos. De este modo sumida en la desesperación acabé concluyendo que sólo un milagro superior a la multiplicación de los panes y los peces me podría dividir los muslos de tal modo que mi talla se redujese a una 40. Entonces una idea se cruzó por mi mente,... tal vez si... "¡Dios mío!" , comencé a rezar con fervor, "ya se que nuestra relación no es muy fluida, y que hace mucho tiempo que no hablamos tú y yo, pero... "

-¡Lo tengo! -me sobresaltó el pelo-pincho-lamido

"... pero si eso ya dejamos la charla para otra ocasión. Amén".

-¿Decías? -retorné a asuntos más mundanos.
-Dentro del EGG-Tenga, hay un lubricante. Ábrelo y úntalo todo en las piernas.
-¿Lubricante? -le pregunté extrañada- ¿Cómo sabes tú eso?, ¿y para qué es el lubricante?

MacGyver me echó una mirada de autosuficiencia y con su sonrisa especial de resabido, engoló la voz antes de contestarme.

-Pues ya sabes, mamá tiene una macetita, papá una semillita... Y cuando papá está hasta los cojones de mami coge el EGG-Tenga, lo llena de lubricante y se cepilla al huevo.
-¡Uuuupppssss! -se me escapó nada más activar el interruptor de mi bombilla cerebral.
-Sí, ¡ups! -prolongó mi vergüenza- A saber donde has comprado todo.

Pues eso ya no lo tenía yo tan claro... Pero en cualquier caso, no iba a despreciar mi maravilloso conjunto de vinilo sólo porque lo hubiese adquirido, presuntamente, en un lugar de mala reputación. Así que abrí con decisión el sobre donde venía el gel y me lo rocié en sendas cachas.

Grandes y robustas como son ellas, el líquido resultó escaso para embadurnarlas por completo,  aún así, empujando y tironeando por la tela, conseguimos, no sin cierto esfuerzo, subir el pantalón hasta la cadera.

El resto ya fue pan comido. Cerrar los botones, ponerme en pie, peinarme, retocarme el maquillaje y estar listos para salir de caza. Todo en menos de 3 horas, de tal forma que cuando el viejo reloj del salón empezaba a dar las 12, nosotros estábamos a punto de franquear la puerta principal preparados para asumir uno de los mayores  riesgos de nuestra vida: perderla.

-¿Tury está con vosotros? -me preguntó mi abuela desde el sofá donde estaba viendo la tele.
-No, "abu". Hace ya un par de hora que anda desaparecido.
-¡Demonio de perro! Seguro que ha ido a sentarse frente a la puerta del sótano -nos explicó mi yaya- Últimamente se pasa las noches ahí apostado, aullando y gruñuendo como un loco.

Me hizo gracia que alguien llegase a pensar que todo ese alboroto lo podía formar un pequeño pequinés tarado. Sin embargo yo bien sabía que era mi amante vampiro el que nada más ponerse el Sol se revolvía de sed y dolor en su pequeño ataúd de madera.
Miré hacia las escaleras del sótano deseando poder bajar para confortarlo y despedirme de él en persona, sin embargo, eso hubiese sido forzar una situación peligrosa. Las circunstancias eran así y no había que darle más vueltas.

-¡Nos vamos, abuela!. ¡No nos esperes levantada!.- "Quizás no volvamos jamás", pensé.

Y poniendo una balada de "Sturm und Drang" en el Ipod, salí con lágrimas en los ojos mientras le dedicaba un dulce "adios" mental a los gruñidos que ascendían desde la bodega.

"¡Maldito SPM y su hipersensibilidad femenina!, ¡ojalá me bajase la regla de una puñetera vez!"

 

Así pues tenía todo un día por delante para llevar a cabo cuatro tareas que inicialmente no conllevaban demasiadas complicaciones. Sin embargo, y eso no auguraba nada bueno, ya de mañana se me torció el sueño reparador cuando a mi yaya se le ocurrió  pasar la aspiradora perseguida por un Arturo que atacado de los nervios, ladraba y aullaba alcanzando tales agudos que ni la más robusta cristalería "made in China" osaría resistírsele.

Firmemente decidida a no levantarme antes de las tres y media (MÍNIMO), mantuve los ojos cerrados bajo la colcha tratando de conciliar el sueño que había huído muy lejos acojonado entre el bramido de la aspiradora, los alaridos quejumbrosos de Tury y una participación interminente de mi señora abuela cantando rancheras a pleno pulmón. ¿¡Es ya que no hay respeto por el descanso ajeno!? Era evidente que no, así que rozando la tres de la tarde me di por vencida y bajé a la cocina atraída por el cálido y tentador aroma de un cocido casero.

Después de ventilarme rápidamente dos platazos soperos de tal esquisitez culinaria (la ansiedad me abre el apetito), subí a pegarme una buena ducha y comenzar con el maquillaje.

Vaya por delante que yo tengo mucha mano para esto de la pintura facial, es decir, que se me da bien el look emo y poner los ojos más negros que el carbón. Sin embargo la presión por alcanzar un aspecto vampírico creíble esta noche, provocó en mi pulso un frenético vaivén con el que a duras penas pude trazar unas líneas definibles como rectas para el más común de los observadores.

Así que posponiendo el retoque ocular para más adelante, me lancé a enfundarme mi sofisticado conjunto de vinilo negro y comprobar lo antes posible el efecto global que producía éste con el estudiado maquillaje murcielaguil.

Le eché un ojo al top y me lo puse sobre mis pequeños, pero no por ello menos desafiantes, pechos.

Girándome frente al espejo, mientras practicaba estudiadas poses de seducción vampiresa, se me pasó por la cabeza, por primera vez, que quizás aquella era una talla algo escasa.

"¡Imaginaciones!", decidí mientras expulsaba todo el aire de los pulmones para encajar el raquítico corpiño sobre mi caja torácica.
"Me queda que ni pintado... Sólo tengo que rejuntar la chichas con las tetas...", menos michelín, más escote, todo beneficio."..., caminar como si tuviese un palo en el culo y no respirar demasiado".

Observé mi imagen en el espejo y, a pesar de que el top hacía de presa de contención mejor de lo que cualquiera pueda esperar de un polímero industrial, el hilo de las puntadas semejaba rozar su elasticidad máxima en cada una de mis lorzas abdominales.

"Quizás algo justo, sí", tuve que reconcerle a la amable dependienta del día anterior, "pero con el pantalón estoy segura de no haberme equivocado... Hasta no te digo yo que no me vaya a quedar flojo".

Convencida de que éste sí que encajaba como un guante en mis medidas casi perfectas, metí resuelta cada pierna en su pernera correspondiente y tiré de la cinturilla hacia arriba.

Ñiiiiiiiiigc.

El crujido de la tela contra mis suaves gemelos de seda me avisó de que, tal vez, SÓLO TAL VEZ, al guante le estaba costando una pizquita adaptarse a mis sensuales formas femeninas.

Ñiiiiiiiiigc. Tiré un poco más tratando de no forzar las costuras.
Ñiiiiiiiiigc. Otro centímetro más.
Ñiiiiiiiiigc. Esta mierda casi no sube.
Ñiiiiiiiiigc. ¡Si yo uso la cuarenta!.
Ñiiiiiiiiigc. Bueno, la cuarenta y uno.
Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc. Vaaaaaaale, la cuarenta y cuatro.

Miré valientemente hacia abajo para verificar que efectivamente el pantalón no había alcanzado mayor altura de la que yo intuía por la presión de la tela: mis rodillas.

"Buffffff", bufé mientras me dejaba caer sobre el colchón con mis piernas prisioneras en la tela de plástico y sin apenas inspirar a causa de los pulmones comprimidos. "¿Y ahora qué?".

Eché un ojo al reloj y constaté que las manecillas marcaban casi las 9. Aún muy lejos de las 12, esa hora mágica en la que la carroza se convierte en calabaza, los vampiros salen de marcha a comerse el mundo y mi albondiguilla iba a pasar a recogerme con su flamante kk-móvil.

Aún faltaban 3 horas. Tenía tiempo de sobra para conseguir enfundarme en aquella ajustada segunda piel de charol, retocarme el maquillaje, crear un peinado acorde a la sofisticación de una fies-vampiro y comerme el deseado huevo de chocolate... No necesariamente en ese orden.

Sin variar mi posición horizontal sobre el colchón, alargué la mano hacia la mesilla donde había dejado reservado mi "EGG-Tenga" hasta la cena y lo saqué aceleradamente de allí con la boca haciéndoseme agua de puro gusto.

"Hoy no creo que me pueda caber nada más que este huevo en el estómago", reflexioné mientras mis temblorosas manos pelaban el envoltorio tratando de darse prisa en calmar el hambre generada por el estrés.
"Mucho no va a ser,... pero al menos tiene chocolate... ¿chocolate?... Uhmmm... ¿no veo chocolate?... ¿dónde está el chocolate?"

¡Vaya!, aquella sí que era una Sorpresa, un huevo Kinder de silicona.

"¿Comestible?...", dudé al tiempo que lo lamía lentamente sin mucho convencimiento.

-Uhmmm... - mascullé la incertidumbre. "Parece que no", concluí. "Quizás si lo chupo...".

Y estaba yo precisamente introduciendo en la boca la bola de plástico transparente cuando una conocida voz masculina con cierto tonillo socarrón trastocó mi experimento.

-¿Qué coño estás haciendo?

Inconscientemente la mandíbula se me desencajó y traté de incorporarme para encarar con cierta dignidad al inoportuno visitante. Sin embargo, el esfuerzo sólo me sirvió para descubrir que mi reluciente traje de charol me había dejado tirada sobre la cama, con el pantalón por las rodillas y mis preciosas braguitas de Skelanimals al aire.



-¿Perdón? - contesté. Y, tornando mi vergüenza en irritación, alcé el cuello para tener una mejor visión de la puerta- ¿Qué coño estás haciendo TÚ aquí?

Tomando como ejemplo el vestuario de Selene en Underworld, el miércoles por la tarde, me lancé en busca de un pantalón y un corpiño negros, de vinilo. Los dos bien brillantes y ajustados, para que realzasen mis sugerentes formas incluso en la más absoluta oscuridad.

No creáis, desinformados Siervos de la Noche, que ésta fue una tarea mucho más sencilla que el simple reconocimiento diurno llevado a cabo por MacGyver. Al contrario que el Jonhy, yo tuve que visitar cada una de las tiendas de la ciudad, desde la más “in” hasta el último rastro de prendas de segunda mano. Todo para descubrir que el vinilo se trata de un bien más escaso de lo que a priori pueda parecer.

Finalmente y por pura casualidad, di con mis turgentes posaderas en una pequeña tiendecita llamada “Sade”, que significa seda en inglés. Un acogedor establecimiento de ropa, lencería y otras vituallas, con un único escaparate donde solitario lucía el palabra de honor de charol negro, bien lustrado, más precioso que jamás hayáis podido imaginar.

Justamente situada en la callejuela a la que el mercado mayor da sombra, a escasos metros de la parada del bus que debía tomar para regresar al lado de Ervigio antes del anochecer, ya estaba decidida a usar mi pitillos negros cuando sus letras rojas de neón se presentaron ante mi como caídas del cielo.

Eché un vistazo al reloj para calcular cuanto tiempo me restaba antes de que mi murcielaguito comenzase a aullar como un poseso y prometiéndome ser lo más breve posible, franqueé los cristales tintados ante la mirada de censura de una viejecita que pasaba a mi lado... ¡Tanta braga-faja les ha comido el sentido a las abuelas!, ¡hay que usar más picardías señoraaaaaa!

-Buenas tardes –me recibió sonriente una rubia teñida tras el mostrador- ¿Qué desea?.
-Quería comprar ese corpiño tan monísimo que hay expuesto fuera... Y si tenéis un pantalón a juego también me interesaba.

La peli-teñida me miró de hito en hito como si me colgase un moco de la nariz.
-¿Cuántos años tienes? -preguntó finalmente después de achicar los ojos mostrando las patas de gallo que revelaban cierta discordancia entre la edad que tenía y la facha que llevaba.
-Voy para 18 -respondí molesta por la impertinencia- Pero yo pensaba que para estas cosas no importaba la edad -¿desde cuándo había que enseñar el carnet antes de comprar ropita? Además, con sus 40 bien cumplidos, vestida como si tuviese 15... ¡ella sí que tenía delito!.
-Es verdad -cedió la dependienta tras reflexionar brevemente- Fuera mojigatería... ¿Qué talla usas? ¿Cuarenta y cua...?
-Cuarenta -le atajé- Uso la cuarenta, tanto par el pantalón como para el corpiño.

La dependienta se detuvo sorprendida.

-Mira que este tipo de telas no ceden demasiado. Otros tejidos como el algondón y la lycra dan mucho de si, pero en el vinilo, si te quedas corta, no te va a resultar nada fácil meterte dentro. ¿Por qué no te lo pruebas antes?

¡¿Cómo?! Estaba insinuando que yo andaba entrada en kilos, que no cabía en una 40, que tenía que comprarme una túnica como Demis Roussos. ¡¿Por qué no se echaba ella un vistazo y empleaba la túnica para taparse la cara?!, ¡so vieja!.

-Siempre he usado la 40 y ahora tengo un poquito de prisa -lo cual era cierto, porque el sol estaba a punto de ponerse- Así que si lo tenéis en esa talla me lo llevo ahora mismo.
-Pero esta clase de productos no se pueden cambiar. Ya sabes, por higiene... -insistió la muy petarda.
-Sí, sí. Entiendo... -tampoco mucho, porque para qué tanta higiene en un pantalón y un top- Los compro igual.

La rubia-a-mechas encogió los hombros en señal de resignación y desapareció por la trastienda desde la que se escurría una tenue luz roja acompañada de suave música ambiental.

El local era pequeño, sombrío y ofrecía una variedad de productos mayor de la que inicialmente se puediera esperar de una tienda de ropa. El resultado, sin duda, de que la crisis agudizase el ingenio de los comerciantes.

Las paredes, de un tono encarnado oscuro, estaban cubiertas por vitrinas todavía vacías, excepto en un extremo, donde sobre un expositor de vídeo-club se exhibían grandes éxitos del cine mundial (eso dice el Jonhy, porque para mi Crepúsculo es lo más): “La banana mecánica”, “Alguien penetró en el nido de Cuco”, “El silencio de los conejos“ , “Tócamela otra vez, Sam” y otras pelis de ésas de culto.


En el mostrador había un montón de gominolas de colorines ocupando la mitad del espacio disponible mientras que en lo que sobraba del mismo, una fila de huevos en formación llamaron mi atención. “EGG - Tenga” rezaban las distintas etiquetas de colores que llevaban pegadas en su barriguilla. Probablemente una reciente variedad de huevo Kinder, con esa mezcla perfecta de “+ leche – cacao” y ¡una nueva sorpresa! en su interior cada día. Uhmmm...

-¡Aquí tienes! ¡Tu 40! -interrumpió mi dilirió de chocolate la peli-teñida- He tardado en encontrarlo porque acabamos de abrir y todavía no hemos desempaquetado todas las cajas.
-Muchas gracias -le respondí tratando de abreviar- ¿Cuánto es?
-El top, 50€ y el pantalón 100€. -dijo confirmándolo en las etiquetas- En total 150€.
-¡Coño!, ¡sí que es caro! -se me escapó con el susto.
-Es que en este tipo de artículos ya se sabe -me replicó ella visiblemente apenada por el comentario- Pero, mira, te llevas una bolsita de gominolas de regalo por ser nuestra primera clienta.

¡Hombre! Todo un detalle.

-Muchas gracias, aunque... -seamos sinceros, donde esté el chocolate-... yo preferiría uno de estos huevos.

La cuarentona me miró visiblemente asombrada.

-¡Vaya! -articuló al fin con acento aprobatorio- Para tu novio, ¿no?.
-No -respondí secamente evitando comentar que “él sólo sangre, señora”- Para mi.

Sus ojos se abrieron de par en par durante unos interminables segundos en los que se dedicó a recorrerme de arriba a abajo, de abajo a arriba y vuelta a quedarse pasmada mirándome AHÍ ABAJO.

-¡Guau!, ¡quién lo diría! -concluyó después de cobrarme el importe con la tarjeta- ¡Lo llevas realmente bien!, ¡impresionante!.

Bueno sí, la verdad es que yo no tenía ni pajolera idea de lo que estaba hablando, pero si te comentan que estás impresionante no te vas a poner a discutirlo, simplemente sienta genial.

Aún turbada por los piropos, le sonreí agradecida y ligeramente ruborizada. Tomé la bolsa que me ofrecía aquella amable mujer (¿dije mujer?... aquella jovenzuela, chicuela, mozalbeta... ¡niñita dulze, tierna e infantil!) y abandoné el establecimiento como si me hubiesen crecido alitas en los pies.

Mañana iba a ser el gran día y, aunque yo fuese impresionante, debía prepararme para ello: dormir 10 horas, maquillarme bien, enfundarme en charol y zamparme un delicioso EGG-Tenga.

 

 

Entonces comenzó a explicar, mientras yo degustaba unas exquisitas galletas danesas, cómo íbamos a hacer un reconocimiento diurno al local (cuyo nombre ignorábamos, pero de ubicación, decía Jonhy, sin pérdida), qué roles ibamos a interpretar (yo me pedí vampiresa y a él le toco esclavo humano), cómo conseguiríamos colarnos en el garito (un rollo al que no presté mucha atención) y cómo íbamos a capturar un chupasangres añejo y salir con él tan panchos por la puerta (más blablablá).

Vamos, un tostón interminable del que me quedé con unas pinceladas sueltas por aquí y por allí, a pesar de que mi albondiguilla insistía pacientemente en que memorizase paso a paso el plan que había trazado con su caligrafía impoluta sobre un folio.

Pero es que tanto preparativo era súper-aburrido y si hubiese querido pasar mis vacaciones chapando ya tenía en mi casa toneladas de apuntes a los que no le había echado un ojo en todo el curso. Así que era mejor fingir y acabar con aquella tortura cuanto antes.

Lo observé con cara de interés mientras me hablaba y dediqué mi tiempo de evasión a meditar en lo mucho que le cambiaba la expresión facial el tener los pelos alicaídos sobre la frente.

-bla, bla, bla... Y para terminar -esto capturó mi interés- esta vez llevaremos nuestro propio vehículo motor para transportar al Añejo. Nada de depender de las Ratas de Medianoche, ni de... -se detuvo para buscar la palabra adecuada- ni del simio que conduce las cuatro latas que llamáis furgoneta.
-¡Ajá! -asentí, consciente de que los moratones todavía no estaban curados, y la brecha aún seguía sangrando sobre la ceja (de forma figurada, claro)- Entonces, ¿quién va a conducir? -sondeé con tacto.
-Yo mismo -respondió tajante.
-¡¿Sin carnet?! -respondí sorprendida al descubrir un Jonathan, fuera de la ley- ¿Y la poli?
-El día antes de Fin de Año no creo que hagan demasiados controles. Aún así, correré el riesgo, eso es asunto mío -qué curro se pone cuando entra en modo malote- Además, ya sabes que el coche de mi madre es uno de esos kakacar eléctricos para el que sólo necesito mi licencia de ciclomotor. Con lo que no hay problema -¡mierda! OFF modo malote, ON modo pelo-monaguillo- Otra cosa que debes hacer es quedarte con tu abuela hasta que saquemos a Ervigio de allí. Pero no lo destapes, sólo vigílalo. Ahora estará muerto de hambre, lo de muerto es un decir, claro – apostilló- y como tú has dicho, eso lo vuelve tremendamente peligroso porque aunque no tenga colmillos para hincarte el diente puede intentar cualquier otra barbaridad.

Fruncí los morros demostrándole mi desacuerdo.

-No, no. No te pongas así -contestó a mi gesto- Esta vez quiero que me hagas caso porque si no las cosas pueden salir TERRIBLEMENTE mal.

Y poniendo un extraño acento en lo de “terriblemente” sujetó mis hombros mirándome fijamente con los ojos abiertos como platos.

-Vale, vale -le dije para tranquilizarle- Lo que tú digas.

Sin embargo me disgustaba sobremanera la idea de no poder visitar a mi gran amor hasta después de la fies-vampiro. Yo temía únicamente que la distancia hiciese mella en nuestra relación y el olvido nos alejase de forma irreparable. Además, después de todo lo que habíamos pasado juntos estaba segura de que por muy fuerte que fuese el hambre, mi chupasangres era completamente inofensivo.

Haciéndole justicia, Ervigio sólo había intentado atacarme en una ocasión y aquello había ocurrido en el cementerio, debido probablemente al susto inicial. Para mi estaba claro que mi dulce ratilla-voladora era un chupasangres “vegetariano” como Edward (vamos, de esos que no se zampan personas), más tierno e inocente que el propio Drácula ye-yé.

 



A pesar de todo, como soy una chica obediente, no osé desafiar la planificación del jefe de la manada, puesto que a todas luces me había usurpado el pelo-monaguillo. Así, los días previos a la fies-vampiro los invertí en hacerle compañía a mi yaya, ver la telenovela de la tarde y dormir con la oreja pegada a la puerta por si Ervigio trataba de huir con nocturnidad y alevosía.

De la inspección al pub de los chupasangres, se encargó el Jonhy. Al parecer, el albondiguilla, en los pocos minutos de intimidad que había tenido con mi novio, le había sonsacado cómo llegar hasta allí. Tristemente el murcielaguito no pudo concluir la explicación porque en el preciso instante en que estaba a punto de confesar el nombre del local, había sido interrumpido por mi enérgico rescate.

Con todo y con eso, MacGyver me telefoneó exultante el miércoles por la tarde para anunciar que había dado con la ubicación del antro. ¡Un absoluto prodigio si eres un tío capaz de perderse en el súper del barrio! Al parecer, aunque el sitio está más bien escondido en las callejuelas que circundan la catedral, es fácil de encontrar si se sabe que debe ostentar una seña vampírica. Es decir, un símbolo fácilmente asimilable con esta especie para que sus miembros pueda reconocerlo sin lugar a dudas. P.ej. El "Route 77" recuerda un par de colmillos.

Yo por mi parte tampoco quise quedarme 3 días encerrada mano sobre mano, así que me asigné la tarea lógica para una chica. Algo en lo que un pavo que se enfundaba en la intimidad un chándal roído no podía, mejor dicho, ¡NO DEBÍA! intervenir: EL VESTUARIO.