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diariodeunavampiresanovata

Así pues tenía todo un día por delante para llevar a cabo cuatro tareas que inicialmente no conllevaban demasiadas complicaciones. Sin embargo, y eso no auguraba nada bueno, ya de mañana se me torció el sueño reparador cuando a mi yaya se le ocurrió  pasar la aspiradora perseguida por un Arturo que atacado de los nervios, ladraba y aullaba alcanzando tales agudos que ni la más robusta cristalería "made in China" osaría resistírsele.

Firmemente decidida a no levantarme antes de las tres y media (MÍNIMO), mantuve los ojos cerrados bajo la colcha tratando de conciliar el sueño que había huído muy lejos acojonado entre el bramido de la aspiradora, los alaridos quejumbrosos de Tury y una participación interminente de mi señora abuela cantando rancheras a pleno pulmón. ¿¡Es ya que no hay respeto por el descanso ajeno!? Era evidente que no, así que rozando la tres de la tarde me di por vencida y bajé a la cocina atraída por el cálido y tentador aroma de un cocido casero.

Después de ventilarme rápidamente dos platazos soperos de tal esquisitez culinaria (la ansiedad me abre el apetito), subí a pegarme una buena ducha y comenzar con el maquillaje.

Vaya por delante que yo tengo mucha mano para esto de la pintura facial, es decir, que se me da bien el look emo y poner los ojos más negros que el carbón. Sin embargo la presión por alcanzar un aspecto vampírico creíble esta noche, provocó en mi pulso un frenético vaivén con el que a duras penas pude trazar unas líneas definibles como rectas para el más común de los observadores.

Así que posponiendo el retoque ocular para más adelante, me lancé a enfundarme mi sofisticado conjunto de vinilo negro y comprobar lo antes posible el efecto global que producía éste con el estudiado maquillaje murcielaguil.

Le eché un ojo al top y me lo puse sobre mis pequeños, pero no por ello menos desafiantes, pechos.

Girándome frente al espejo, mientras practicaba estudiadas poses de seducción vampiresa, se me pasó por la cabeza, por primera vez, que quizás aquella era una talla algo escasa.

"¡Imaginaciones!", decidí mientras expulsaba todo el aire de los pulmones para encajar el raquítico corpiño sobre mi caja torácica.
"Me queda que ni pintado... Sólo tengo que rejuntar la chichas con las tetas...", menos michelín, más escote, todo beneficio."..., caminar como si tuviese un palo en el culo y no respirar demasiado".

Observé mi imagen en el espejo y, a pesar de que el top hacía de presa de contención mejor de lo que cualquiera pueda esperar de un polímero industrial, el hilo de las puntadas semejaba rozar su elasticidad máxima en cada una de mis lorzas abdominales.

"Quizás algo justo, sí", tuve que reconcerle a la amable dependienta del día anterior, "pero con el pantalón estoy segura de no haberme equivocado... Hasta no te digo yo que no me vaya a quedar flojo".

Convencida de que éste sí que encajaba como un guante en mis medidas casi perfectas, metí resuelta cada pierna en su pernera correspondiente y tiré de la cinturilla hacia arriba.

Ñiiiiiiiiigc.

El crujido de la tela contra mis suaves gemelos de seda me avisó de que, tal vez, SÓLO TAL VEZ, al guante le estaba costando una pizquita adaptarse a mis sensuales formas femeninas.

Ñiiiiiiiiigc. Tiré un poco más tratando de no forzar las costuras.
Ñiiiiiiiiigc. Otro centímetro más.
Ñiiiiiiiiigc. Esta mierda casi no sube.
Ñiiiiiiiiigc. ¡Si yo uso la cuarenta!.
Ñiiiiiiiiigc. Bueno, la cuarenta y uno.
Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc.Ñiiiiiiiiigc. Vaaaaaaale, la cuarenta y cuatro.

Miré valientemente hacia abajo para verificar que efectivamente el pantalón no había alcanzado mayor altura de la que yo intuía por la presión de la tela: mis rodillas.

"Buffffff", bufé mientras me dejaba caer sobre el colchón con mis piernas prisioneras en la tela de plástico y sin apenas inspirar a causa de los pulmones comprimidos. "¿Y ahora qué?".

Eché un ojo al reloj y constaté que las manecillas marcaban casi las 9. Aún muy lejos de las 12, esa hora mágica en la que la carroza se convierte en calabaza, los vampiros salen de marcha a comerse el mundo y mi albondiguilla iba a pasar a recogerme con su flamante kk-móvil.

Aún faltaban 3 horas. Tenía tiempo de sobra para conseguir enfundarme en aquella ajustada segunda piel de charol, retocarme el maquillaje, crear un peinado acorde a la sofisticación de una fies-vampiro y comerme el deseado huevo de chocolate... No necesariamente en ese orden.

Sin variar mi posición horizontal sobre el colchón, alargué la mano hacia la mesilla donde había dejado reservado mi "EGG-Tenga" hasta la cena y lo saqué aceleradamente de allí con la boca haciéndoseme agua de puro gusto.

"Hoy no creo que me pueda caber nada más que este huevo en el estómago", reflexioné mientras mis temblorosas manos pelaban el envoltorio tratando de darse prisa en calmar el hambre generada por el estrés.
"Mucho no va a ser,... pero al menos tiene chocolate... ¿chocolate?... Uhmmm... ¿no veo chocolate?... ¿dónde está el chocolate?"

¡Vaya!, aquella sí que era una Sorpresa, un huevo Kinder de silicona.

"¿Comestible?...", dudé al tiempo que lo lamía lentamente sin mucho convencimiento.

-Uhmmm... - mascullé la incertidumbre. "Parece que no", concluí. "Quizás si lo chupo...".

Y estaba yo precisamente introduciendo en la boca la bola de plástico transparente cuando una conocida voz masculina con cierto tonillo socarrón trastocó mi experimento.

-¿Qué coño estás haciendo?

Inconscientemente la mandíbula se me desencajó y traté de incorporarme para encarar con cierta dignidad al inoportuno visitante. Sin embargo, el esfuerzo sólo me sirvió para descubrir que mi reluciente traje de charol me había dejado tirada sobre la cama, con el pantalón por las rodillas y mis preciosas braguitas de Skelanimals al aire.



-¿Perdón? - contesté. Y, tornando mi vergüenza en irritación, alcé el cuello para tener una mejor visión de la puerta- ¿Qué coño estás haciendo TÚ aquí?

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