Blogia

diariodeunavampiresanovata

El albondiguilla barbilampiña parpadeo incrédulo un par de veces y después de rodar los ojos por el techo de la furgoneta rosmó por lo bajo:

-¡Jodeeeeeerrrrrr! ¡Es que nunca vas a dejar de crearme problemas!.

¡Venga!, ¡YA!. ¡O sea no!, no me lo podía creer. El pelo-pincho-lamido asumía que todo aquello era culpa mía. ¡VA-MOS!, ¡lo último que hubiera esperado de él!

-Te he oído – le contesté mientras cargaba el Ervi-móvil sacándolo bajo la llovizna que ahora nos envolvía suavemente – y para demostrarte lo injusto que eres conmigo vas a contestarme a un par de cosillas.

El Jonhy encogió sus hombros en señal indiferencia.

-Bien – proseguí tomando ese gesto como un sí – ¿Puedes decirme una sola vez en la que yo te haya forzado a meterte en un lío?
-No – suspiró – no puedo decirte una sola vez.
-¡Ajá! - continué no muy segura de que me hubiese dado la razón – y entonces, ¿serás capaz de explicarme ahora por qué crees que es culpa mía que la bruja se haya quedado en el cementerio?

Mi MacGyver tumba-puertas se detuvo para fulminarme con la mirada un buen rato y por un momento pensé que sí iba darme un proceso detallado de cómo se suponía que yo había logrado tal cosa. Sin embargo saltó de la Trade con cierta dificultad, cargó el ataúd en el máximo silencio y finalmente musitó con ironía:

-No. No puedo explicarte ahora por qué creo eso.

¡Vaya!, con éstas me salía el albondiguilla traidor.

-¡Así que me ves capaz de trazar tan maquiavélico plan!. Pues ya estás empezando a soltar por esa boquita cómo lo hice. ¡Ya me contarás como conseguí que...!

Pero no pude acabar la frase. Justo, en ese momento una voz grave surgió desde la ventanilla del conductor.

-¡Ey!, ¿Vane viene o qué? - dijo un Charly al que la paulatina desaparación del alcohol en su sangre le devolvía cierta lucidez de pensamiento.
-Sí, sí – contesté apresuradamente mientras tiraba por el féretro – Es que en sus circunstancias, le va a costar un poco llegar hasta la cabina.
-¡Ja, ja, ja! Pobrecilla – replicó el galán -  Venga. Voy a bajar a ayudarla.

Mis tiernas piernecitas comenzaron a flaquear y sujetando el Ervi-móvil con una sola mano, traté de controlar el temblor de manos que me impedía introducir la llave en la cerradura. Sin embargo era una tarea casi imposible. La oleada de pánico había llegado también al otro extremo del ataúd y desde allí una  nueva vibración meneaba esa punta de la caja a mayor velocidad que la mía, impidiendo que yo misma me tranquilizase.
Eché un ojo hacia MacGyver y comprobé, sagaces Hermanos de las Sombras, que se encontraba ejecutando el baile de San Vito con tal maestría que o tenía un ataque incontinencia urinaria o sencillamente se estaba cagando de miedo... O ambas cosas a la vez.

- ¿Qué me miras que no abres? - dijo el muy valiente mientras comenzaba a incrustarme la tapa en los riñones.
-Cuando dejes de agitar el ataúd – le repliqué mientras regresaba a la titánica tarea de domar la escurridiza llave de aluminio.

"Clack" se escuchó la manilla de la furgoneta justo en el momento en que mis dedos acertaban por fin a descorrer el cerrojo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza y como un sólo cuerpo el Jonhy y yo nos precipitamos al trote sobre la gravilla del jardín de mi abuela.

-Cierra, cierra – jadeaba él por lo bajo.
-Si consigo dejar de temblar – contesté desesperada mientras soltaba el féretro para sujetar la llave a dos manos e impedirle así el paso a la fiera iracunda que se lanzaría a por nosotros en 1 sg, 2, 3,... - Cerrado. ¡Corre!.

... 5, 6...

Nunca había visto correr tanto al albondiguilla, en realidad, exceptuando las pequeñas carreritas del cementerio, no lo había visto correr jamás. Aún así, como si llevase preparándose para las Olimpiadas toda su vida, salió disparado acarreando el ataúd nada más oir mi voz. Con su cresta lamida, bien tiesa gracias al fijador, se balanceaba jadeante mientras rumiaba toda clase de improperios en mi contra.

-¡Joder!. Maldita loca... ¡Coño!, ¡no puede ser una tía normal!... ¡Normal!... No, si el único subnormal es el menda... Profundo, subnormal profundo... ¡Cagüentó!.

Yo, por la cuenta que me traía, le seguía el paso de legionario al tiempo que escuchaba atentamente lo que ocurría a nuestras espaldas.

... 10, 11 ... Y, "oh, oh" empezaban los problemas.

-¿Vane?... ¿has subido a la cabina?, ¿Vane?... ¿dónde estás?

¡Guau! Aquello se podía considerar todo un récord, ¡el jardín de la yaya en 12 segundos! ¡Si tan sólo me hubiese visto el profe de gimnasia tendría el suficiente asegurado para el próximo examen!.

-¡Eeeeeehhhhhhh!, ¡chicooooossss! ¿dónde está Vane?

Desgraciadamente, no estábamos para celebraciones. La puerta principal de la casa. Otro maldito cerrojo y mi manos botando como unas descordinadas pelotas saltarinas.

-¡No está en la camioneta! - nos anunció preocupado Charly justo antes de sumirse en un inquietante silencio.

Sin duda estaría despejando el vapor de licor en su mente y pronto llegaría a la conclusión acertada. Desde luego la posibilidad de que su ira lo empujase a trepar por el muro de la casa y maquillarnos ambos ojos permanentemente era muy remota... pero para nada imposible. Aún tenía clavada en mi retina la noche en que se peleó el solito con dos malotes que osaron apalpar el culo de su Vane querida.

-¿No se habrá quedado en el cementerio? - dijo para sí empezando a encajar toda la información – ¿No la habréis dejado tirada en el cementerio? - preguntó en un tono casi aseverativo - ¡Cabrones! - tocado y hundido - ¡Os voy a matar hijos de la grandísima puta!

Y como si de un gorila furibundo se tratase, agarró con ambas manos dos barrotes del portón y empezó a abanearse descargando su peso en ellos mientras bramaba incoherencias sumido en la cólera.

-¡No voy a dejar de vosotros ni los huesos!. ¡Una caja de cerillas es suficiente para el polvo al que os reduciré!. ¡Os van a tener que reconocer con microscopio!... ¡Esperaaaad! Esperad ahí a que salte la verja. ¡Esperad que vamos tener una conversación puño a cara!

 

Sí, sí, sí. Ya se lo que estáis pensando, impresionables Siervos de la Noche, ¡pobre dulce e indefensa Vanessa! blablabla y todo esa basura caritativa... Sin embargo al final, la que paga los platos rotos es la de siempre, useasé, yo.
¡Que a mi también me da pena, oiga! Aunque nadie le mandó saltar de la furgo sin avisar. No hay que tener muchas luces para deducir que si llevas viento en contra, has roto un tacón y vas más borracha que el Ortega Cano recogiendo un premio, es bastante difícil alcanzar un  vehículo en marcha.

 


Sin embargo, ¡nadaaaa! , ella se catapulta tan campante a la mitad de la tempestad con su mini-top blanco y los pitillos tan apretados que es imposible dar una zancada sin rajarlos por el culo, luego se queda tirada en el cementerio y ¿a quién le echa todo el mundo la culpa? A mi. ¡A MI! A mi que he lo he dado todo por esa zo.... ¡Todo!, ¡hasta a mi querídisimo Charly!. Ese ser perfecto contra el que aquella noche, debo admitirlo, aproveché para restregarme camino a casa. ¡Aing, omá qué rico!.

Desafortunadamente, mi ex, además de parecer inmune a los dulces arrumacos que yo le brindaba, tenía su atención puesta en mantener las 4 latas de la Trade sobre la carretera. Cosa que, por cierto, le estaba resultando más difícil que esbozar una sonrisa a Nicole Kidman.

Por eso y porque de tanto retrodecer los centímetros que yo avanzaba Charly ya tenía su mejilla contra el cristal , decidí no pronunciar palabra hasta que él iniciase una maniobra de aproximación. De todas formas, para incentivarlo un poco, sí es cierto que durante el trayecto le dediqué  sutilísimos jadeos sensuales al tiempo que agitaba la camiseta mojada con brío figiendo que la estaba secando.

Si me preguntáis ahora, atentos Siervos de la Noche, acerca de la eficacia de esta táctica, debo reconocer que fue más inútil que el abdominazer del Jonhy (un regalo de su amorosa madre). Seguramente, en otras circunstancias la situación hubiese sido bien distinta, pero la música retumbaba en toda la cabina y, para que fuesen audibles, debía elevar el volumen de mis jadeos. Así que al final del trayecto, mi respiración presagiaba más que yo escupiría una bola de pelo, cual gato de Angola (¿para qué la melena si están en el trópico?), que en un tórrido calentón invernal con mi ex...¡Una pena!...

No obstante (ahora voy a ponerme seria) no quiero que con todo esto concluyáis que soy una chica fácil. Debéis tener en cuenta que, auque lo amo con locura, mi encuentro con Ervigio es reciente y al no haberse producido intercambio de fluidos (sanguíneos, evidentemente) nuestra conexión mental no es tan grande como debiera.
Además, habéis de recordar que Charly y yo mantuvimos una relación mucho antes de que la más adorable ratilla voladora irrumpiese en mi vida, así que mi reacción hormonal estuvo totalmente justificada. Más si tenemos en cuenta que mi ex vestía aquella noche el vaquero negro desteñido que mejor le cae a su culo perfecto, una camiseta a juego realzando tremenda espalda,... ¡y ese pelito cortado descubriendo la nuca y el sensual lateral del cuello! ¡tan suave y musculoso que dan ganas de mordisquearlo de arriba a abajo y de abajo a arriba!.

¡¡¡Aiiiiinnnssss!!!, ¡este pavo me pierde!. Pero no hay fallo, la tentación está acorralada. En cuanto Ervigio me convierta en vampiro, dejaré de sentir tan carnales apetitos para centrarme únicamente en la sed de sangre y el sexo salvaje de los no-muertos. Eso es lo que creo y eso es lo que debe ser.

En fin, que como os contaba, todo mi cortejo se había ido "afortunadamente" al carajo y, en menos tiempo del que estimaba, Charly ya me estaba indicando la casa de mi abuela, la cual señalaba, en definitiva, la dirección que me separaría para siempre de él.

Le eché una última mirada de despedida, larga y lánguida como en la películas y salté a la lluvia para abrir el portón trasero de la camioneta.

-¡Dile a Vane que venga a sentarse conmigo! – fueron las últimas palabras que me dirigió mi ex después de tan sentido adios silencioso.

Le mostré la espalda herida en mi orgullo (podía haberse callado si era eso lo único que iba a decir) e ignorándole conscientemente me lancé a descargar al chupasangres de la camioneta.

-¡Venga! - grité en cuanto puse mis ojos sobre el Jonhy que dormitaba contra la pared de la furgo - ¡empuja el ataúd y salgamos de aquí pitando!
-¿Qué pasa ahora? - me dijo medio adormilado.
-La bruja se quedó en el cementerio y en cuanto Charly se entere va a montar en cólera.

Se podría decir que ésta fue la PRIMERA desdichada coincidencia que debo explicar: ¿por qué opté por pedirle ayuda a Vane para cargar a Ervigio en lugar de al cachas musculado de Charly?
Admito que inicialmente había pensado hacerlo así, más que por la obvia fortaleza del muchacho por el sutil propósito de contemplarlo divinamente empapado de arriba a abajo. Sin embargo, después de ver la escena erótica por la ventanilla creí que, dado el poco cariño que últimamente me profesa mi ex, la interrupción sería mejor recibida por la Srta. Tetas-Antigravitatorias, ya que, como buena mujer de mundo, practica la máxima de mantener las apariencias bajo cualquier situación.

Así es que llamé con suficiente vigor como para interrumpir el coito de dos elefantes africanos y al fin, después de un buen rato, se giraron hacia la portezuela donde esperaba yo bajo la lluvia torrencial.
Intuyo que mi aspecto no era de lejos ni tan sexy ni tan exótico como había planeado al dejar mi cazadora atrás, porque, después de volverse, los dos amantes se me quedaron mirando como pasmarotes tratando de confirmar que efectivamente yo era yo.

-¿Quéeee?, ¿me abrís o nooooo? - les ayudé en el reconocimiento.

Entonces parecieron despertar. Miss-Melones-como-Cabezas se recolocó en un segundo el diminuto top blanco que vestía y quitó el seguro de la puerta antes de volver a ocupar rápidamente su asiento bien pegadita al Charly.

-No, no – les dije metiendo la cabeza dentro de la cabina para dirigirme directamente a Vane – Es sólo que necesito que TÚ me eches una mano para meter un ataúd en la parte de atrás.
-¿Un atúd? - me respondió con el esperado mohín de asco.
-Sí, para usar en las actuaciones del grupo – le expliqué – Pero si te da miedo o algo así, puede bajar Charly a ayudarnos – sugerí ante su negativa.
-No – chilló con lo voz aún tomada por la bebida – dejjjja, que ia voy io.

Tal como suponía, Vane zanjó la discusión apresuradamente sin tan siquiera dar a su perrillo faldero la opción de ofrecerse para transportar a Ervigio. Con un rápido pico se despidió de él y, dando intencionados botecitos que transformaban sus 2 misiles en inofensivas gelatinas, saltó al asfalto inundado.

-Y tú – jadeé inclinándome sobre el asiento para que Charly tuviese una buena vista de mi erótica camiseta mojada – ¿Podrías ir dándole la vuelta a la furgo y aparcándola frente a aquella marquesina?.

Él me miró sorprendido, pero no dijo nada más. Seguramente mi recién estrenado canalillo le había dejado patidifuso o tal vez estaba intentando controlar una incipiente erección. Cualquiera de las opciones me ponían igualmente de buen humor.

Dando un involuntario saltito de alegría regresé junto a Vane. Había que centrarse. Yo tenía una misión.

-Sígueme – le ordené sin más rodeos evitando derrochar en semejante bruja mi felicidad.

Ella no opuso resistencia y trató de caminar a mi lado. Borracha como una cuba, haciendo equilibrios sobre los 10 cm de sus zapatos negros acabó por doblar un par de veces ambos tobillos, rompió un tacón y finalizó el show agarrada al árbol que había junto a la parada.

-¿Para qué traes a ésta? - me dijo Jonhy al vernos llegar con tanta elegancia y donaire.
-El ataúd pesa una barbaridad AHORA – le repliqué haciendo referencia al no-muerto que yacía empapado y empaquetado dentro – y tú te lesionaste entrando a la fuerza en la iglesia... Por cierto, ¿por qué no usaste las horquillas allí?
-No sirven para una cerradura tan antigua – me explicó con indeferencia al tiempo que seguía las idas y venidas de la Trade con la mirada – ¡Venga!, ¡ya está aquí!.

En efecto, después de un número interminable de maniobras, por fin Charly había conseguido dar la vuelta y dejar la camioneta preparada para regresar por el mismo camino de cabras (y sin controles de alcoholemia) por el que habían venido.

Su ruta de llegada al cementerio había sido una sabia decisión tomada por mi ex. Era evidente que si uno estaba con tal melopea que el ciego le impedía girar la Trade, la otra iba tan absolutamente mamada que antes que acarrear el ferrétro sería más útil yendo dentro.

Fue por eso que impedí con un gesto de la mano que Charly bajase para ayudarnos (un beodo por no-muerto era suficiente) y como líder de la operación, decidí asignarle a la Misiles-Gelatinosos una función provechosa para el grupo: la SEGUNDA catastrófica coincidencia.

-¡Vane! – grité - ¿Podrías dejar la confraternización con el hermano árbol para otro momento y venir a abrirnos la parte de atrás de la furgonalla?

Ante la desconfiada mirada del Jonhy, que seguía nuestros tejemanejes con mucho interés pero poca acción, la ex de mi ex se lanzó a por la camioneta ronroneante sin protestar siquiera y con la buena voluntad de ser veloz. Nota mental: borrachera + chorreo de agua = bruja sumisa y dócil cual ovejita.

Por mi parte, me agaché para agarrar los pies de la caja mientras le indicaba con el dedo índice  al albondiguilla que doblase un poco el lomo y cargarse con la cabecera. Sin embargo él se lo tomó todo con mucha menos solicitud que Vane. Primero me taladró con la mirada, achicando los ojos como cuando cree que le estoy mintiendo, y después hizo un movimento reprobatorio de cabeza que yo, desde luego, no acerté a comprender.

A pesar de lo poco implicado que estaba el pelo-pincho suspicaz, conseguimos llevar la caja a la entrada trasera de la furgoneta donde una mona pechugona y con los ojos vidriosos se balanceaba colgada de la manilla. Dentro, como era habitual en nuestra banda, cundía el caos más absoluto. Exactamente ese kaos que se escribe con K de anarkía y que deja a su paso amplificadores, altavoces, marañas de cables y el suelo regado de cajas de cartón y puas de guitarra.

-Vane – le pedí con más delicadeza esta vez, ignorando la mirada de extrañeza que me dirigía de nuevo el pelo-pincho resabidillo – puedes entrar y mover esas cajas hacia el fondo antes de que metamos nosotros el ataúd.

Más que lentamente en esta ocasión, pero con igual presteza que antes, ella se impulsó vacilante dentro de aquel mar de desorden. Una vez estabilizada sobre su único tacón de 10 cm. comenzó a amontonar descuidadamente todos los trastos contra las cortinas negras del fondo que cubrían la reja divisora de la camioneta.
Viendo que la organización del interior no iba a ser cosa inmediata, apoyé a Ervigio en el suelo, porque, además de pesar como un buey, ahora empezaba a moverse tratando de levantar la tapa de su transportín.  Allí parada bajo el vendaval invernal aproveché para recrearme en los densos paños oscuros que me impedían ver siquiera la silueta del Charly. Éstos elegantes inventos habían sido una ocurrencia mía para cubrir la antiestética verja separadora a la vez que le daban un toque más siniestro al transporte oficial de las Ratas de Medianoche.
Nunca como entonces, bajo rayos, truenos y centellas, junto a un féretro, ante al camposanto donde descansa mi abuelo, había advertido yo con tanta claridad cuán genial había sido aquella idea.

Al fin, el Jonhy vio suficiente hueco dentro de la furgonalla, apoyó el Ervi-móvil en el suelo recién liberado y se vino a mi lado para, aunando fuerzas, meter al vampiro bajo techo.

-Anda – le dije con tono paternal al terminar – vete para adentro y vigila que el murciélago no salga de la cueva.

El albondiguilla me volvió a fulminar con una de esas miradas valorativas suyas y sin decir nada se sumergió de un salto en las penumbras para ir a sentarse delicadamente sobre el borde de la caja del no-muerto. A su lado, observé maravillada, la rubísima melena de Vane se agitaba completamente lisa a pesar de la lluvia, mientras ella seguía concentrada haciendo sitio... ¿para mi?

-¡Me voy a la cabina! -  les vociferé desde el exterior – ¡Cerrad aquí las puertas!

Y ésta fue la TERCERA fatídica coincidencia. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Yo estaba empapada, calada hasta los huesos y muerta de frío. ¿Acaso no era lo más normal que quisiese irme al asiento del copiloto cuanto antes?, ¿no es lógico pensar que estuviese deseosa de poner la calefacción a tope para intertar secarme?, ¿es sensato o no que una cantante trate de cuidar su voz?...

Me eché a correr contra el viento que arreciaba cada vez más estampando la lluvia con virulencia en mi cara e impidiendo que avanzase a mayor velocidad. Cuando por fin conseguí colocar mi culito de melocotón en la tapicería usada del copiloto, los ojos de Charly me sobrevolaron decepcionados. ¡Ayyyyy!, ¡esperaba a otra persona!. La tristeza turbó por ello mi alma candorosa (luego dicen que no soy sensible) y tan incomoda me sentía que hasta olvidé cerrar la puerta detrás de mi.

Aturdida como si me hubiesen batido con dos platillos en la cabeza, me centré incompresiblemente en  girar el mando de la calefacción al máximo y subir el volumen de la radio donde sonaba Dead Poetic, una de las bandas favoritas de mi ex. Fue entonces cuando, ahogado por la batería y el bajo de "Hostage", un portazo en la parte de atrás me sacó del bloqueo mental para concluir que ya podíamos partir... Y ÉSTE, éste fue el error de percepción que me llevó a la ÚLTIMA y más nefasta casualidad.

-¡Andando! - ordené a un Charly sorprendido, que se debatía entre obedecerme sin rechistar o poner en común sus discrepancias.
-¿No viene Vane? - replicó finalmente.
-No. Ella se quedó detrás con el Jonhy. Ya sabes que iba algo borracha – eso era un eufemismo de cortesía- e intuyo que prefiere dormir la mona un poco.

Mi ex pareció dudar nuevamente, pero al fin cedió a mis argumentos embragando y metiéndo la primera.  Mientras, yo me incliné para coger la manilla de la puerta y atrancarla de un buen golpe.

¡Qué cúmulo de circunstancias adversas!, ¡qué sucesión de fatalidades encadenadas!, ¡qué mala jugada del destino!... ¡Si tan sólo me hubiese girado en ese aciago momento!

Un leve movimiento de cabeza habría sido suficiente para vislumbrar una fantasmal figura que avanzaba cogeando por el lado derecho de la furgoneta.
Si al menos hubiese echado un vistazo a mi retrovisor me habría percatado que, a través de la lluvia, unas tetas bamboleantes zigzagueaban en pos de mi ventanilla.
Y si por un segundo me hubiese detenido a escuchar por encima de la ensordecedora música de la camioneta probablemente habría percibido la chillona voz de Vane gritando que esperásemos por ella...

Sin embargo, no fue así. Y de forma totalmente FORTUITA e INVOLUNTARIA la dejamos allí arriba, sola, borracha, sin protección, junto a un cementerio, en la mitad de la noche, a merced de los elementos, en el centro de la peor tempestad que recuerdan los viejos del lugar...

- ¡Menuda noche de perros! – comenté mientras me acurrucaba al lado de Charly para entrar en calor – Espero que esta tormenta no pille a nadie al descubierto.

Me quedé mirando hacia el final de la calle hasta que por fin unos faros surgieron a través de la intensa cortina de lluvia. Sólo el izquierdo iluminaba correctamente, así que ésa tenía que ser la Nissan Trade de nuestro grupo. La bombilla del foco derecho se había fundido hacía ya un año, y como nuestra banda está formada por vagos y maleantes, nadie había tenido ni el ánimo ni las ganas de cambiarla, así que ahora simplemente funcionaba con la luz de posición.

El corazón me comenzó a latir con fuerza, pero no creáis que era por la emoción de ver al Charly. ¡A ése lo tengo bien superado!. Todo este revuelo interior se debía a que por el rabillo del ojo acababa de ver mi silueta en la pared de la marquesina. ¡Y aquello no era muy alentador! Más prominente que barriga y culo juntos, el reflejo de mi melena afro se había expandido como un nido de cigüeña. Le eché una mirada asesina al MacGyver horquillero tratando de que mentalmente toda mi furia se concentrase en su dolorido cuerpo, pero él ni se inmutó. Recostando su hombro sano contra el lateral de la parada seguía los curiosos zigzags que la Trade iba describiendo.

-Alguien ha bebido demasiado – le escuché decir antes de que soltase una siniestra risilla – esperemos que la furgonalla sólo transporte un muerto esta noche.

Estaba claro que el humor negro del albondiguilla todavía destilaba resentimiento, pero yo no pude prestarle mi preciada atención ni a él ni a su dolorida articulación. Rodeada de rayos y truenos cual  vehículo infernal, la furgonalla acaba de pasar de largo bamboleándose y cloqueando como una loca para detenerse a escasos 10 metros de nosotros.

-Creo que no nos han visto – le berreé a Jonhy a través del viento huracanado – Voy a ir a buscarlos para que bajen la Trade y podamos cargar con el vampiro.

Lancé mi cazadora en dirección del pelo-pincho-lamido y eché a correr como una flecha hacia la puerta del conductor mientras trataba de recordar si hoy me había puesto el sujetador de relleno negro. Una es una mujer de recursos y ya que mi pelo no podía estar perfecto al menos le daría a Charly un buen espectáculo de camiseta mojada.

Sin embargo el gran espectáculo lo tuve que presenciar yo.

Como futura habitante de las lúgubres sombras nocturnas no pude evitar acercarme a la camioneta más sigilosamente que cualquier otro mortal. Por desgracia, así como asomé mi respingona naricilla por la ventana ésta se me quedó pegada al cristal por la estupefacción. Allí mismo, a un metro escaso, mis asombrados ojos seguían atónitos como las manos del Charly tanteaban los 2 mísiles balísticos alojados en el escote de Vane mientras, sin duda, su lengua le realizaba un reconocimiento médico exhaustivo al esófago de la muy perra facilona.

Entonces la irá me atenazó los músculos y mi temperatura corporal superó los 100ºC. Tal vez, excépticos hermanos emos, dudéis de lo que os digo, pero os doy mi palabra que la sangre hirvió por cada una de mis efímeras venas y arterias, los ojos se me tiñeron de rojo y el vapor de la hemoglobina me nubló la vista y el entendimiento.

Aún así quiero hacer aquí un inciso para aclarar que nada de lo que ocurrió después fue intencionado y si de ello se me acusase lo negaré una y mil veces. Como cualquier catástrofe arbitraria aquello se trató de un desafortunado cúmulo de desdichadas coincidencias.

En fin, que el caso fue que viendo yo que ambos estaban muy ocupados toqueteando por aquí y por allí, no quise parecer ni metiche ni entrometida (calificativos que alguna vez  se han vertido de forma injuriosa sobre mi persona) y me retire con disimulo a la parte posterior de la Trade para volver a acercarme a la cabina por el lado del copiloto.
En un principio pensaba esperar un tiempo prudencial a que los ánimos se calmasen, pero, francamente, caían chuzos de punta, no sólo mi camiseta estaba mojada, sino que el agua me había calado hasta las bragas y para más inri, el pequeño albondiguilla macgyveriano daba vueltas como un león enjaulado en torno al ataúd. Y eso no me daba buena espina.

Arrastrando mi espalda contra el lateral sucio y oxidado de la furgoneta me planté cual ninja en la ventanilla empañada de Vane. Obtuve en esta ocasión una nueva perspectiva de la misma escena que pocos segundos antes había aguijoneado mi cándido y dulce corazón: Jonhy le mordisqueaba pasionalmente el cuello a la bruja tetona al tiempo que trataba de desabrocharle el sujetador sin mucho acierto.
Ésta vez, sin embargo, no hubo atisbo de ira en mi joven e impresionable cuerpecillo. La paz me invadió y con un sólo pensamiento en mi mente, pues yo tenía una misión, aporreé el cristal con los nudillos...

 

Evidentemente esa no era una opción, pero la cabecera del cortejo no parecía demasiado preocupada por el pequeño contratiempo que nos había surgido.
Allí estaban los dos machos de la manada mirando para la reja, como autistas, esperando a que el problema se convirtiese en una nube blanca. Ervigo, del que sólo podía distinguir la silueta, oscilaba ligeramente como si fuese a sufrir un colapso de un momento a otro y el Jonhy había adquirido un asombroso estatismo que tampoco me tranquilizaba demasiado.
Me quedé inmóvil yo también, sujetando el pie del ataúd a pesar de que toda mi concentración se había centrado ahora en liberar las manos para alisar mi maldito pelo. Los nubarrones que poco a poco se habían adentrado en el cementerio provenientes del mar venían acompañados por una maléfica humedad. Y ¡oh, siervos de la noche! ¿hay acaso algo peor para una requeteplanchada melena que el contacto directo con el agua?. Probablemente no.
Así que allí me encontraba yo, en la mitad de la noche, atormentada, martirizada y torturada. Todo porque, sobre mi ojo derecho, el mechón que había tardado 15 minutos en planchar, se estaba retorciendo sobre si mismo para convertirse en un odioso tiburazón. ¡Si tan siquiera pudiese ignorarlo y no ser testigo de la transformación! Resoplé tratándo de apartarlo de mi campo de visión, pero regresó con osadía. Afortunadamente siempre meto en los vaqueros un par de horquillas para esta clase de situaciones.

-Tienes horquillas, ¿verdad? - me preguntó el derriba-puertas, girándose al fin.
-Sí-le contesté sorprendida de que me leyese el pensamiento- Justamente ahora estaba a punto de ponérmelas.

Hasta entonces no me había atrevido a demostrar mi nuevo motivo de preocupación. El pelo-pincho-lamido parecía echar humo después de mazar su hombro abriéndose camino dentro del cuartucho de los ataúdes y, con lo sensiblemente egocentrista que se pone a veces, quizás le hubiese parecido mal que yo no estuviese más agradecida o tal vez preocupada por su salud.
Sin embargo al ver lo comprensivo que se mostraba con el problema de la humedad, aproveché para apoyar el ataúd en el suelo y rebuscar en los bolsillos del pantalón.

-Aquí están –  exclamé triunfante a la vez que agitaba delante de su cara las 2 horquillas de emergencia.

A pesar de mi patente felicidad, el albondiguilla sudorosa me aniquiló con la mirada y sin darme tiempo para reaccionar rapiñó los pequeños alambres con un ágil movimiento.
-¡¿Ehhhhhhhh?! - grité - ¿qué vas a hacer con ellas?.
-Sacarnos de aquí – masculló mientras se acercaba al candado que sujetaba la cadena – Esto es algo que me ha enseñado mi padre.

¡Vaya!, aquello parecía confirmar ciertos rumores sobre la turbia procedencia de los ingresos en su casa. A pesar de todo, la paranoia con mis rizos no me dejaba disfrutar de esas valiosas migajas de información que acaba de obtener.

-¡Ni se te ocurra estropeármelas! – le chillé con voz intimidatoria- Charly está apunto de llegar acompañado de doña perfecta y no quiero que me encuentre con estos pelos de loca.

El Jonhy ya no replicó. Por toda respuesta escupió la cera negra que le acababa de arrancar a los extremos de mis desdobladas horquillas y las introdujo en la cerradura.

-¡¡¡¡¡Y QUÉ VOY A HACER AHORA!!!!!  - le bramé al oído mientras él seguía agitando tranquilamente los alambres dentro del candado - ¡Mi pelo es un gremlin, no puede mojarse!, ¡se multiplicaaaa! - lloriqueé desesperada- ¡Me puedes explicar cómo voy a competir con Vane si llevo  cien gremlins en la cabeza!
-Pues yo te veo muy guapa con ese look – alegó desoyendo mis quejas – Además, podría ser peor.
-¿Cómooooo? - gimoteé definitivamente vencida.
-Podría llover – sentenció justo antes de alzar su vista hacia mi.

La sensación de haber vivido esta situación con anterioridad me invadió y callé un instante para escuchar el trueno que sabía que marcaría el comienzo de la lluvia torrencial. El esperado "broooommmm" no se hizo de rogar y el eco de su sonido retumbó entre las lápidas segundos antes de que la primera gota se estrellase contra mi nariz.

 

 

-¡Mierda!, ¡acaba ya! - le apremié al tiempo que me sacaba la cazadora para cubrir mi cabeza con ella- ¡acaba o esto no va tener remedio! - apostillé señalando el rizo que se balanceaba frente a mi cara.

El cielo se había tornado completamente negro y las gruesas gotas caían cada vez con más fuerza. La única luz que ahora podíamos aprovechar era la de las farolas de la calle, así que el albondiguilla en remojo se había arrodillado frente a la cerradura para poder ver mejor lo que estaba haciendo.
Al fin cayó el candado y para cuando un poco después cedió la puerta principal, la lluvia había traspasado ya mi zamarra y regado en abundacia mi pelo-esponja.

-¡Abrid paso! - avisé mientras tiraba de la verja arrollando a Jonhy en mi huída y estampando a Ervigio contra el resto de la reja.

No podía permitirme ni un segundo más bajo aquel diluvio, y menos teniendo en cuenta que la suave brisilla nocturna se acababa de transformar en un túnel de viento. Notaba como mi pelo se hacía cada vez más liviano, tal cual un bizcocho en el horno, y el aire que se arremolinaba bajo la cazadora le estaba dando forma aleatoriamente.
Corrí como una loca hacia la marquesina del bus más cercana y una vez allí me giré para asegurarme que el recién descubierto MacGyver me traía al siniestro señor de la noche.
En efecto, a la luz del tenue alumbrado callejero pude ver como entre los remolinos de lluvia y hojas la comitiva fúnebre avanzaba lentamente hacia mi. Ervigio de nuevo al frente, con el pelo completamente pegado a su cabeza dejando al descubierto una tiernas orejillas de soplillo y Jonhy encorvado, con la cara a escasos centímetros del culo del vampiro, usando su brazo bueno para arrastrar el transportín del muerto.
Cuando finalmente se pusieron a resguardo del vendaval pude comprobar que el mal humor de mi amigo de la infancia no se había enfriado con el chaparrón. ¡Y eso que su gomina extra-extra-fuerte le permitía una pelo perfecto con la más adversa climatología!.

-Métete en el ataúd – le dijo sin ánimos ni respeto al pobre no-muerto.

Mi vampiro se giró sin muchas ganas. Chorreaba de pies a cabeza. Los pies le crujían, el pantalón se le pegaba a las piernas, la camisa blanca mostraba unos (reconozcámoslo) nada favorecedores pelillos en los pezones y los traslúcidos pabellones auditivos de murciélago goteaban insistentemente desde sus puntas.
Era una escena tan desoladora que el instinto maternal invadió con una ola de dulzura mi súper triste y apenado corazón emo. Aproveché que mi ratilla voladora ya estaba sentada en el borde del féretro para inclinarme sobre él y transmitirle un poco de amor con un cálido beso en la frente.
El señor de la noche me dirigió entonces sus ojos desorbitados de pasión mientras yo me acercaba con lentitud poniendo los morros en trompetilla.
Sonaban arpas, violines y flautas dulces, cuando de repente la magia del momento se resquebrajó con el chirrido de unas ruedas.


-¡Joder! ¡El Charly! - grité mientras empujaba a Ervigio de un golpe seco dentro del ataúd y presionando la tapa vencía su resistencia a meter la cabeza dentro de la caja.

Proveniente de la curva por la que se sube al cementerio una sucesión de luces y sombras estaba recorriendo uno a uno los árboles de la acera. El gran momento había llegado. La función principal: "El chupasangres a la furgonalla".
Sentí que los nervios atenazaban mi estómago igual que cuando salto al escenario con la banda y traté de tranquilizarme respirando hondo como en esas ocasiones... Lamentablemente, el entorno distaba mucho de parecerse. Aquí el público no iba a ser lo que se podría denominar receptivo al artista.

-¿Y de veras piensas que si lo dejamos aquí no nos seguirá? - dije maquinalmente como un profesor de biología explicando su trillonésima rana diseccionada.
-Hombre, le he..., digo, le has, le has – corrigió sobre la marcha con cierto temor – le has capturado y sometido enérgicamente – ¿eeeeh?, ese es el tono de Jonhy para emergencias con su madre - Seguro que si le haces prometer que no tratará de buscarnos, él no nos seguirá.

La mano del albondiguilla señalaba ahora a Ervigio que cual cobaya amaestrado había detenido el movimiento vertical de su cabeza para reiniciarlo en forma de sacudida frenética de hombro a hombro, de hombro a hombro, de hombro de hombro...

-¡Ni hablar del peluquín! - exploté al fin haciendo que los dos elevasen sus ojos al techo - ¡Ya se que el chupasangres cumplirá su palabra! ¡El código de los succionadores de hemoglobina así se lo ordena! Pero no quiero que mi dulce murciélago crea que le temo. ¡Nuestro amor va más allá! - y el grito se me quebró en un gallo – Además – continué carraspeando - si esa lagarta empieza a salir de nuevo con Charly, yo pienso tener a mi Edward particular para restregárselo por la cara.

Desde luego no espero que ningún hombre entienda esta necesidad. Sin embargo para los siervos de la noche simplemente diré que cuando te plantan como a una lechuga es bastante urgente coger novio antes de que lo haga tu ex. El asunto se basa en el dicho popular de "al mal tiempo buena cara" o la versión más moderna impuesta por la Pantoja "DIENTES, DIENTES, que es lo que les jode".
Así es que, impulsada por esta máxima, pasé junto al Jonhy, que permanecía parado cual pasmarote en la mitad de la cripta, y comencé a mover a Ervigio hacia la puerta arrastrándolo por los pies.

-Nos lo vamos a llevar. Da igual lo peligroso... - el esfuerzo me dejaba sin aliento – ... peligroso y pesado que sea.

Mi no-muerto, aunque esquelético y blanco como la raspa de una sardina, ahora se hayaba cargado con tal cantidad de crucifijos y cadenas que ni una familia de focas-monje pondría la balanza a su favor.
Lamentablemente este saludable ejercicio no me estaba sentando muy bien. Sudaba como un cerdo y no me favorecían nada los chorretes de rimmel por las mejillas (menos sabiendo que Charly venía de camino). En cuanto crucé el umbral y llegué al borde de las escaleras, el cansancio se apoderó de mi. Zapateé los pinreles del Ervigio (de los que sí se puede decir que olían a muerto) y me senté en el último escalón.
Desde allí se podía contemplar buena parte del camposanto. A pocos metros a la izquierda estaba la capilla, justo en línea recta con la entrada principal que, situada a nuestra mano derecha, se hallaba a tal distancia que impedía que fuésemos vistos desde el exterior. Justo enfrente, las tumbas comunes, cubriéndose poco a poco de las sombras que unas nada amistosas nubes negras iban vertiendo sobre el cementerio.
Agotada apoyé mi frente y el hombro derecho contra una fría columna del soportal, puse suavemente la cabeza de mi rata voladora en el regazo y me dejé llevar por la tenebrosamente romántica noche.

-Yo te amo sólo a ti – le confesé mientras apartaba dulcemente las sucias guedejas de su frente – si antes me has escuchado hablar de Charly quiero que sepas que eso está completamente olvidado.

Mi adorable murciélago me miraba con sus ojillos abiertos como platos. Tan atento parecía que seguramente de haber podido no habría articulado palabra para no interrumpirme.

-Sí – acababa de abrir el grifo de la sinceridad -  hubo un tiempo en que salimos juntos y yo estaba muy enamorada de él... Pero lo dejé.
-Estooooo... – me desafió Jonhy con indiferencia mientras bajaba por las escaleras - Salir, salir... Y más bien te dejó él a ti.
-Bueno, estrictamente hablando – tuve que admitir – pero yo ya me había planteado dejarlo antes de que él lo hiciese - y volviéndome hacia Ervigio continué - Es que nuestra historia no había empezado exactamente con buen pie y luego todo se torció.

La rechoncha figura del Jonhy se detuvo bruscamente al borde de la escalinata para apostillar:

-Bueno, estrictamente hablando, vuestra historia no había empezado – y sin más continuó andando hasta desaparecer por el lateral de la capilla que se escapaba a nuestra visión.

Buffff ¡Qué incordio podía ser a veces!. Se pasaba el día entero callado esperando el peor momento para interrumpirme y luego esfumarse misteriosamente sin explicar a dónde ni por qué. Sin embargo no tenía miedo, la amistad de Jonhy es algo en lo que siempre puedo confiar y se que nunca me abandonará por adversas que sean las circunstancias. Así que completamente relajada lo dejé irse a paseo sin preguntar y me centré en la cháchara con Ervigio:

-  Charly salía con Vane, pero yo había notado que entre él y yo saltaban chispas en cuanto quedábamos solos en la misma habitación... Son cosas que percibes si estás en sintonía con otra persona...

Callé un momento porque el Jonhy acaba de reaparecer por la esquina de la iglesia y quizás quisiese hacer alguna puntualización más que me desacreditase de nuevo. No obstante pasó de mi por completo. ¡Sorprendente!. Inspiró con fuerza, fijó la vista en un punto que yo no alcanzaba a ver y después de ponerse en la postura de salida para los 100m. se echó a trotar más que a correr por dónde había venido.

-Como te iba diciendo – decidí ignorarlo a él y a sus cosas - yo sentía el ambiente cada vez más cargado de tensión sexual no resuelta (sip, como en las pelis) y un buen día resolví lanzarme al ataque.

¡Boooooommmmm! se escuchó desde la zona por donde Jonhy acababa de perderse con sus saltitos cansinos. Todo parecía indicar que había tenído lugar un choque frontal puerta-albondiguilla y habida cuenta de que el segundo acaba de retornar doliendose de su hombro derecho, el enfrentamiento iba 1-0 y sin augurios esperanzadores a la vista.
De todas formas no me daba pena. El muy capullo seguí ignorandome, sin parar siquiera para explicarme porque estaba tirando una puerta abajo. Hinchó el pecho como un palomo, repitió la pose de los 100m y se perdió de mi vista dando botes pequeños por el lado derecho de la iglesia. El eco de otro tremendo ¡boooooommmmm! nos informó del 2-0.

-Te decía que finalmente fui a por él. Me había lanzado tantas miraditas insinuantes que no resistí más y un día que teníamos concierto aproveché para declararme – el Jonhy arrastrando sus Mustang negras me distrajo momentáneamente - Charly estaba bajando los trastos de la camioneta, yo me metí en la parte de atrás para ayudarle... Y pasó lo que tenía que pasar... Nos besamos apasionadamente, como dos amantes separados que llevasen más de un siglo sin probar la boca del otro.

El albondiguilla resopló desde la distancia y saltándose toda la preparatoria de nuevo se echó a caminar renqueante hacia la resistente puerta.

-Es cierto que Charly al principio parecía un poco reticente, pero cuando Vane nos pilló yo ya estaba en sujetador sentada a horcajadas sobre él... - paré un momento para tratar de ordenar las ideas - Luego se lio parda. Primero ella me apartó arrastrándome por el pelo. Después lo abofeteó a él (algo realmente feo, porque hay que saberse retirar con dignidad) mientras el muy cobarde negaba sus flirteos y perjuraba que me le había abalanzado como un loca.

Un novedoso "boooooommmmm-crack" me interrumpió. El peso de mi pelo-pincho-lamido estaba resquebrajando la puerta.  Callé hasta que lo vi resurgir de entre la oscuridad de la noche con su paso cansado y la mano izquierda masejando el otro brazo desde el hombro hasta la muñeca.
Se detuvo en su ya habitual punto de partida resollando como un búfalo y centelleando con todo el sudor que le bañaba la cara. Inclinó su tronco hacia adelante y flexionando las rodillas descansó ambas manos sobre ellas tratando de recuperar el aliento.

-Cuando todo se calmó – continué con Ervigio – me fui directamente a hablar con Vane para decirle que me importaba una mierda que ella lo aceptase o no, simplemente Charly y yo íbamos a empezar a salir, y punto... Pero ella no lo llevó muy bien.
-¡Aaaaaaaaaaahhhhhhhhh! - bramó el Jonhy al tiempo que se lanzaba en pos de la puerta, rojo como un tomate y con la cabeza medio metro por delante de su pesado culo.
-Afortunadamente para nosotros dos– sentí que los profundos ojos de Ervigio me miraban tiernamente al incluirlo en el relato– Charly no quiso empezar nada conmigo y Vane dijo que estaba todo perdonado. Sin embargo se que es mentira porque ha estado criticandome por ahí y haciéndome la vida imposible en general.

¡Booommmm-crack-crash-pum! Una manada de elefantes acababa de entrar en una cacharrería y parecía que estos iban a necesitar ayuda para salir de allí. Me levanté dejando a mi amado murcielaguito yaciendo comodamente sobre la piedra y dirigí mis pasos a la cara oculta de la iglesia.
Allí, justo al lado de la nave central, había una pequeño anexo cuya centenaria portezuela había echado abajo el albondiguilla-feroz.

- ¿Y todo esto para qué? - le pregunté desde el umbral cediendo a mi curiosidad.
- Vi un ataúd por el ventanuco - me contestó todavía desde el suelo – Para... llevar... al... vampiro – ahora parecía que se estaba dirigiendo a un disminuído - ¿O quieres presentárselo a tus "amigos" con cadenas y todo?.

"Touché". Razonamiento imbatible, salvo por un pequeño detalle.

-¡Ah, claro! Y es mucho mejor presentarnos con un atúd, ¿verdad? - repliqué mientras le tendía mi mano para ayudarlo a incorporarse.
-Puedes decirles que se te ha ocurrido utilizarlo para algún espectáculo del grupo – concluyó ya en pie mientras se giraba para coger uno de los apolillados férretros que debían de llevar ahí desde principios del siglo pasado – ¡Vamos! - me ordenó - Baja a tu amado y siniestro amo de la noche hasta el camino de salida. Yo voy a ir arrastrando el ataúd hasta allí.

Me lancé a la carrera con el pensamiento de tener preparado a Ervigio justo delante de la escalera para cuando Jonhy llegase. Había notado cierto mal humor en su voz y verlo enfadado, por lo poco común que es, me pone invariablemente nerviosa.
Probablemente fue la adrelina generada por esta tensión la que me ayudó a bajar rápidamente al vampiro desde lo alto de la cripta. También es verdad que la fuerza de la gravedad y el haberlo dejado caer rodando ayudaron a acelerar el proceso. El caso es que, fuese como fuese, Ervigio y yo estábamos en pie y esperando cuando el pelo-pincho-lamido llegó a nuestro lado arrastrando la caja.

-¡Andando! - dijo simplemente.

Y los tres iniciamos la lenta comitiva fúnebre. El no-muerto al frente, dando pequeños pasitos de geisha. Justo detrás, sin quitarle ojo de encima, el Jonhy que sujetaba la parte frontal del ataúd donde también iba su petate. Y por último yo, manteniendo en alto los pies del férretro.
Al fin, después de un buen rato a paso de caracol lesionado llegamos hasta la puerta principal del camposanto. Allí, 1 chupasangres, 2 toneles y 1 ataúd. En frente 2m. y medio de hierro forjado,  una cadena entorno a la cerradura ordinaria y un candado.

- ¡Coño!, ¡en esto sí que no había pensado! - se me escapó.

Le eché una mirada a la espalda del albondiguilla y por miedo a su respuesta me callé la lógica pregunta. ¿Y ahora cómo íbamos a pasar al otro lado?, ¿también tirando la verja abajo?

 

¡Por Dios!, ¡cómo podía sonar tan absolutamente cariñosa con la de jugarretas que me había hecho!

-Mira, Vane – yo también se poner voz melosa – ¿Estás en casa?
-Nooooooooo – aulló desde el otro lado del teléfono - ¡essshhhtoy de marssssha con Chargly y unos "amigossssshhhuyos"!

¡Así que volvía a estar detrás de Charly (mi ex, su ex, nuestro ex)!. ¡Borracha y facilona!. ¡Vaya!, ¿trabajan también las brujas en fin de semana?. Sin duda (y esto, suspicaces siervos de la noche, no son celos).

-Necesitaba que me hicieses un favor.
-¿Shhhhiiii? - ¡jo-derrr! no podía intentar siquiera disimular la alegría.
-El Jonhy y yo hemos subido al cementerio donde está mi abuelo y no tenemos cómo bajar de aquí.
-Prffffff, Juajuajua. ¡¿Eshh esha tu forgma de divergtirgte?! Juajuajua.

Brrrrrrrrrr. ¡Cómo la odio!.¡La odio, la odio y la odio!, ¿por qué no me habría cogido el teléfono cualquier otro?.
Charly evidentemente estaba ocupado. ¡Subnormal!. Siempre detrás de las primeras tetas que se le ponían cómodamente a tiro. ¡Puaj!, ¡qué asco daba!. No se ni como había podido estar saliendo con él.
Cuando Vane lo trajo al grupo me pareció un chico muy majo, que sufría nuestras largas horas de ensayo (sólo tocamos las chicas) para estar al lado de su novia. Con Dani y Borja había pasado lo mismo. Ellos acababan de empezar con Ana y Sheila respectivamente, cuando un buen día mis amigas les sugirieron que imitasen al novio de Vane y se pasasen por el garaje donde practicamos los sábados por la mañana. Desde entonces nos ayudan a transportar los trastos, a montar el escenario, los altavoces y a conseguir pequeños contratos por acá y por allá. Son unos tíos legales,  Dani y Borja, quiero decir... Charly es un pedazo de cabrón... Pero eso ya es agua pasada, porque además ahora he encontrado a Ervigio.

-Sí, así me lo paso yo bomba – mi voz había olvidado de pronto como ser amorosa – Mira, ¿puedes traer la furgoneta?.
-Shí, ¡hip! - la risa (y el vodka negro probablemente) le habían provocado el hipo – la usssshhé para bajarg al centrgo.
-Bueno, – su merluza prometía ser mayor de lo que me había parecido inicialmente – quizás sería mejor que le dieses las llaves a Charly y que nos buscase él – palabra que era sólo por seguridad.
-Ya, ¡lissssshhhhhhhtilla!, ¡qué mássshhh quisiergash tú! - borracha era todavía más insoportable – Rgoba novioshh... Shi va él, voy io.

Claaaroooo, lapa gigante, síguelo bien pegada a su rabo. Tienes suerte de que sea una emo que sufre y se lame en silencio las llagas de su malherido corazón. De no haber nacido yo tan sensible y emotiva, ya habría barrido las aceras con tu preciosa melena rubia y habría pateado ese lindo culito respingón hasta dejarlo como el de un babuino.

-Haz como quieras – mejor tratarla con la indiferencia de un ser superior – Os esperamos en la puerta. Venid volando...

Y presioné la tecla roja con toda la rabia que pude transmitirle a mi dedo gordo.

-... si es que hay escobas biplaza.

Me quedé mirando como se iba desvaneciendo la luz en la pantalla del Nokia mientras mi mente disfrutaba un rato con violencia gratuita, mechones de pelo arrancados y bambú bajo las uñas.
-Entonces, Vane puede venir, ¿no?. - detrás de mi, la voz de Jonhy rompió el silencio.
-Sí, vienen ella y "su" Charly A-DO-RA-DO.
-Ya... - el tono sonó triste y cansado – Quizás... quizás no deberíamos llevarnos al vampiro. En el fondo, eso de la vida eterna no mola. Podríamos dejarlo aquí en una tumba y salir pitando en la furgoneta. Aún está débil y no creo que pudiese seguirnos.

Empecé a girarme lentamente para tener una mejor visión de mi compañero de andanzas y allí estaban los dos: mi futuro amante y mi mejor amigo. Uno junto al otro. Ervigio, como un escarabajo patatero, intentando incorporarse al tiempo que asentía vehemente con su cabeza y mi pelo-pincho-lamido favorito (por cierto, obra maestra de la peluquería) con la cerviz baja buscando hormigas en el suelo.

¿Qué decisión tomar?, ¿qué debía hacer yo?, ¿qué?...

Para empezar la descabellada propuesta de trasladar un chupasangres-culi-peludo (¿no había mencionado antes lo de los pelos?) al sotano de mi abuela tenía 3 puntos flacos:

  1. Habíamos cogido un bus para llegar hasta el camposanto, ¿cómo íbamos a regresar con un habitante de la noche encadenado de pies y manos en el próximo autocar que pasase por el cementerio?
  2. Carecíamos de llaves para entrar en la casa de mi abuela, ¿qué haríamos?, ¿llamarla a las 5 ó 6 de la mañana para que nos permitiese descargar a Ervigio en su sotano?
  3. El que iba a ser el hombre de mi vida, de mi vida inmortal y eterna, tenía pelos en el culo, ¿cómo se puede hacer para eliminar el antiestético vello en un vampiro?, ¿hojilla de afeitar, cera caliente o fría, depilación láser?.

- Uhmmmm... - retorné de nuevo a la cripta de dónde mi mente se había evadido momentáneamente - Supongo que no queda otra.

- ¿Alguna idea de cómo transportarlo?

Ésa era la temida pregunta, pero un líder debe aparentar tener todo bajo control. Jonhy ya se había hecho con la situación al conseguir atrapar al vampiro ante mi espantada inicial, ahora era el turno de que YO solucionase las cosas de una forma sencilla, práctica y limpia.

- Pedimos un taxi - le contesté resueltamente.

- Excelente idea - me respondió ladeando la cabeza, mientras frotaba la pelusilla que empieza a salirle en el mentón - ¿Y cómo se supone que vamos a meterlo dentro y a hacerlo pasar desapercibido?

- Sabía que me preguntarías justamente eso, pero todo es tan simple que te vas a sorprender.

Desde el suelo Ervigio se agitó y girando la cabeza hacia mi, me dirigió una mirada expectante, como si estuviese conteniendo la respiración que no tiene.

- Mira, Jonhy, no es raro que la gente suba al cementerio a hacer botellón. Así que imagina que 3 pavos vienen hasta aquí, uno de ellos se mama y los otros 2 tienen que llamar a un taxi para bajarlo porque el estado de su amigo es absolutamente deplorable. Posible, ¿verdad?. Vale, pues esos 3 tíos somos los que estamos aquí y él - indiqué dándole a Ervigio unas pequeñas pataditas en el costado - se acaba de coger el ciego del siglo.

El silencio se adueñó de la cripta y finalmente Jonhy asintió, pero parenciendo querer decir algo.

- Lo se - lo detuve con la palma de la mano - ¿Cómo hacer que parezca borracho?... Sencillo.

Entonces, sin mediar palabra, cogí con esfuerzo la jardinera de granito que estaba junto a mi pie derecho y le asesté tan tremendo golpe en la nuca al vampiro que el sonido hueco de su cabeza retumbó en la paredes.

- Lo dejamos KO.

¡Qué idea tan genial!. ¡Qué inteligencia fascinante la mía!. ¡Un plan maestro de mi propia cosecha!. ¿Quién era ahora el líder en aquella cripta? YOOOOOO.

Me embargaba tal autocomplacencia que no pude evitar quedarme allí parada con una sonrisilla de suficiencia, dirigiéndole al Jonhy una mirada desafiante en plan, "¡qué!-flipando-en-colores-¿no?".

- Todavía está consciente - me contestó la albóndiguilla señalando a Ervigio que ahora gemía y se revolvía lentamente como un gusano en el anzuelo.

- En algunos casos hace falta una segunda pasada - repliqué agarrando de nuevo el macetero cuyos tulipanes aún seguían ondeando como consecuencia del primer leñazo.

- ¡No!, ¡no! - me detuvo el Jonhy alzando la voz- creo que el levantamiento de jardinera no nos va a sacar de esto.

- Entonces, ¿qué? - el plan fracasado me había puesto de mal humor - ¿qué dice el cerebro de la operación que hagamos?

- Bien. Está claro que no podemos bajarle en taxi y tampoco en bus porque no pasaría desaparecibido ni dejándolo KO ... Uhmmmm... - masculló al tiempo que comenzaba a pasear de aquí para allá por la catacumba

- ¿Aún tenéis las "Ratas de Medianoche" aquella furgonalla que se caía a cachos?.

- Sí, claro, ¿cómo quieres que transportemos los intrumentos? - contesté ofendida por su manía de meterse con la pobre camioneta.

- ¿Y puedes llamar a alguien para que la traiga hasta aquí? - inquirió ignorando mi creciente malestar.

- Supongo que sí. Andarán todos de marcha, pero alguno contestará.

A regañadientes, porque no me hacía puñetera gracia la idea de meter a otra persona en el asunto, cogí el móvil y busqué en la agenda por el prefijo "RATAS-" a todos los miembros de la banda.

La primera llamada para RATAS-ANA...Tono, tono, tono... Llamada finalizada.

El siguiente, RATAS-BORJA... Tono, tono, tono... ¡Mierda!, ¡otro que no contestaba!. ¡Dios!, que me coja alguien antes de llegar a RATAS-VANESSA.

RATAS-CHARLY, RATAS-DANI, RATAS-SHEILA... ¡Nada!... Nadie escuchaba el teléfono o si lo hacía estaba muy ocupado como para cogerlo. Nuestra última oportunidad no era otra que la ex de mi ex, la tía más cotilla, lianta y mentirosa que os podáis echar a la cara (¡y si alguna vez lee esto que se entere!). Un problema continuo en cualquier situación cotidiana, como para pedirle que llevase a un vampiro en la furgoneta y guardase el secreto.

RATAS-VANESSA... Tono, tono, tono... "¡Hola, Jessi!".