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diariodeunavampiresanovata

Se podría decir que ésta fue la PRIMERA desdichada coincidencia que debo explicar: ¿por qué opté por pedirle ayuda a Vane para cargar a Ervigio en lugar de al cachas musculado de Charly?
Admito que inicialmente había pensado hacerlo así, más que por la obvia fortaleza del muchacho por el sutil propósito de contemplarlo divinamente empapado de arriba a abajo. Sin embargo, después de ver la escena erótica por la ventanilla creí que, dado el poco cariño que últimamente me profesa mi ex, la interrupción sería mejor recibida por la Srta. Tetas-Antigravitatorias, ya que, como buena mujer de mundo, practica la máxima de mantener las apariencias bajo cualquier situación.

Así es que llamé con suficiente vigor como para interrumpir el coito de dos elefantes africanos y al fin, después de un buen rato, se giraron hacia la portezuela donde esperaba yo bajo la lluvia torrencial.
Intuyo que mi aspecto no era de lejos ni tan sexy ni tan exótico como había planeado al dejar mi cazadora atrás, porque, después de volverse, los dos amantes se me quedaron mirando como pasmarotes tratando de confirmar que efectivamente yo era yo.

-¿Quéeee?, ¿me abrís o nooooo? - les ayudé en el reconocimiento.

Entonces parecieron despertar. Miss-Melones-como-Cabezas se recolocó en un segundo el diminuto top blanco que vestía y quitó el seguro de la puerta antes de volver a ocupar rápidamente su asiento bien pegadita al Charly.

-No, no – les dije metiendo la cabeza dentro de la cabina para dirigirme directamente a Vane – Es sólo que necesito que TÚ me eches una mano para meter un ataúd en la parte de atrás.
-¿Un atúd? - me respondió con el esperado mohín de asco.
-Sí, para usar en las actuaciones del grupo – le expliqué – Pero si te da miedo o algo así, puede bajar Charly a ayudarnos – sugerí ante su negativa.
-No – chilló con lo voz aún tomada por la bebida – dejjjja, que ia voy io.

Tal como suponía, Vane zanjó la discusión apresuradamente sin tan siquiera dar a su perrillo faldero la opción de ofrecerse para transportar a Ervigio. Con un rápido pico se despidió de él y, dando intencionados botecitos que transformaban sus 2 misiles en inofensivas gelatinas, saltó al asfalto inundado.

-Y tú – jadeé inclinándome sobre el asiento para que Charly tuviese una buena vista de mi erótica camiseta mojada – ¿Podrías ir dándole la vuelta a la furgo y aparcándola frente a aquella marquesina?.

Él me miró sorprendido, pero no dijo nada más. Seguramente mi recién estrenado canalillo le había dejado patidifuso o tal vez estaba intentando controlar una incipiente erección. Cualquiera de las opciones me ponían igualmente de buen humor.

Dando un involuntario saltito de alegría regresé junto a Vane. Había que centrarse. Yo tenía una misión.

-Sígueme – le ordené sin más rodeos evitando derrochar en semejante bruja mi felicidad.

Ella no opuso resistencia y trató de caminar a mi lado. Borracha como una cuba, haciendo equilibrios sobre los 10 cm de sus zapatos negros acabó por doblar un par de veces ambos tobillos, rompió un tacón y finalizó el show agarrada al árbol que había junto a la parada.

-¿Para qué traes a ésta? - me dijo Jonhy al vernos llegar con tanta elegancia y donaire.
-El ataúd pesa una barbaridad AHORA – le repliqué haciendo referencia al no-muerto que yacía empapado y empaquetado dentro – y tú te lesionaste entrando a la fuerza en la iglesia... Por cierto, ¿por qué no usaste las horquillas allí?
-No sirven para una cerradura tan antigua – me explicó con indeferencia al tiempo que seguía las idas y venidas de la Trade con la mirada – ¡Venga!, ¡ya está aquí!.

En efecto, después de un número interminable de maniobras, por fin Charly había conseguido dar la vuelta y dejar la camioneta preparada para regresar por el mismo camino de cabras (y sin controles de alcoholemia) por el que habían venido.

Su ruta de llegada al cementerio había sido una sabia decisión tomada por mi ex. Era evidente que si uno estaba con tal melopea que el ciego le impedía girar la Trade, la otra iba tan absolutamente mamada que antes que acarrear el ferrétro sería más útil yendo dentro.

Fue por eso que impedí con un gesto de la mano que Charly bajase para ayudarnos (un beodo por no-muerto era suficiente) y como líder de la operación, decidí asignarle a la Misiles-Gelatinosos una función provechosa para el grupo: la SEGUNDA catastrófica coincidencia.

-¡Vane! – grité - ¿Podrías dejar la confraternización con el hermano árbol para otro momento y venir a abrirnos la parte de atrás de la furgonalla?

Ante la desconfiada mirada del Jonhy, que seguía nuestros tejemanejes con mucho interés pero poca acción, la ex de mi ex se lanzó a por la camioneta ronroneante sin protestar siquiera y con la buena voluntad de ser veloz. Nota mental: borrachera + chorreo de agua = bruja sumisa y dócil cual ovejita.

Por mi parte, me agaché para agarrar los pies de la caja mientras le indicaba con el dedo índice  al albondiguilla que doblase un poco el lomo y cargarse con la cabecera. Sin embargo él se lo tomó todo con mucha menos solicitud que Vane. Primero me taladró con la mirada, achicando los ojos como cuando cree que le estoy mintiendo, y después hizo un movimento reprobatorio de cabeza que yo, desde luego, no acerté a comprender.

A pesar de lo poco implicado que estaba el pelo-pincho suspicaz, conseguimos llevar la caja a la entrada trasera de la furgoneta donde una mona pechugona y con los ojos vidriosos se balanceaba colgada de la manilla. Dentro, como era habitual en nuestra banda, cundía el caos más absoluto. Exactamente ese kaos que se escribe con K de anarkía y que deja a su paso amplificadores, altavoces, marañas de cables y el suelo regado de cajas de cartón y puas de guitarra.

-Vane – le pedí con más delicadeza esta vez, ignorando la mirada de extrañeza que me dirigía de nuevo el pelo-pincho resabidillo – puedes entrar y mover esas cajas hacia el fondo antes de que metamos nosotros el ataúd.

Más que lentamente en esta ocasión, pero con igual presteza que antes, ella se impulsó vacilante dentro de aquel mar de desorden. Una vez estabilizada sobre su único tacón de 10 cm. comenzó a amontonar descuidadamente todos los trastos contra las cortinas negras del fondo que cubrían la reja divisora de la camioneta.
Viendo que la organización del interior no iba a ser cosa inmediata, apoyé a Ervigio en el suelo, porque, además de pesar como un buey, ahora empezaba a moverse tratando de levantar la tapa de su transportín.  Allí parada bajo el vendaval invernal aproveché para recrearme en los densos paños oscuros que me impedían ver siquiera la silueta del Charly. Éstos elegantes inventos habían sido una ocurrencia mía para cubrir la antiestética verja separadora a la vez que le daban un toque más siniestro al transporte oficial de las Ratas de Medianoche.
Nunca como entonces, bajo rayos, truenos y centellas, junto a un féretro, ante al camposanto donde descansa mi abuelo, había advertido yo con tanta claridad cuán genial había sido aquella idea.

Al fin, el Jonhy vio suficiente hueco dentro de la furgonalla, apoyó el Ervi-móvil en el suelo recién liberado y se vino a mi lado para, aunando fuerzas, meter al vampiro bajo techo.

-Anda – le dije con tono paternal al terminar – vete para adentro y vigila que el murciélago no salga de la cueva.

El albondiguilla me volvió a fulminar con una de esas miradas valorativas suyas y sin decir nada se sumergió de un salto en las penumbras para ir a sentarse delicadamente sobre el borde de la caja del no-muerto. A su lado, observé maravillada, la rubísima melena de Vane se agitaba completamente lisa a pesar de la lluvia, mientras ella seguía concentrada haciendo sitio... ¿para mi?

-¡Me voy a la cabina! -  les vociferé desde el exterior – ¡Cerrad aquí las puertas!

Y ésta fue la TERCERA fatídica coincidencia. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Yo estaba empapada, calada hasta los huesos y muerta de frío. ¿Acaso no era lo más normal que quisiese irme al asiento del copiloto cuanto antes?, ¿no es lógico pensar que estuviese deseosa de poner la calefacción a tope para intertar secarme?, ¿es sensato o no que una cantante trate de cuidar su voz?...

Me eché a correr contra el viento que arreciaba cada vez más estampando la lluvia con virulencia en mi cara e impidiendo que avanzase a mayor velocidad. Cuando por fin conseguí colocar mi culito de melocotón en la tapicería usada del copiloto, los ojos de Charly me sobrevolaron decepcionados. ¡Ayyyyy!, ¡esperaba a otra persona!. La tristeza turbó por ello mi alma candorosa (luego dicen que no soy sensible) y tan incomoda me sentía que hasta olvidé cerrar la puerta detrás de mi.

Aturdida como si me hubiesen batido con dos platillos en la cabeza, me centré incompresiblemente en  girar el mando de la calefacción al máximo y subir el volumen de la radio donde sonaba Dead Poetic, una de las bandas favoritas de mi ex. Fue entonces cuando, ahogado por la batería y el bajo de "Hostage", un portazo en la parte de atrás me sacó del bloqueo mental para concluir que ya podíamos partir... Y ÉSTE, éste fue el error de percepción que me llevó a la ÚLTIMA y más nefasta casualidad.

-¡Andando! - ordené a un Charly sorprendido, que se debatía entre obedecerme sin rechistar o poner en común sus discrepancias.
-¿No viene Vane? - replicó finalmente.
-No. Ella se quedó detrás con el Jonhy. Ya sabes que iba algo borracha – eso era un eufemismo de cortesía- e intuyo que prefiere dormir la mona un poco.

Mi ex pareció dudar nuevamente, pero al fin cedió a mis argumentos embragando y metiéndo la primera.  Mientras, yo me incliné para coger la manilla de la puerta y atrancarla de un buen golpe.

¡Qué cúmulo de circunstancias adversas!, ¡qué sucesión de fatalidades encadenadas!, ¡qué mala jugada del destino!... ¡Si tan sólo me hubiese girado en ese aciago momento!

Un leve movimiento de cabeza habría sido suficiente para vislumbrar una fantasmal figura que avanzaba cogeando por el lado derecho de la furgoneta.
Si al menos hubiese echado un vistazo a mi retrovisor me habría percatado que, a través de la lluvia, unas tetas bamboleantes zigzagueaban en pos de mi ventanilla.
Y si por un segundo me hubiese detenido a escuchar por encima de la ensordecedora música de la camioneta probablemente habría percibido la chillona voz de Vane gritando que esperásemos por ella...

Sin embargo, no fue así. Y de forma totalmente FORTUITA e INVOLUNTARIA la dejamos allí arriba, sola, borracha, sin protección, junto a un cementerio, en la mitad de la noche, a merced de los elementos, en el centro de la peor tempestad que recuerdan los viejos del lugar...

- ¡Menuda noche de perros! – comenté mientras me acurrucaba al lado de Charly para entrar en calor – Espero que esta tormenta no pille a nadie al descubierto.

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