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diariodeunavampiresanovata

 

Evidentemente esa no era una opción, pero la cabecera del cortejo no parecía demasiado preocupada por el pequeño contratiempo que nos había surgido.
Allí estaban los dos machos de la manada mirando para la reja, como autistas, esperando a que el problema se convirtiese en una nube blanca. Ervigo, del que sólo podía distinguir la silueta, oscilaba ligeramente como si fuese a sufrir un colapso de un momento a otro y el Jonhy había adquirido un asombroso estatismo que tampoco me tranquilizaba demasiado.
Me quedé inmóvil yo también, sujetando el pie del ataúd a pesar de que toda mi concentración se había centrado ahora en liberar las manos para alisar mi maldito pelo. Los nubarrones que poco a poco se habían adentrado en el cementerio provenientes del mar venían acompañados por una maléfica humedad. Y ¡oh, siervos de la noche! ¿hay acaso algo peor para una requeteplanchada melena que el contacto directo con el agua?. Probablemente no.
Así que allí me encontraba yo, en la mitad de la noche, atormentada, martirizada y torturada. Todo porque, sobre mi ojo derecho, el mechón que había tardado 15 minutos en planchar, se estaba retorciendo sobre si mismo para convertirse en un odioso tiburazón. ¡Si tan siquiera pudiese ignorarlo y no ser testigo de la transformación! Resoplé tratándo de apartarlo de mi campo de visión, pero regresó con osadía. Afortunadamente siempre meto en los vaqueros un par de horquillas para esta clase de situaciones.

-Tienes horquillas, ¿verdad? - me preguntó el derriba-puertas, girándose al fin.
-Sí-le contesté sorprendida de que me leyese el pensamiento- Justamente ahora estaba a punto de ponérmelas.

Hasta entonces no me había atrevido a demostrar mi nuevo motivo de preocupación. El pelo-pincho-lamido parecía echar humo después de mazar su hombro abriéndose camino dentro del cuartucho de los ataúdes y, con lo sensiblemente egocentrista que se pone a veces, quizás le hubiese parecido mal que yo no estuviese más agradecida o tal vez preocupada por su salud.
Sin embargo al ver lo comprensivo que se mostraba con el problema de la humedad, aproveché para apoyar el ataúd en el suelo y rebuscar en los bolsillos del pantalón.

-Aquí están –  exclamé triunfante a la vez que agitaba delante de su cara las 2 horquillas de emergencia.

A pesar de mi patente felicidad, el albondiguilla sudorosa me aniquiló con la mirada y sin darme tiempo para reaccionar rapiñó los pequeños alambres con un ágil movimiento.
-¡¿Ehhhhhhhh?! - grité - ¿qué vas a hacer con ellas?.
-Sacarnos de aquí – masculló mientras se acercaba al candado que sujetaba la cadena – Esto es algo que me ha enseñado mi padre.

¡Vaya!, aquello parecía confirmar ciertos rumores sobre la turbia procedencia de los ingresos en su casa. A pesar de todo, la paranoia con mis rizos no me dejaba disfrutar de esas valiosas migajas de información que acaba de obtener.

-¡Ni se te ocurra estropeármelas! – le chillé con voz intimidatoria- Charly está apunto de llegar acompañado de doña perfecta y no quiero que me encuentre con estos pelos de loca.

El Jonhy ya no replicó. Por toda respuesta escupió la cera negra que le acababa de arrancar a los extremos de mis desdobladas horquillas y las introdujo en la cerradura.

-¡¡¡¡¡Y QUÉ VOY A HACER AHORA!!!!!  - le bramé al oído mientras él seguía agitando tranquilamente los alambres dentro del candado - ¡Mi pelo es un gremlin, no puede mojarse!, ¡se multiplicaaaa! - lloriqueé desesperada- ¡Me puedes explicar cómo voy a competir con Vane si llevo  cien gremlins en la cabeza!
-Pues yo te veo muy guapa con ese look – alegó desoyendo mis quejas – Además, podría ser peor.
-¿Cómooooo? - gimoteé definitivamente vencida.
-Podría llover – sentenció justo antes de alzar su vista hacia mi.

La sensación de haber vivido esta situación con anterioridad me invadió y callé un instante para escuchar el trueno que sabía que marcaría el comienzo de la lluvia torrencial. El esperado "broooommmm" no se hizo de rogar y el eco de su sonido retumbó entre las lápidas segundos antes de que la primera gota se estrellase contra mi nariz.

 

 

-¡Mierda!, ¡acaba ya! - le apremié al tiempo que me sacaba la cazadora para cubrir mi cabeza con ella- ¡acaba o esto no va tener remedio! - apostillé señalando el rizo que se balanceaba frente a mi cara.

El cielo se había tornado completamente negro y las gruesas gotas caían cada vez con más fuerza. La única luz que ahora podíamos aprovechar era la de las farolas de la calle, así que el albondiguilla en remojo se había arrodillado frente a la cerradura para poder ver mejor lo que estaba haciendo.
Al fin cayó el candado y para cuando un poco después cedió la puerta principal, la lluvia había traspasado ya mi zamarra y regado en abundacia mi pelo-esponja.

-¡Abrid paso! - avisé mientras tiraba de la verja arrollando a Jonhy en mi huída y estampando a Ervigio contra el resto de la reja.

No podía permitirme ni un segundo más bajo aquel diluvio, y menos teniendo en cuenta que la suave brisilla nocturna se acababa de transformar en un túnel de viento. Notaba como mi pelo se hacía cada vez más liviano, tal cual un bizcocho en el horno, y el aire que se arremolinaba bajo la cazadora le estaba dando forma aleatoriamente.
Corrí como una loca hacia la marquesina del bus más cercana y una vez allí me giré para asegurarme que el recién descubierto MacGyver me traía al siniestro señor de la noche.
En efecto, a la luz del tenue alumbrado callejero pude ver como entre los remolinos de lluvia y hojas la comitiva fúnebre avanzaba lentamente hacia mi. Ervigio de nuevo al frente, con el pelo completamente pegado a su cabeza dejando al descubierto una tiernas orejillas de soplillo y Jonhy encorvado, con la cara a escasos centímetros del culo del vampiro, usando su brazo bueno para arrastrar el transportín del muerto.
Cuando finalmente se pusieron a resguardo del vendaval pude comprobar que el mal humor de mi amigo de la infancia no se había enfriado con el chaparrón. ¡Y eso que su gomina extra-extra-fuerte le permitía una pelo perfecto con la más adversa climatología!.

-Métete en el ataúd – le dijo sin ánimos ni respeto al pobre no-muerto.

Mi vampiro se giró sin muchas ganas. Chorreaba de pies a cabeza. Los pies le crujían, el pantalón se le pegaba a las piernas, la camisa blanca mostraba unos (reconozcámoslo) nada favorecedores pelillos en los pezones y los traslúcidos pabellones auditivos de murciélago goteaban insistentemente desde sus puntas.
Era una escena tan desoladora que el instinto maternal invadió con una ola de dulzura mi súper triste y apenado corazón emo. Aproveché que mi ratilla voladora ya estaba sentada en el borde del féretro para inclinarme sobre él y transmitirle un poco de amor con un cálido beso en la frente.
El señor de la noche me dirigió entonces sus ojos desorbitados de pasión mientras yo me acercaba con lentitud poniendo los morros en trompetilla.
Sonaban arpas, violines y flautas dulces, cuando de repente la magia del momento se resquebrajó con el chirrido de unas ruedas.


-¡Joder! ¡El Charly! - grité mientras empujaba a Ervigio de un golpe seco dentro del ataúd y presionando la tapa vencía su resistencia a meter la cabeza dentro de la caja.

Proveniente de la curva por la que se sube al cementerio una sucesión de luces y sombras estaba recorriendo uno a uno los árboles de la acera. El gran momento había llegado. La función principal: "El chupasangres a la furgonalla".
Sentí que los nervios atenazaban mi estómago igual que cuando salto al escenario con la banda y traté de tranquilizarme respirando hondo como en esas ocasiones... Lamentablemente, el entorno distaba mucho de parecerse. Aquí el público no iba a ser lo que se podría denominar receptivo al artista.

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