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diariodeunavampiresanovata

No penséis, románticos Siervos de la Noche, que mi pérdida de conocimiento se debió al beso, o para ser exactos, a la destreza exhibida en su ejecución. Nooooooo, nada más lejos de la realidad... (¡y que quede bien claro porque no hay quien aguante al Jonhy con todo este asunto!).

 

En efecto, he de reconocer que, en estos menesteres, mi pelo-pincho-lamido maneja la lengua mucho mejor que cuando la usa para no decir nada, incluso mejor que cuando engulle phoskitos a pares. Sin embargo, a pesar de que estas nuevas habilidades desplegadas por el Mago Jonhdalf me hicieron sentir que estaba más buena que un bollycao relleno y que la sorpresa por su descubrimiento me sumió en un ligero estado de shock, me atrevo a afirmar que el "kissing-factor" por si solo no resultó en mi desvanecimiento tan decisivo como, por ejemplo, la pérdida de sangre.

 

El desmayo fue debido más a causas físicas que emocionales. ¡Y es que eso de que el Jonhy beba los vientos por una no resulta tan bonito cuando es más literal de lo que en principio se pudiera imaginar!. Porque ¿beber?, beber es quedarse corta. Fue pegar sus labios-ventosa a los míos y no hallar forma de separarlos. Venga lengüetazo para aquí, venga lenguarada para allá y venga de nuevo otro repaso a todos los empastes.

 

¡Eso sí que era una limpieza bucal y no la del blanqueador de teletienda! Que si la baba de caracol te deja la piel más tersa que la faja de la Beyoncé, las babas del albondiguilla son mano de santo para el sarro dental.

 

¡Qué entusiasmo, qué entrega y qué trabajo más concienzudo! Vaya, que el pobre muchacho no aflojaba ni para tomarse ni un respiro. Estoy segura que de habernos cronometrado, hubiésemos batido el Guiness de apnea... O al menos el de fijación labial, porque al despertar de mi pequeño vahído el Jonhy aún seguía adherido a mi con unas ansias que ríete tú de las barras de labios superstay 24 horas, water-resistant y water-proof. ¡Al albondiguilla no me lo quitaba yo de encima ni con calderos de agua fría!

 

-Un, dos... -dijo apartándose finalmente de mi.

 

"¿Un, dos?, ¿un, dos?. ¿Qué rayos significa eso?" -pensé mientras luchaba por hacerme de nuevo con la situación.

 

-... tres, cuatro.

 

Y cuando ya estaba a punto de preguntarle que a qué venía todo aquello, que si quería ponerse en plan conde Draco que se buscase a otra tía semiinconsciente con la que enumerar besuqueos, que para darse el lote que no CONTASE más conmigo, que yo ya estaba espabilada y bien espabilada... Pues no va el muy gorrino, se me abalanza de nuevo como una lamprea en celo y comienza a insuflarme su aliento de Fin de Año con tal afán ¡que ni que él fuese un gitanillo de feria y yo un globo de Doraemon!.

 

 

Confieso que esto me sorprendió, primero porque como técnica amatoria no resultaba tan gratificante como la desarrollada inicialmente y segundo porque ¿cuándo había tenido tiempo mi albondiguilla para atiborrarse a langostinos al ajillo? Fuese cual fuese la respuesta a esta inquitiente pregunta, lo único que pude descubrir en ese momento era que yo poseía un olfato más fino que el de la mismísima tía Pepi rastreando jovencitos virginales. Y eso es mucho decir.

 

Mi pobre pituitaria, que ante semejante inundación sensorial de regustillo a ajo era la principal damnificada, comenzó (y no la culpo) a lanzar avisos de socorro al resto de la red neuronal hasta que, finalmente, los demás sentidos se dieron también por aludidos. La vista entró en un fundido a negro, los oídos se me llenaron de mosquitos y el tacto y el gusto se decantaron por una huelga salvaje, sin servicios mínimos.

 

Estoy casi segura de que tanto aire fétido ya debía de haberme dejado más verde que la malvada bruja del Oeste cuando logré hacer acopio de fuerzas y así asir a mi albondiguilla por el cuello de su camisa.

 

"Maldito sobón, méteme la lengua hasta el exófago, pero deja de ahogarme con tu propia peste.", pensaba yo (hablar no podía) mientras intentaba arrastrar inútilmente al Jonhy hacia un lado, "... Arggggg... Me parece haber visto pasar un langostino volando... Arggggg... Creo que estoy sufriendo alucinaciones."

 

Juraría que entonces mi cerebró provocó otro oportuno colapso porque lo siguiente que puedo recordar es a mi pelo-pincho-lamido magreándome las tetas con mucho brío y total impunidad.

 

-... quince, dieciséis, diecisiete,...

-¿Qué coño...?

-¡¡¡ESTÁS VIVAAAAAAA!!!

 

El abrazo del oso (amoroso) que me brindó y los gritos de alegría de su recibimiento anularon por completo mi capacidad de cruzarle la cara a dos manos.

 

-¡Pensé que te me ibas!, ¡Dios mío!, ¡por un momento creí que te morías! -vuelta a achucharme con fervor.

-Es que... -la falta de sangre, le iba a explicar.

-¡El beso!. Lo se, lo se.-y ahora me peinaba con mimo mientras su aliento seguía envolviéndome a escasa distancia- Te pilló por sorpresa. Lo entiendo. Además... -y un brillo de autosuficiencia le bailó en la mirada-... no eres la primera que me dice que beso genial. Pero de ahí a desmayarse por la emoción, ¡no me había pasado nunca!

-Me... dejaste... sin... aire -protesté con las pocas energías de las que disponía.

-Claro, claro, cariño. Es normal que te quedases sin respiración. Llevamos tanto tiempo refrenando nuestros sentimientos... -a veces mi pelo-pincho-lamido es más corto que un circuito de escalextric- ... que es lógico que tu cuerpo se resienta ante tanta agitación. -corto, corto, corto- Si te soy sincero yo también me turbé. -¡ay Dios!, ¡ahora confesiones!- Y no me pongas esa cara de incredulidad. Será por el amor -de ésta acababa conmigo-, pero de veras que también noté como me faltaba el aire.

 

"Pues haberte separado, hombre yaaaaa...", no tenía las baterías como para contestar, pero de cabeza la bronca iba a un ritmo infernal, "... Que casi nos matas a los dos. ¡Animal, so animal!".

 

-¿Por qué me miras tan fijamente, tesoro?

 

"Porque me estoy quedando con tu cara, tío. Que aún no entiendo como de una boca tan pequeña puede salir un tufo tan desagradable"

 

-¿Tratas de decirme algo?.

 

"Sííííííí... ¡Apestado!, ¡alcatarilla con patas!. ¡Gracias a ti esta noche también he cenado langostinos al ajillo!... ¡Y no me gustan!... Si me hubiesen gustado ya los habría comido recién hechos en la cena y no medio procesados como ahora... ¿Qué habrás hecho tú para agenciarte un plato?"

 

-Ajo... -musité todo lo cabreada que se puede musitar.

-No he traído, corazón. -a este hombre hay que explicárselo todo- Pero no tienes que preocuparte. No habrá ningún ataque vampírico por ahora, pichurri -si iba a seguir así de merengue, casi prefería otro KO inducido por su aliento- Cuando acordé las condiciones del pacto con Titina me prometió que si nosotros asumíamos las muerte de Sir Thomas, ella se lo cargaba y, al convertirse en la nueva regidora, retenía nuestra orden de busca y captura hasta mañana por la noche.

 

Lo miré con estupor. Así que ese era el tan cacareado "trato cojonudo". Nosotros seríamos los asesinos del Alcalde y la nueva Alcaldesa nos concedía un día de ventaja para huir como las ratas del Titanic.

 

¡Cojonudo!. En efecto aquel era un trato ¡cojonudo! ¿Y el Jonhy como negociador?. Cojonudo también. De hecho, ya puestos ¿por qué no le había sugerido a Brigitte matarnos esa misma noche para ahorrarnos las primeras horas de huída?. Así, al menos yo no tendría que hacer el esfuerzo de levantarme de aquel tojal y arrastrarme hasta casa para hacer la maleta.

 

¡Vamos, hombre! ¡Si es que hay que ser cenutrio! La fantástica solución de mi pelo-pincho-lamido era pasarse la vida entera huyendo de una jauría de chupasangres sanguinarios. Eso, si con suerte y nuestros escasos ahorros, llegábamos lo suficientemente lejos como para evitar que los vampiros nos diesen caza en una sola noche. ¡Menudo planazo!.

 

-Ajo, no.

-¿Ajo no?

-Ajillo... langostinos... al ajillo.

-¿Te apetecen ahora, mi amor? -me preguntó el Jonhy algo desconcertado- Quizás sea por la falta de sangre... -masculló para si- Pero alégrate, en cuanto regresemos a casa de tu abuela te podrás comer cuantos quieras , ¡porque ella cocina a las mil maravillas!. A decir verdad, cari, cuando subí a dejar a Tury en la cocina, probé de los que estaba preparando para la cena. Al final... -se sonrió algo avergonzado por lo que me iba confesar- entre pitos y flautas me zampé dos docenas.

-Ya... ya me lo olía yo.

 

Y sin mediar palabra lo besé apasionadamente.

 

Si la muerte me estaba esperando a la vuelta de la esquina, yo le saldría al encuentro lo más rápido posible.

 

"Emanaciones de ajo revenido, acabad conmigo"

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