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diariodeunavampiresanovata

Alegre y fresco como una lechuga, luciendo ese aire tan angelical con el que siempre se gana a madres y abuelas, mi desobendiente albondiguilla había decidido salir de su confinamiento subtarráneo, seguramente atraído por los deliciosos efluvios de comida que le llegaban del piso superior... y no estaba solo. A su lado, con una mueca que pretendía ser sonrisa, un Ervigio fuera de lugar botaba en el sitio, inquieto y más perdido que un pulpo en un garaje.

 

-¡Es igualito a tu padre!.

 

Eso comentario me dio la clave para descubrir qué (además del hecho de desacatar mis órdenes) era lo que me resultaba chocante en aquella extraña pareja: ¡La ropa de Ervigio!. ¡Pues, claro! Como su camisa blanca y el vaquero estaban manchados de sangre, Jonhy había sustraído del antiguo dormitorio de mi padre la ropa que éste usaba cuando tenía 17 años y 30kg. menos.

 

-¡Tan guapo! ¡Si hasta parece el mismísimo Tony Manero!.

 

Y en efecto, era cagadito a Tony Manero (en Fiebre del Sábado Noche, se entiende, porque el Staying Alive dirigido por Stallone no merece ser nombrado). Chaqueta de blanco nuclear, camisa negra con el cuello sobre las solapas y pantalón también blanco, impoluto y ceñido, de patas de elefante tan grandes que se podría encerar el salón de mi abuela cruzándolo una sola vez.

 

 

-Pero pasad, pasad -insistió la Sra. Lola- Justo ahora íbamos a empezar con los postres.

 

MacGyver me lanzó una mirada desafiante mientras se acomodaba en la otra punta de la mesa seguido por Ervigio, convertido ahora en su sombra.

 

-¿Y quién es ese amigo tuyo tan mono? -insistió la tía Pepi, que en su día había andado a la caza y captura de mi progenitor- No nos lo vas a presentar.

-Es mi novio -le atajé para saciar la lujuria revanchista que me reconcomía desde el despiadado interrogatorio al que me había visto sometida- Se llama Ervigio.

-¿Ah, siiiiiii?... ¿Pero no habías dicho antes que no salías con nadie? -me atacó con una pregunta capciosa.

-No, simplemente, no llegué a contestar. -y dejando mi asiento me acerqué al que ocupaba mi ratilla voladora (otra vez adorable por exigencias del guión)-Pero es cierto. Salimos desde hace algún tiempo. Yo lo amo con toda mi alma y él me profesa verdadera devoción.

-Hombreeeeee... ¡Qué tierno! -aquello no sonaba para nada sincero.

 

La tía Pepi había proyectado en mi la pelusilla que le había tenido a mi madre desde que ésta se había ganado a mi padre llevándolo al altar, dejándole como único sucedáneo matrimonial a mi tío Josele, el mayor (más grande en la dimesión temporal y también en las otras 3), con el que había termidado casándose... a falta de otros pretendientes.

 

-Venga, daros un beso. Un parejita sin beso, no es parejita ni es nada. Venga, venga... Un besito.

 

Mi tía, que por lo visto, no me creía capaz de mantener una relación estable, estaba dispuesta a ponerme a prueba hasta el final. Le eché un vistazo a Ervigio, con el que todavía no se me había pasado el cabreo y sus grandes ojazos negros parecían suplicarme, como lo diría yo, mi perdón. Así que le agarré la cara con ambas manos (porque debido a su timidez al principio parecía resistirse) y le metí la lengua hasta el esófago. Aquel beso sellaría nuestra reconciliación.

 

Pasó 1 segundo, 2, 3, 4, 5,... 10, hasta que el carraspeo continuado del Jonhy me sacó del universo de algodón de azúcar al que ese romántico intercambio de fluídos me había transportado. Lentamente separé mis labios de los de mármol frío de Ervigio y aterrizando en la tierra comprobé que aquello no había dejado indiferente a nadie.

 

El albondiguilla me observaba sin pestañear (en realidad, todos lo hacían), pero su cara reflejaba la misma reprobación que cuando trataba de copiarle durante los exámenes. Mi madre no articulaba palabra con el asombro, mi padre tampoco, pero con la ira (ya sabéis, su hija, su niñita, sobada por aquel baboso... blablabla), mi abuela encantada con la posibilidad de tener bisnietos, mi prima (La Pija) flipada con que yo la hubiese adelantado en el terreno amoroso y su madre ardiendo de rabia porque conmigo, ya le habíamos marcado un 2-0 a su árbol genealógico. En cuanto, al resto de los presentes sólo permanecían callados para pasar desapercibidos en el caso de que se liase una buena bulla (cosa que nunca se debe descartar en nuestras celebraciones familiares).

 

-Venga, ¡a bailar! -intervino el tío Josele tratando de romper la tensión del ambiente- ¡Todo el mundo a bailar!

 

La concurrencia le dedicó una mirada mayormente perpleja, pero la Pepi no se hizo de rogar ni un segundo y enfiló directa en mi dirección contoneando sus inmensas caderas al ritmo de “Que la detengan”.

 

-¿Bailas? -invitó a Ervigio mientras lo arrastraba por las solapas sin darle la menor opción a responder.

-Ehhhhhhhh...

 

Los ojillos de mi chupasangres se clavaron en MacGyver, que tras encogerse de hombros hizo un leve gesto con la mano para indicarle que se calmase y sencillamente se dejase llevar. Al parecer mi tía era una fuerza de la naturaleza que no compensaba enfrentar (a fin de cuentas, cuánto meneo iba ser capaz de resistir aquel mazacote). Así que mientras su cuerpo aguantase, los 3 deberíamos padecer el triste espectáculo que resultaba verla pavonearse ante un fiambre en mal estado como si en realidad se estuviese ligando a mi atractivo padre post-adolescente (no en vano corren rumores de que la tía y el tío llevan meses al borde del divorcio).

 

Siete canciones, ¡siete!, tuvo Pepi al pobre Ervigio girando como una peonza por todo el salón, agitando las manos con la Macarena, sacudiendo los pinreles con el Aserejé, juntando cachete con cachete, pechito con pechito (el ombligo era algo más difícil de localizar) y poniendo el culo prieto gracias a los saltitos y las sentadillas de Rasputín. Finalmente el físico de mi tía comenzó a flaquear, con lo que el avispado de mi albondiguilla vislumbró la oportunidad adecuada para rescatar a nuestro vampiro de aquel acoso mortal.

 

-¡Coge a Mariposita y estate atenta! -me susurró el Jonhy tomando posiciones- En cuanto lo separe de tu tía salimos de aquí cagando leches.

 

Eran casi las doce menos cuarto y seguramente el Alcalde estaría ultimando los preparativos para la gran barbacoa nocturna. No quedaba mucho tiempo si queríamos salvar nuestro pellejo y el de Ervigio, que a todas luces, sin más alimento que los restos de la regeneración del chihuahua, estaba sumamente debilitado (de otro modo, ¡vive Dios!, que se habría librado de mi tía así fuera a base de escupitajos).

 

-Una -los últimos “explótame-expló” de la Carrá abrieron la cuenta atrás hacia el rescate- doooossssss,...

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