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diariodeunavampiresanovata

Con el culo. No podía con el culo. Estaba allí, escarranchada de una forma muy poco femenina, haciendo gala de mi lado más montuno (que “habelo, haino”): vestido arremangado hasta el muslamen, inoportuno estrabismo de piernas, agotamiento para pensar siquiera en no despatarrarme tan ordinariamente... Y ni la perspectiva de una muerte inminente y dolorosa, ni que el Jonhy se estuviese familiarizando demasiado con ciertas partes de mi cuerpo conseguían reanimarme.

 

-Venga, Jessi, haz una pequeño esfuerzo... Venga... Jessi...

 

Su voz estaba tomada por la urgencia, pero mis piernas habían hecho mutis por el foro y se negaban a responder. Con lo que así estaba la cosa: o el albondiguilla me arrastraba por todo el bosque sangrando como un gorrino en el San Martín o de allí no me levantaba nadie así se presentase el mismísimo Jared Leto dispuesto a ayudarme con la dieta del cucurucho.

 

En cuanto a Titina y Sir Thomas, la verdad es que se lo estaban tomando con calma. Había visto en cantidad de pelis como peleaban los vampiros y desde luego nada parecido a aquella extraña técnica de muerte por aburrimiento. Que si ésa era la idea, haber jugado a los chinos y el que perdiese se suicidaba y listo. ¡Al menos así harían menos ruido!. Porque ésa es otra, vale que la Sharapova brame como un gamo cada punto de la final de Winbledom, sin embargo ¿a qué venían tantos gruñiditos cuando estos dos no movían ni un músculo para pesteñear?, ¿es que acaso sufrían de mala digestión?, ¿acumulaban gases en el estomágo?. ¡Llamadme loca!, pero pienso yo (sin querer formentar malos rollos entre chupasangres ni na' de eso) que ya que Brigitte había venido dispuesta a cargarse al Alcalde un poquito de kung-fu o un simple “quítame de ahí esa cera” no hubiesen estado mal.

 

 

-¡¡¡Dale duro, Brigitte!!! -estaba claro que necesitaba algo de estímulo para romper el hielo- ¡Que se entere de que también puedes pegar como un camionero!

 

La expresión de la rubi-teñida se crispó momentáneamente, pero no varió su postura.

 

-Calla, calla... -me susurró el Jonhy alarmado- Me ha prometido dejarnos ir si vencía, pero tampoco es cuestión de abusar de su palabra.

-¿Te ha prometido...? -le pregunté a media voz, más que por prudencia, porque mi voz distaba mucho de encontrarse entera-¿Cuándo has hablado con ella?.

-Antes, en el bosque...

-Después de que huyeses de aquí con Mariposita pegada a tu culo -me vi en la necesidad de matizarlo porque intuía que el Jonhy no pensaba tocar ese punto.

-Sí, justo después de eso... -en efecto no pensaba tocarlo-... estuve corriendo un buen rato sin rumbo hasta que de repente me di de bruces con Brigitte. Supongo que ella me localizó primero y, al reconocer a su perra, decidió detenerme para recuperarla.

 

Vaya, ahora que lo mencionaba, Titina y el albondiguilla llevaban un buen rato por allí y la rata canina todavía no había dado señales de vida.

 

-El caso es que yo no se de dónde venía ni cómo lo hizo, pero sin más ni más la vampiresa se plantó en mi camino y me sugirió que me preparase a morir porque tenía toda la intención de recuperar a su queridísima Mariposita ya mismo. Por fortuna, en ese momento, el dolor glúteo iluminó mi cerebro y le ofrecí un trato cojonudo que no podía rechazar.

 

¿Un trato cojonudo?, ¿que no podía rechazar?... Por más que estrujaba mi desangrada mollera no se me ocurría nada que Titina fuese incapaz de obtener sin la ayuda del Jonhy. Que será todo lo buen chaval que queráis, pero no le sería útil ni a Marujita Díaz en un momento de desesperación.

 

-¿Me vas a vender por un estúpido bicho? -Sir Thomas acababa de interrumpir mis profundas cavilaciones para retomar el protagonismo perdido... Que actualmente los políticos tienen las mismas necesidades que los ficus de mi madre: un foco día y noche para hacer la fotosíntesis y un coro de pelotas para cantar sus alabanzas.

-No sólo por Mariposita -contestó ella levemente ofendida ante el tratamiento que se le estaba dando a su “estúpido bicho”- Evidentemente hay más.

-¿Más?, ¿qué más?. ¿Qué te puede haber ofrecido este miserable ser humano para que arriesgues tu vida por él?

 

A la otrora aristócrata se le escapó una risa de rubia de bote que confirmaba, como ya había intuido yo desde un principio, que efectivamente su color de pelo no era natural.

 

-No se por qué piensas que me vas a vencer. “I'm very, very old” y tú no tanto como dices.

-¡Eso es mentira! -pero una nueva presión en los labios del Alcalde parecía indicar que no lo era.

-Darling, yo conocí a tu creador al poco de ser convertida y según él, tú también acababas de sufrir la transición. Así que a mi no me vengas historias ¡que somos de la misma quinta!.

 

¡Guauuuuuuuuuu!, ¡qué súper fuerte era todo aquello!. ¡El Alcalde había falseado su edad!, ¡exactamente igual que una antingua diva del cine, pero poniéndose años!. ¡Vaya, vaya, vaya!, ¡Brigitte era tan vejestorio como Sir Thomas, sino más!. ¡Qué fuerte!... eso ya lo he dicho antes, ¿verdad?... ,pero ¡qué fuerte!, ¡qué fuerte!, ¡qué fuerrrRRRRRrrrrteeee!. ¡EL ALCALDE ERA UN FRAUDE! (esto también lo he oído antes, ¿verdad?), ¡EL ALCALDE HABÍA MENTIDO RESPECTO A SU ANTIGÜEDAD!

 

Sin darnos más tiempo para procesar la información, Sir Thomas, en un veloz movimiento con el pretendía cazar por sorpresa a la rubi-teñida, se abalanzó sobre ella. Sin embargo Titina, que a esas alturas ya era para mi como Superman (pero en tía, chupasangres, y con el mínimo conocimiento de que la ropa interior no se pone encima de los pantalones) esquivó su embestida con facildad para atacarlo por detrás.

 

Con firmeza le agarró el cuello preparándose para desgarrarlo de un solo bocado, pero el vigente poseedor del título de regidor de la ciudad alzó sus brazos y en un milésima de segundo asió despiadadamente la melena oxigenada que tenía a sus espaldas.

 

Brigitte rugió desde su posición, entre furiosa y enloquecida por el dolor, pero el rictus del Alcalde denotaba una total carencia de compasión. En su expresión se veía la firme determinación de acabar aquella pelea infriendo el mayor sufrimiento imaginable, así se extendiese por toda la eternidad.

 

En un solo gesto, provocando un considerable temblor de tierra, Sir Thomas sacudió con saña a la rubi-teñida contra el suelo, donde quedó tendida sobre unos tojos aplastados, ligeramente aturdida por el golpe.

 

-Esto se pone feo -musitó el Jonhy a mi lado.

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