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diariodeunavampiresanovata

Pero esta vez el ajo no fue suficiente para provocarme siquiera un ligero vahído. Al final lo único que logré con aquella maniobra suicida fue experimentar, en plena posesión de mis facultades, todas las artimañas amatorias de un claramente desatado albondiguilla, que si no llevaba meses sin mojar, llevaba años. Lo que era evidente es que venía con hambre acumulada durante mucho tiempo.

 

-Hay que parar, Jessi -me dijo como si fuese yo la interesada en seguir con todo aquel tejemaneje- Tenemos que regresar a casa de tu abuela y me temo que no va a ser coser y cantar.

 

Con mucha dulzura me separó de su lado dejándome más flipada que un lemur adolescente en un sex-shop y, cuando ya estaba a medio camino de levantarse del suelo, lanzó un profundo quejido y cayó de rodillas junto a mi.

 

-Ahhhhhhhh... el culo.

 

¡Tanto morreo me había hecho olvidar el inocente balazo que le había endosado en plena cacha a mi albondiguilla!. Sin mencionar el posterior, pero igualmente doloroso, mordisco de Mariposita.

 

-No se cómo vamos a lograr salir de este bosque –añadió en tanto que analizaba las sombras que nos cercaban- Quizás si voy a buscar ayuda solo...

 

¡Ja! ¡que sí!. Que se iba a pirar él solito mientras yo me quedaba en la escena del crimen tan pancha, no fuese que a Titina se le ocurriese, por un casual, saltarse a la torera el trato y no hubiese nadie para recibirla cuando regresase antes del amanecer con una muchedumbre de vampiros enfurecidos.

 

Rápidamente lo así con fuerza por el cuello de su camisa.

 

-¿Otro beso? -me preguntó el presuntuoso de mi amigo- No crees que ya han sido suficientes por esta noche -añadió acariciándome la mejilla con condescendencia- Ahora tenemos que salir de aquí, pero a partir de mañana tendrás cuantos quieras.

 

¡Qué ganas de tirarle a bajo aquella pretenciosa sonrisa de satisfacción!, ¡qué ganas de borrarle el engreimiento de sus engreídos ojos azules!

 

-Tus besos no me interesan -la mala baba me sacó fuerzas de donde no las había- No los quiero ni ahora ,ni mañana, ni nunca. Me desmayé porque aún me encuentro muy débil... -frené la diatriba para tomar aire y recuperar energías-... y tu aliento apesta a langostinos al ajillo. Además, no fue la emoción lo que me dejó sin respiración, fuiste tú que no me dejabas abastecerme de oxígeno con tanto mua-mua-muá.

 

El pelo-pincho-lamido sonrió benévolamente mientras yo remedaba su forma de besuquearme completamente desquiciada a causa de la estúpida expresión de indulgencia que no se le borraba de la cara. ¿Es que no me creía?.

 

-Tú también me besaste -dijo interrumpiendo mi frenético lanzamiento de besos al aire.

-Pues, claro que sí -grazné perdiendo el control de mi voz- Era la forma más rápida de morir, en vista del acuerdo que habías logrado con Titina.

-Y ahora has tratado de hacerlo de nuevo -añadió con un tonillo de ironía.

-¡NO! -¿cómo podía ser tan vanidoso?- ¡Ahora te he detenido para que no me dejases aquí sola!

 

La piñata del Jonhy brillando al completo en la oscuridad me indicó que ésa no había sido una respuesta acertada.

 

-Así que ya me echabas de menos, ¿eeEEEehh?

 

Bufé desesperada ante semejante frontón de autocomplacencia y, visto que no iba a sacar nada bueno de aquello (mucho menos al albondiguilla de su error), extendí mi mano hacia él y le dirigí un "ayúdame a llegar a casa de mi abuela" que no ofrecía más que una opción: ayudarme a llegar a casa de mi abuela.

 

Contento como unas castañuelas (es lo que tiene creerse más irresistible que Robert Pattinson y Taylor Lautner juntos) el Mago Johndalf pasó presto mi brazo sobre su espalda y lentamente me asistió en la laboriosa tarea de ponerme otra vez en pie.

 

¡Pena que toda aquella alegría no le durase más que un segundo!. Fue dar un paso apoyada sobre su solícito hombro, demudarle el rostro y plantársele una nube negra sobre su otrora feliz cabezón.

 

-No se por qué tienes tanto interés en convertirte en vampiro -así comenzó un discurso de lo más cenizo- Mira la de problemas que nos ha traído. Todo desgracias. ¿Y para qué?

 

Lo miré esperando la respuesta porque aunque no habíamos avanzado siquiera diez metros estaba completamente exhausta. Aquello pintaba un paseo interminable.

 

-¿Para qué? -insistió- ¿Para transformarte en un ser que no puede ver el Sol?, ¿que nunca podrá dar un paseo a la luz del día? ¿que siempre tendrá que vivir en la oscuridad? ¡Siempre! No una semana, ni un mes, ni siquiera una vida. Eternamente. Miles y miles de vidas humanas moviéndote en la noche. ¿Merece eso la pena?

-Si no vas a morir nunca... -repliqué.

-¿Y eso es bueno? ¿Es bueno ver como los demás vienen y se van y tú siempre igual, sin cambiar, viéndolos pasar?

-Pues malo no me parece.

-¿Ah, no? Pues a mi me resulta muy triste pensar que mientras los demás se hacen mayores, tienen hijos, nietos, una familia, tú serás perennemente la misma chiquilla que eres ahora.

 

Me encogí de hombros, que era una respuesta más que suficiente para que mi pelo-pincho-lamido siguiese en modo monólogo.

 

-¡¿No lo entiendes?! -casi me chilló exasperado- Hay infinidad de cosas de las que vas a prescindir, no durante unos días, sino por los siglos de los siglos. ¿Vas a limitar tu alimentación a vasitos de sangre?, ¿estás dispuesta a no comer jamás una hamburguesa?, ¿realmente eres capaz de renunciar a los Donuts hasta el fin de los tiempos?.

 

¡Ahí me había dado!. Ése sí que era un buen punto a favor de la mortalidad, un argumento real y convincente para desechar la eterna juventud. ¿Valía la pena morir por un Donut? Buena pregunta.

 

 

Pero el Jonhy no estaba dispuesto a concederme ni una centésima de tranquilidad para reflexionar sobre el asunto. Él tan sólo seguía a lo suyo, rayándome el coco con el blablablá-sí-a-la-vida, blablablá-no-a-la-no_muerte. BLA. BLA. BLA.

 

Y así, con ese runrún de fondo llegué tarde, mal y a rastras a casa de mi abuela donde extrañamente todas las luces estaban encendidas y un gran alboroto se propagaba desde su interior hasta el otro extremo de la calle.

 

-Ahí la está -dijo mi madre al verme entrar en el salón- ¿No es ella la interesada? Pues que decida ella.

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