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diariodeunavampiresanovata

A MIS SIERVOS DE LA NOCHE:

He de dejaros, Siervos de la Noche, he de despedirme de vosotros. Al menos por el momento.

 

Como habréis podido suponer, es necesario que deje de escribir aquí si quiero evitar que mi albondiguilla descubra mi paradero. Ahora mismo me hallo en medio de un transición y debo tomarme mi tiempo para asumir el control de mi no-vida.

 

Pero no sufráis por mí porque estaré bien. Me habéis ayudado mucho en mis horas bajas y vuestro apoyo me ha dado el valor necesario para contar esta historia hasta el final. Sin embargo, en este momento, es prioritario salvaguardar al pelo-pincho-lamido de mi voraz apetito. Por ello debo silenciar mis palabras en la red.

 

Muchas gracias a todos los Siervos de la Noche, por haberme leído hasta hoy. Pero en particular, muchísimas gracias, a Sara y Rubi o Rubi y Sara. Las dos sois igualmente especiales para mí.

 

Sin vuestra insistencia hubiese abandonado este diario hace mucho tiempo. Saber que estabais preocupadas por mí me ha obligado a contaros mi vida hasta hoy. Estaba en deuda con vosotras y no podía quedarme tranquila hasta que le pusiese término a esta aventura.

 

Quizás hace tiempo que ya no pasáis por aquí y estas letras se perderán en el ciberespacio sin llegar hasta vosotras, pero espero que mis más EMOtivos buenos deseos os alcancen allá donde estéis.

 

Una noche de éstas, en un ciudad cualquiera del mundo, tal vez os encontréis con una chica algo pálida, regordita, sin depilar y, probablemente, acompañada de una chihuahua. Por favor, acercaros a saludarme. Porque no tengáis la menor duda de que me encantaría conocer en persona a mis dos Siervas de la Noche favoritas.

 

Un besazo. Hasta siempre.

 

Jessica, la vampiresa novata.

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¡Genial! Y a mí haciéndoseme la boca agua cada vez que evocaba su regordete bracito de gitano.

 

-A mi también me gustas...-no se imaginaba cuanto-, pero nuestras naturalezas son incompatibles. Básicamente, somos como el agua y el aceite.

 

Podría habérselo explicado con leones y ovejas, sin embargo consideré innecesario mezclar churras con merinas, entre otras razones, porque mi pelo-pincho-lamido siempre ha pecado de ser de caletre lento, con lo que es preferible darle una imagen clara de la situación que permitir que su mollera se disperse en reflexiones tipo “National Geographic”.

 

-Juntos, pegamos menos que unos calcetines y una sandalias -he ahí un ejemplo de evidencia meridiana- Podemos estar cerca en el mismo armario, sin embargo nunca podremos salir juntos, por mucho que resucite la mismísima Coco Chanel para tratar de poner de moda semejante combinación.

-Pues no estoy de acuerdo -me interrumpió MacGyver de forma vehemente.

-¿Te pondrías calcetines con sandalias si ella resucitase?

-No.

-Justo lo que yo decía.

-Pero sí que saldría contigo a pesar de que no siempre tenemos las mismas opiniones -Jonhdalf era tenaz como un montaraz del Norte- Esas situaciones le pasan a todas la parejas, Jessi, pero se superan si hay amor, y... y...

-Lo pillo -le detuve- Y de ese modo el calcetín se enamoró de la sandalia.

-¿Eh?

 

Exasperante por no variar, el de caletre lento estaba otra vez en la inopia.

 

-¡QUÉ CALCETÍN TAN ESTÚPIDO!

-¿Eh?

-Nada -era preciso ser más explícita- Mis sentimientos por ti también son intensos, lamentablemente ahora estoy en medio de una transición y necesito mi espacio para conocerme mejor: medir mis fuerzas, encontrar mis límites, saber hasta dónde puedo llegar.

 

Al otro lado del teléfono el Jonhy callaba, con lo que supuse que me estaba dedicando toda su atención y, de este modo, quizás, estaba comprendiendo, como mínimo, parte de lo que yo le exponía.

 

-Esto es algo que debo hacer sola, por mí misma. No resulta conveniente que distracciones familiares o amorosas me desvíen de la meta que me he propuesto, que es...

-¿Irte a Nueva York a triunfar en la canción? -me preguntó incrédulo.

-Ehmmmmm...

-¿Sin dinero, sin ropa, sin nadie que te acompañe?

-Ehmmmmm...

 

Lo sé críticos Siervos de la Noche, dicho así sonaba estúpido, ¿pero qué le iba a contar a mi suave tiramisú de mascarpone? , ¿que el memo de Ervigio me acababa de convertir en vampiresa y que, a pesar de no tolerar la sangre, resultaba peligroso que me acercase a mi adorable MacGyver porque se me había vuelto imposible pensar en él sin segregar jugos gástricos? Mi Hechicero Blanco de nivel 7 nunca hubiera considerado ésta una razón de peso para mantenerse alejado de mí. Antes bien hubiese creído que con echarme unos polvitos se podría detener la transformación e iniciar el largo camino hacia mi recuperación, ¡un largo camino de regreso a la luz!. Lo cual, según mi Maestro Oscuro y otra fuentes fidedignas en la materia, es del todo irrealizable.

 

 

-Pues sí, me voy a Nueva York – no quedaba otra, mantenella y no enmedalla- Triunfaré en la canción y cuando lo tenga todo bajo control, volveré. Aunque... -faltaba un punto por aclarar-... no quiero que me guardes la ausencia, porque ya no somos novios.

 

Tener fervorosos admiradores sienta muy bien, Siervos de la Noche, pero no hay que ser cruel con ellos. No fuese que una nunca llegase a dominar sus bajos instintos y el pobre MacGyver se me quedase castrati perdido a fuerza de tanta contención.

 

-Sal con otras chicas -que yo tampoco pienso dejar chupasangres cachondo sin catar-, practica mucho, aprende la importancia de los preliminares y, si nuestro amor es suficientemente grande para resistir la distancia, me beneficiaré de todo ello cuando regrese.

-Jessi... -su voz sonaba ahora carente de esperanza.

-Mira, ¡todavía somos muy jóvenes!. Tengo muchos sueños por cumplir y tú tienes que crecer unos cuantos centímetros, mudar esos cuatro pelos de chivo por una barba decente y, de paso, aprovechar para adelgazar unos kilillos, ¡que buena falta te hace!

-En cambio, yo... -las palabras se le quebraron en la boca-... yo espero que tú no pierdas ni uno solo de esos lindos gramitos. Jessi...

-Jonhy...

 

Aturdiéndome con frases tan bien argumentadas, era muy difícil encontrar con rapidez la respuesta adecuada.

 

-Jonhy, ¡volveré!.

 

Entonces le colgué. No pude soportarlo más, estupefactos Siervos de la Noche, me invadió una terrible debilidad y ¡le colgué y apagué el móvil!. Admito que dejar tirada a la manada no es propio de un buen líder que se precie de serlo, sin embargo opté por cortar por lo sano antes de que mi férrea voluntad cediese frente a tantas cálidas palabras. AHORA no era el momento de retornar junto a MacGyver. Me había esforzado mucho en ponerlo a salvo de una jauría de vampiros, no iba a estropearlo todo permitiendo que saliese con una chupasangres y precisamente novata.

 

Además, viajar por el mundo nunca le ha sentado mal a nadie, y a mí me vendría bien abandonar mi pequeña ciudad para ampliar horizontes. Ver que se cuece por ahí fuera, tratar con no-muertos de buen ver, hombres-lobo hipermusculados, brujos de alguna pija fraternidad inglesa y hasta, tal vez, ¿por qué no?, alcanzar el estrellato en el mundo de la canción: “Jessica, la vampiresa novata”, la primera chupasangres y cantante famosa (la 2ª si contamos con los chicos). Sonaba bien.

 

-¡Guau!

 

Un ladrido detuvo a mi mente que comenzaba a fantasear con las posibilidades que se me desplegaban en el futuro. Me di la vuelta y, frente a mí, Mariposita había depositado un par de conejillos ensangrentados.

 

-Bueno -le dije acercándome a ellos, mientras me encogía de hombros - Quizás después, con un poco de chocolate.

 

La chihuahua ladeó la cabeza.

 

-Lo has hecho muy bien -añadí acariciándola entre las orejas- Lo estamos haciendo muy bien.

 

De un salto, salí de la parte trasera de la furgoneta y cerré su portón antes de dirigirme hacia la cabina. Allí conseguí, para mi sorpresa, arrancar el motor a la primera y lentamente marcha atrás, luego ya en tercera, deshice el camino de la noche anterior hasta llegar al cruce con una vía principal.

 

En la lejanía, se vislumbraban las luces rutilantes de mi pasado. Me detuve un instante para despedirme de ellas.

 

Todas las dudas se habían disipado. Sabía que estaba tomando la decisión correcta. Sabía que estaba avanzando en la dirección adecuada.

 

-Volveré. Algún día volveré.

 

 

Obviamente el pelo-pincho-lamido me echaba de menos y no me extrañaba en absoluto, porque soy adorable. Además el muy gruñón había sacado a pasear su lado más cafre en los últimos tiempos, con lo que tampoco me sorprendía que, tras mi largo silencio, un ataque de arrepentimiento le hubiese impulsado a mendigar unas migajitas de efecto. Por eso me llamaba. El pobre precisaba estar, aunque fuese a distancia, bajo el influjo de mi encantadora, arrolladora y efervescente personalidad.

 

Eso por un lado y por el otro, como eslabón más débil de la manada (sí, incluso Mariposita es más autosuficiente que él), MacGyver requiere de un líder firme, una mano autoritaria que lo guíe y le muestre el camino a seguir, que le descubra sus carencias, sus necesidades, incluso sus gustos. Que si no fuese por mí aún dormiría en el raquítico pijama de Son Gonku) con el que me recibió orgullosamente ataviado, hace bien cuatro años, durante unas vacaciones de Semana Santa que se pasó encamado a causa de una varicela adolescente muy poco favorecedora. Y es que dicen que donde caben dos caben tres, pero, entre vesículas purulentas y espinillas comunes, en la cara del albondiguilla no había hueco ni para un grano más.

 

Resumiendo, que, por ser una tan adorable y el Johny un eslabón tan blandengue, le resultaba yo más imprescindible que el aire que respiraba. O más a las claras, el muy cenutrio no podía vivir sin mí. Así que como a través de mi cutre-móvil no se podían visualizar las miserias a las que habían quedado reducidas todas mis gracias (por ejemplo, el ramillete de padrastros requemados que ahora tenía por dedos), decidí aceptar la llamada y derramar unas pizcas de mi sublimidad sobre la desdichada existencia del Mago Jonhdalf.

 

-Dime, querido, ¿qué es lo...?

-¡TIENES A TODA LA FAMILIA HISTÉRICA!, ¿DÓNDE TE HAS METIDO?.

 

También podía ser que mi abuela hubiese informado a mis padres sobre mi precipitada partida y, en consecuencia, el albondiguilla se hubiese dignado, finalmente, a inquietarse por mí. Que con el tiempo que llevaba sin dar señales de vida, ¡nadie diría que apenas unos días atrás sus babas hubiesen inundado mi tracto digestivo superior!

 

-Pues, mira, no me he metido en sitio ninguno -aquellos modales no merecían mejor contestación- Precisamente, deseaba que me tragase la tierra y hasta he cavado un agujero para ello. Pero no me pareció adecuado esconder sólo la cabeza y quedarme con el culo al aire. Así que todavía ando por aquí arriba.

-¿DE QUÉ ME ESTÁS HABLANDO? -con estos gritos tampoco íbamos a llegar muy lejos- ME RESPONDES DE CACHONDEO Y TE DIGO QUE ME TIENES... DIGO,QUE... QUE TIENES A TUS PADRES CON EL ALMA EN VILO. ¡SIN CONTESTAR AL TELÉFONO!, ¡SIN SABER SI SU HIJA ESTÁ VIVA O MUERTA!...

 

Vaya por Dios, con que toda la desazón y zozobra del albondiguilla se debían a que mis progenitores estaban angustiados, ignorantes de mi paradero. A él se la traía floja que me hubiese secuestrado una mafia de traficantes de órganos o que la colonia local de chupasangres se hubiese tomado una merendola a mi salud (mucho más probable en vista de los acontecimientos que últimamente habíamos vivido juntos). Lo único que le quitaba el sueño al pelo-pincho-lamido, como yerno perfecto que mi familia solía considerar, era no poder aliviar el sufrimiento de mis padres ante tanta incertidumbre. A mí me la podían dar con queso, pero ellos debían saber de inmediato si su pequeña estaba viva o muerta.

 

-Pues diles que ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario -estaba claro que no había valido la pena salvarle la jeta a MacGyver y por ende, no iba a recibir más explicaciones.

-¿QUÉ CLASE DE RESPUESTA ES ÉSAAAAAAAAAA? -el muy burro me volvió a rebuznar como si le hubiese pisado los juanetes-¿QUE “NI UNA COSA NI LA OTRA, SINO TODO LO CONTRARIOOOOOOOOOOOOOO”? ¿ACASO TE DAMOS IGUAL?, QUE TE ESTOY HABLANDO DE TUS PADRES, QUE CUANDO VUELVAS SE TE VA A CAER EL PELOOOOOOOOOOOOOOOO...

 

A mí con ésas, justo ahora que lucía cabeza de cerilla y que, o echaba mano de un parche pirata, o no podría taparme el ojo derecho, como todo buen Emo de provecho.

 

-¡QUE SE TE VA A CAER EL PELO! -insistía Jonhdalf desgañitándose a lo Ultra-Belieber- ¡CUANDO REGRESES SE TE VA A CAER EL PELO, ¡¡¡EL PELOOOOOOOOOOOOOOOO!!!

-Para los cuatro que me quedan... -le atajé lacónica-... hasta estoy pensando en arrancármelos con una pinza y mandártelos por correo.

 

Silencio.

 

-BrrffffffBGgrrffgbff... Yo... yo... Arggbrffrfgbbffffgggggbbbbrrfrrf... Yo... ¡¡¡YO TE MATO, TE MATO, TE MATO, TE MATOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!

 

Y, aunque otras veces me había venido con el mismo cuento, de veras que en esta ocasión cualquiera apostaría que lo decía en serio. Tan alto y claro me lo estaba bramando, tan vívida era la voz con la que profería sus amenazas, que parecía mismamente que lo tuviese delante, catapultándome salivazos involuntarios entre “te mato” y “te mato”.

 

-Oye, mira -interrumpí impaciente su elaborada retórica- no estoy con ánimo de aguantar chaladuras. Si me has llamado para dejarme sorda, casi que lo aplazamos para otro día... o... o noche. Pero lo que es hoy, no tengo ni tiempo ni ganas.

 

Porque yo no sabía si aquella incipiente hambruna atroz se debía al ejercicio extremo desarrollado durante las horas de Sol o bien despertarse lanzando rugidos con epicentro en la región umbilical era lo más normal del mundo vampírico. De lo que no cabía duda, pacientes y fidelísimos Siervos de la Noche, era que, una vez recuperada mi consciencia, mi cerebro había comenzado a fantasear con donuts frescos, glaseados, bañados en azúcar rosa y espolvoreados con multicolores virutillas de chocolate. En cuanto a Mariposilla, por la cara de éxtasis babeante que lucía, o acababa de verle los glúteos mayores a Joseph Morgan o también estaba pensando en bollería con exceso de grasas saturadas. Por eso le abrí la puerta de la furgonalla, para que la vamperra, fuese lo que fuese lo que la traía desequilibrada, pudiese desfogarse un poco entre la maleza. A ver si con suerte me cazaba un “brioche” calentito y si no, me tendría que conformar con un culamen bien macizo.

 

-Vas a disculparme, Jonhy, pero tengo asuntos urgentes que resolver y no puedo dedicarle más tiempo a descifrar tus aullidos ofendidos. O sea que, chao. Nos hablam...

-¡Eh, eh, eh! -el tono de MacGyver se relajó unos decibelios - ¿No irás a colgarme el teléfono? -la ansiedad brotó al otro lado del auricular- Jessi, ¿no irás a dejarme... así?... Jessi... -ahora sonaba suplicante-... Jessi, ¿vas dejarme así?, ¿a mí?,... ¿a tu novio?.

 

… Ouuuuuuuuuuuu... qué dulceeeeeeeee...

 

-Porque somos novios, ¿o no? Al menos yo sí soy todo tuyo.

 

… Ouuuuuuuuuuuu... qué tiernooooooooo...

 

-Últimamente hemos discutido bastante y es cierto que estaba algo cabreado contigo. ¡Pero eso no significa que haya dejado de pensar en ti ni un sólo momento!. ¿Cómo podría si... -vaciló un instante-... si mi corazón siempre te ha pertenecido?

 

… Ouuuuuuuuuuuu... gotita de mieeeeeeeeeel...

 

-Jessi, estoy colado por ti desde que éramos pequeños. Desde antes de que me pegases el primer chicle en el pelo...

 

… Ouuuuuuuuuuuu... mi esponjoso “muffin” de chocolate...

 

-... antes de que me pusieses la canilla morada con la primera patada en la espinilla, antes incluso de que me tatuases el primer modisco...

 

OOOOOOOOUUUUUUUUUUUUUUUUU... MI RECHONCHO PETISÚ DE CREMA... QUE ME LO COMÍA ENTERITO... Me comía a mi resalada albondiguilla enterita. Ya no sé si a base de besos, porque tanta declaración amorosa me había provocado un súbito arrebatamiento pasional, o si literalmente le iba a hincar el diente. Porque, y esto tenía que ser causa de mi nueva idiosincrasia vampírica, mientras el Mago Jonhdalf sacaba la hechicería pesada para convertir mi furor genérico en furor uterino, yo no era capaz de imaginármelo sin que el recuerdo de su cuello barbilampiño estuviese bañado por un delicioso aroma a croissant recién salido del horno.

 

-Daría lo que fuera por hacer las paces contigo y regresar a aquellos días felices.

-A los del mordisco no creo que fuese buena idea -reflexioné viva voz.

-Pues aún a esos me gustaría volver -continuó él tocándome más fibras sensibles que los juguetes de ToyStory abandonados en una guardería- Jessi, yo te quiero.



Y así me pasé mi primera narcolepsia diurna, ejercitando bíceps, tríceps, trapecio y deltoides, durante 12 horas, sin parar ni para pestañear siquiera. ¡Vamos!, ¡que ni Chuache a tope de pastillas en sus buenos tiempos los hubiese puesto a sudar más! En cambio yo allí, sufrida como siempre, plantada en la Trade sin decir ni pío, haciendo brazos mientras padecía una de las experiencias más desagradables de mi no-vida.

 

¡Porque desde luego esta experiencia dista mucho de ser placentera!. Al menos no para mí. Aunque he de admitir que desconozco como la sobrellevan otros vampiros, básicamente porque mi creador no se quedó ni para darme un neceser con los articulillos básicos de todo inmortal. Que si hasta el hostal más cutre te regala gel de baño, lo mínimo es que tu padre vampiro te entregue un cepillo de dientes, pasta dentífrica y enjuague bucal, ¡porque el cuidado de los colmillos es lo primero! Luego ya por coquetería, no vendría mal un corrector de ojeras o un paquete de esas toallitas autobronceadoras que te dan un toque amarillo-Simpson infinitamente más sano que el blanco-muerto-purulento de las primeras horas de conversión.

 

Y aquí os reconozco que, en vista de la sofisticación de Ervigio, tal vez él no era el fiambre más indicado para aconsejarme en cuanto a lo que a la mejora del aspecto personal se refiere. Sin embargo, bien podía haberse esforzado por ser más paternal, regalándome una capita para las húmedas criptas invernales o mi primer ataúd (de segunda mano, por supuesto, que la columnas del cementerio son muy traicioneras)...

 

En fin, ¡qué sé yo!... ¡Pero “qué sé yo” porque ninguna rata voladora me la ha explicado jamás! La única instrucción recibida hasta el momento proviene de mi Maestro Oscuro y eso no es comparable a una buena información de primera mano, por mucho que él sea un hombre muy culto y estudiado, con muchos masters en astrología y ciencias ocultas.

 

Y es que vosotros, Siervos de la Noche, sois unos afortunados de poder obtener directamente de mí y prácticamente en tiempo real, una visión objetiva de esta basura de vida eterna, en la que mi último descubrimiento, sin ir más lejos, es que se duerme fatal.

 

Imaginaos, todas las horas durante las que se suponía que mi organismo debía estar regenerándose, cerrando los boquetes de mi dermis y produciendo queratina como un loco para recuperarse de la pérdida de volumen capilar, me las había pasado yo en un incómodo estado de semilucidez donde ni chicha ni limonada. Ni reparadora fase REM, ni autonomía de movimientos. Ni grogui como una marmota, ni fresca como una ventresca.

 

El día enterito se me había escapado sin lograr conciliar plenamente el sueño, sumida en una especie de delirio febril del que tampoco conseguía despertar. Con el cerebro capaz de percibir que las yemas de los dedos me echaban humo, pero sin la consciencia necesaria para razonar que se trataba del Sol y no de la Pepi haciéndome la manicura con soplete. 720 minutos empleados en sujetar un altavoz, con los ojos bien abiertos, imposibilitada para bajar siquiera un párpado e incapaz de procesar con claridad lo que tenía ante mi propia nariz. Visto así, se entendía bien de donde venía la mala baba que se gastaba Titina: tropecientos años sin dormir a pierna suelta le hubiesen agriado el carácter hasta a HelloKitty.

 

Pero el súmmum máximo, el colmo de la molestia durante mi primer trance vampírico, se presentó a las pocas horas de que el Sol hubiera alcanzado su cénit. Justo cuando la claridad comenzaba a hacerse más tolerable, una repelente vocecilla femenina traspasó el denso atolondramiento de mis entendederas para taladrarme los nervios con su robótica cantinela: “Yo ni móvil, yo ni móvil, yo ni móvil”. ¡Como si a mí me importase lo más mínimo!. ¡Como si no tuviese ya bastante con ser una no-muerta sin ingresos para que aún encima me viniesen con más gastos!

 

-Yo ni móvil...

 

Pesada, la tía ésta... ¿quién será la muy cansina?...¿de dónde habrá salido?”

 

-Yo ni móvil... Yo ni móvil...

 

Tal vez se trata de Mariposita... La muy perra seguro que ha aprendido esa frase sólo por fastidiar”.

 

-Yo ni móvil...

 

Porque, en realidad, ¿para qué lo podría necesitar?. ¿Para jadearle a Rintintín desde el otro lado del teléfono?... Pervertida...”

 

-Yo ni móvil...

 

¡Y yo ni ’smartphone’, hija! Que habiendo sido una adolescente con fructífera vida social, me era mucho más necesario que para un bicho un móvil. De hecho, ni ’smartphone’, ni melena espesa, ni cutis aterciopelado, ni dedos de las manos para contar hasta 10”.

 

Porque a esas alturas ya notaba yo como, entorno a mis uñas, la piel se había churruscado y ahora el pellejo colgaba de la carne, que también comenzaba a oler a solomillo pasado.

 

Suponiendo que la ’vampirización’ te exterioriza la belleza interior (AMANECER. Libro 3: Bella. Febril. ’Se va a convertir en una belleza deslumbrante’ ) y en vista de que mi calva es lo único que deslumbra, si en esta furgoneta hay alguien con razones de peso para poner el grito en el cielo, ÉSA SOY YO. En cambio, como buena líder de la manada, mantengo las quejas dentro de mi boca cerrada, evitando perturbar el descanso ajeno. ¡A ver si cunde el ejemplo!”.

 

Y el ejemplo cundió. Como si se hubiese establecido una conexión telepática con el miembro más reciente e impertinente bajo mi mando, la voz se calló y pude seguir sujetando el bafle en lo alto, a mi aire, hasta que las sombras del día decayeron, fundiéndose en la penumbra del atardecer.

 

-Yo ni móvil, yo ni móvil...

 

¿¡Otra vez!?, ¿¡otra vez!?... ¡Maldita vamp-chucha!, ¿¡OTRA VEZ!?. En cuanto recupere la movilidad vas a aprender a ...”

 

Pero no pude acabar el pensamiento. De la misma manera imprevista en que se habían ido, regresaron mi vista, mi agudeza mental y la flexibilidad de todos los músculos de mi cuerpo. De todos, incluidos aquellos que se habían estado ejercitando durante el día y que al volver en sí, flaquearon a causa del cansancio.

 

-¡¡¡OUCHHHHHHHHHHHHH!!! -bramé al sentir el altavoz cayendo sobre los dedos de mis pies (ahora, era definitivo, no podría contar hasta 10) - ¡COÑO, COÑO, COÑO!, ¡COÑO, COÑO, COÑO!

 

-Yo ni móvil.

 

-¡COÑO, COÑ...!

 

Dolorida y aturdida por el brusco despertar, le lancé instintivamente una mirada asesina a Mariposita. Sin embargo, la chihuchua, que aún seguía recostada dentro de la caja de cartón, se limitó a mantener el hocico bien pegado mientras clavaba sus ojos en mí con la más genuina expresión de inocencia.

 

JO-NHY-MÓ-VIL. JO-NHY-MÓ-VIL. JO-NHY-MÓ-VIL.

 

-¡Es el Jonhy! -procesó mi cerebro al fin- ¡El Jonhy me ha estado llamando toda la tarde!

 

Apurada, palpé el bolsillo del pantalón con mi maltrecha mano para comprobar que, en efecto, nueve numeritos conocidos habían activado la vibración de mi Nokia, el cual, me avisaba también, a viva voz, de que el albondiguilla quería contactar conmigo.

 

 

¡¡¡NADIE!!! , MALDITA SEA, ¡¡¡ALLÍ NO HABÍA NADIE PARA ENTERRARME!!!.

 

Basura de series de televisión desinformadas donde los no-muertos se auto sepultan con la misma facilidad con la que uno se pierde bajo un edredón de plumas. ¿Por qué los guionistas no consultaban sobre costumbres vampíricas a no-muertos que al menos hubiesen sobrevivido a la primera noche de no-vida?, ¿por qué antes de sacar fiambres de la tierra como conejos de la chistera, no se documentaban primero?

 

¡Condenadas mentes privilegiadas! Y ¿ahora cómo imaginaban esos cerebros súper desarrollados que yo me iba a cubrir con tierra?, ¿qué era lo que se suponía que tenía que hacer allí tumbada?, ¿esperar a que Mariposita se animase a mancharse las almohadillas para taparme como una madre amorosa? ¿o simplemente me cruzaba de brazos y ¡hala! a torrarme las morcillas?.

 

Desde luego, Siervísimos de la Noche, para Jessica-líder-de-la-manada palmarla no era un opción. Una vez tuviese mi pellejo a buen recaudo, ya me encargaría de ponerles una demanda a esa pandilla de escritoruchos de medio pelo. Pero en aquel instante, por mucho que me irritase la incompetencia ajena, debía focalizar mis esfuerzos en prioridades mayores.

 

Ágil como un guepardo, rápida como un rayo, me incorporé en mi fosa rastreando una última vía de escape en mi entorno. Piñas, zarzas, ramas secas y helechos (tamaño genérico, ninguno tipo “Parque Jurásico”, capaz de dar sombra a un bebé T-Rex). Todo perfecto para MI propia barbacoa personal y ¡ni una diminuta cuevita donde refugiarme!.

 

Entonces, desde lo más profundo de mis excepcionales neuronas una idea magistral (¿de qué otro tipo sino?) me devolvió las esperanzas.

 

¡¡¡LA TRADE!!!”

 

¡Todavía podía cobijarme en la parte posterior de la furgoneta!. Justo donde las Ratas de Medianoche colocábamos los bártulos para los conciertos, habíamos dispuesto una gruesa cortina negra para separar esa zona de la cabina, impidiendo así que desde fuera se pudiese ver el instrumental transportado. Sin duda no era el sitio óptimo para que una chupasangres montase su guarida (por supuesto que me sentiría infinitamente más segura en un búnker nuclear), pero aquello era mucho mejor que recibir el Sol matutino a cuerpito gentil, sin una rebequita siquiera.

 

Además, ni que decir tiene que tampoco me sobraban las alternativas. De un salto me planté frente a la furgonalla, abrí el portalón trasero y, mientras sentía como la piel me ardía cada vez más, me abalancé al interior seguida de cerca por Mariposita, que había cambiado su expresión altiva, por una más cercana al acojone. Como si acompañar a la Ungida entrañase más peligros de los que ella había supuesto.

 

-No protestes que esto lo arreglo en un momento -le rezongué por lo bajo mientras apilaba los equipos de sonido, amurallando, más mal que bien, el cortinón de separación- Estás a salvo, ¿no?. Con estos trastos, el paño oscuro y la sombra de los árboles, ¡es imposible que se cuele un rayo de Sol aquí dentro!

 

Sin embargo la vamperra descreída no cesaba de dar vueltas echando humo a causa de la preocupación... y también porque algo de luz le había tostado el lomo y aquellos odiosos pabellones auriculares de rata canina.

 

Que si nos paramos a reflexionar sobre este hecho, cosa que me siento en la obligación de hacer para que los Siervos de la Noche amantes de las mascotas no me juzguen mal, en realidad yo no era responsable de ese pequeño desaguisado. Mariposita había decidido seguirme en contra de mi voluntad y, ya que tampoco era la primera vez que le pasaba algo parecido estando a mi cargo, si había regresado conmigo, podríamos llegar a suponer que en realidad tenía una tendencia masoca que yo satisfacía con facilidad.

 

Total, que esta menda se encontraba luchando por salvar su no-vida y, de paso, la de la repelente chihuahua de Titina (que inspeccionaba una caja vacía con desesperación) cuando una tremenda modorra comenzó a apoderarse de mí. Los brazos y las piernas se resistían a mis órdenes, los párpados me pesaban toneladas y, aunque por momentos lograba mantenerlos abiertos, la vista y el entendimiento se me nublaban irremediablemente.

 

El adormecimiento diurno ya estaba aquí. Me quedaban escasos segundos para usar mi sobresaliente lucidez antes de perder la consciencia y quedar a merced de las circunstancias. Eché un vistazo a la maltrecha “Gran Muralla” construida y de la comparación obtuve otra razón para odiar a los chinos (además del hecho de que el sonriente propietario del bazar Yong Weing y toda su amable progenie se hubiesen negado a cambiarme el despertador de Crepúsculo, que no sólo no sonaba en el instante programado, si no que lo hacía a aleatorias e intempestivas horas de la madrugada).

 

¡Aquella muralla distaba ligeramente de ser inexpugnable!. Eso me lo lo podía decir el Sr. Yong Weing, cuyos ancestros eran maestros en el arte de amontonar pedrolos, y hasta mi Sra. Abu, más ducha en lo que respecta a su lanzamiento durante triviales discrepancias vecinales. Sin embargo fueron los ojos reprobatorios de Mariposita, segundos antes de esconderse en la caja de cartón que había supervisado, los que me confirmaron que yo tenía elevadas probabilidades de terminar pelín quemada.

 

-¡Oooaaaaa!-bostecé mientras cargaba un pesado subwoofer destinado a culminar la barricada en uno de sus extremos- ¡Ooooaaaa!, ¡¡¡OooooOOOOOOOAAAAAAAAAAAAAaaaaaa!!!

 

La boca se me abría de forma involuntaria hasta el máximo de su capacidad porque todos mis esfuerzos estaban centrados en mantener en alto los párpados, que amenazaban con sucumbir al abotargamiento. El trabajo todavía no estaba rematado, así que debía combatir la creciente pesadez de ojos hasta que al menos una esquina quedase algo segura. Luego podría acurrucarme en ella.

 

Y estaba justamente revirtiendo el último cierre de persianas (mientras situaba el altavoz en el hueco que le había asignado), cuando las articulaciones dejaron de articular, los músculos dejaron de funcionar y mi cerebro se apagó sin más.

 

He aquí que el rígor mortis me había llegado, como la propia palabra indica, con una rigurosidad de muerte. El Sol apenas había acabado de coronarse sobre el horizonte y yo ya me había quedado, con los brazos sujetando el bafle en lo alto, más de piedra que si me hubiese encontrado a Robert Pattinson desnudo en mi habitación. Obviamente, los ojos, como platos.

 

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EL PÍLORO

 

 

La miré con odio (ella a mí con indiferencia), sin embargo no traté siquiera de sacarla de la furgo. Mi súper oído había captado la sirenas de la policía a la vuelta de la esquina y la intuición me decía que la llamada de cierta madre escandalizada había puesto tras mi pista a la poli del control de alcoholemia. Desgraciadamente, si la “simpática” chihuahua se quería venir de viaje, yo carecía del tiempo suficiente para atraparla y convencerla (=lanzarla por la ventanilla) de lo contrario.

 

Ante lo cual, opté por ignorar su altivo hociquillo “high class” y pisé el acelerador de la furgonalla, que había quedado al ralentí, asumiendo a regañadientes que me tocaba pasear a Miss Daisy

 

No era necesario darle más vueltas, mis queridísimos Siervos de la Noche, había llegado la hora de partir. Debía dejar atrás toda mi anterior vida mortal. No podía continuar bajo el mismo techo que mi familia, que desconocía mi secreto y para la que ahora constituía una amenaza, a pesar de que la sangre no era plato de mi devoción ni mucho menos.

 

Con todos a salvo (incluso las tías gordas y las repelentes primas insecto palo) el momento de abandonar el hogar e iniciar mi independencia no se podía demorar ni una noche más. Mi abuela no tardaría en comunicar a mis padres que su adorada hija, cantante y artista polifacética, huía para triunfar en Nueva York y, aunque era más que probable que el pecho palomo de mi señor progenitor explotase henchido de orgullo por mi exitoso futuro, no era menos cierto que antes que permitir que su inocente pequeña deambulase por el mundo de la farándula en soledad, preferiría dejarse cortar los meñiques de ambas manos (y eso que son los únicos que le caben en las fosas nasales).

 

Con lo que visto lo visto, poner tierra de por medio se trataba de una prioridad. Era necesario alejarme y encontrar un sitio donde ocultarme para pasar el día en previsión de que mi familia peinase la comarca en mi búsqueda, sacando incluso al cuerpo policial de su frenética actividad habitual (léase, café del desayuno, café de las 11:00, café de sobremesa y, entre medias, subidón de cafeína y a archivar denuncias como locos). Porque, desde luego Siervos de la Noche, si hay alguien capaz de poner al trote a una manada de hipopótamas preñadas de 8 meses, ésas son mi abu y mi señora madre. ¡Ni dudéis por un instante de que llorar mi ausencia en la televisión a escala nacional es algo para lo que están más que capacitadas, aunque sea colándose en el parte metereológico! Asumiendo lo cual, ¿qué me quedaba?, ¿huir del país?

 

 

Esa noche al menos no. Para lo que restaba de tiempo antes del alba, con llegar a un sitio alejado y ponerme a resguardo de la mañana, me daba por satisfecha. Sin embargo encontrar el lugar adecuado para una vampiresa novata no era tan sencillo como cualquier mortal podría suponer.

 

Según Mariposita me había demostrado de forma fehaciente, los rayos UV provocan que los chupasangres de verdad entren en ignición. Y ya sé que me diréis que otros incluso van al “insti”, pero insisto que los de verdad, verdad (no esos que huyen del Sol, porque, hij@, soy tan marmóreo y tan brillante que con un poco de luz estoy que deslumbro), el chupasangres medio de verdad no tienen ni anillo mágico (a lo sumo un protector solar factor 50), ni es conde con castillo en los Cárpatos, ni rey con mansión en Lousiana. El chupasangre medio de verdad tiene una furgoneta vieja, el bolsillo semi pelado y ni un mísero ataúd donde caerse muerto... O al menos, eso era lo que tenía yo.

 

Así las cosas me quedaban dos opciones:

 

a) Asaltar un cementerio y meterme en una sepultura abierta para pasar mi trance diurno.

b) Pillar una carretera secundaria, bosque a través, y aparcar la Trade en un sitio recogido, donde poder cavar un agujero en el que soterrarme.

 

Dado que el cementerio era la opción más obvia, incluso para un mentecato como el desaparecido de Ervigio (ojalá Dios lo tenga en su gloria... friéndolo a calambrazos), resultaba preferible la opción b). No fuese a ser que Titina sobreviviese al pequeño follón del WoW y aún tuviese ánimos como para rastrear los camposantos de la zona en busca de su vamperra.

 

A resultas de esta pequeña reflexión, tiré pa’l monte como las cabras, metiéndome por caminitos cada vez más estrechos hasta que el matorral se hizo tan alto que las ruedas no pudieron avanzar ni un centímetro más.

 

-Ahora, a cavar.

 

Y, aunque éste era un comentario formulado en alto exclusivamente para animarme con la acometida, Mariposita se miró de inmediato las patas delanteras para luego clavarme sus gigantescos glóbulos oculares talmente me estuviese informando de que ella, ELLA, de mancharse su diminutas uñitas, na’ de na’.

 

-Menuda novedad...- gruñí mientras saltaba al exterior donde todo empezaba a cambiar.

 

Los ruidos de la noche cedían sus dominios a otros sonidos más palpitantes, mientras el cielo acompañaba esta transición, clareando de forma peligrosa. A mi alrededor la vida comenzaba a desperezarse lentamente porque el amanecer estaba a unos minutos de resquebrajar la noche. No era momento para recriminaciones.

 

Apremiada, miré en torno a mi tratando de localizar una zona libre de matojos donde iniciar la excavación y, dado que aquello estaba muy selvático y una no disponía de tiempo como para ponerse a desbrozar el monte, decidí enterrarme en el mismo senderito por el que la Trade había llegado hasta allí.

 

-¡Coño!

 

Coño, en efecto, avispados Siervos de la Noche, ¡coño!: casualmente esta vez había salido yo de casa sin mi pala para hacer hoyos tamaño fosa de cementerio. ¡Y el Sol a punto de aparecer en el horizonte! Como una loca, me lancé de rodillas sobre el suelo y a dos manos empecé a levantar puñados de tierra por los aires cual cánido desesperado con un tremendo hueso de jamón por esconder.

 

-Mierda, mierda, mierda...

 

Lo peor del asunto es que tampoco me valía quedarme a 10cm. de la superficie, tenía que evitar cualquier posibilidad de que un rayo distraído me friese durante mis horas de sopor. Como mínimo necesitaba 1m. de profundidad, tal vez más. Así que venga a escarbar y venga a escarbar. Pringada de pies a cabeza de tierra mientras el Very Important Perro me observaba con la misma desaprobación con la que un jubilado vigila una obra.

 

-Despreciable animalejo, ¡¿eres o no eres un chucho?!, ¡ven aquí y escarba!

 

Pero, mientras yo me deslomaba bañada en sudor, la muy perra no mostraba la más mínima intención de moverse para echarme una pata. Según me indicaba su húmeda naricilla respingona, a aquella alimaña vampírica le bastaba y le sobraba para sobrevivir el agujero que yo había logrado arañar entre terruños, hierbajos, guijarros y pedrolos de mayor de tamaño.

 

Cuando al fin éste alcanzó, ante su atenta supervisión, una hondura de unos 50cm y unas dimensiones suficientes para contenerme, la bicha saltó a su interior y se acomodó en el medio, plácidamente, con los ojos cerrados, esperando a ser sepultada.

 

-¡De eso nada! -le berreé al ver que las nubes brillaban ya rojizas, avisando de que a la noche le quedaban unos segundos- Tal vez el hueco es demasiado superficial, pero es para mi. ¡Aparta, sabandija infame!

 

Y al dejarme caer a su lado, sacándola de su cómodo reposo para tumbarme yo misma, boca arriba, cual larga era, me di cuenta.

 

-(¡¡¡RECONTRA, CÁSPITA, PARDIEZ, RECÓRCHOLIS!!!)* ¡¡¡¿¿¿Y QUIÉN COÑO ME ENTIERRA AHORA A MI???!!!

 

 

 

*Vocabulario censurado por no ser apto para menores, ni para Siervos de la Noche de bien.

 

Entonces, se armó la gorda.

 

Un grupo bastante numeroso de chupasangres devotos, perteneciente a los que en un inicio me querían matar, ahora se postraban de rodillas, adorándome. El resto de los primeros todavía mantenían que aquello era un truco mío por el que se me debía ejecutar. Y una última facción se mostraba indignada, recriminándole al Consejo el engaño al que habían sido sometidos durante siglos.

 

Titina, por su parte, que tenía una opinión propia al respecto, arrebatando la estaca de la mano del enano, se acercó para hacérmela saber. Al ver la determinación de su avance, retrocedí, dando un paso en falso, y, al caer sobre mis posaderas, aplasté el mando a distancia de los focos que iluminaron brevemente la estancia, como un flash fotográfico.

 

-¡¡¡NOOO!!! - desde el fondo de sala, un grito desaforado y unas pisadas paquidérmicas captaron la atención de Brigitte- ¡HA SALIDO EL SOL!, ¡ES UN MILAGRO! -y por cierto, que había más voces que también lo coreaban- ¡HA SALIDO EL SOL!, ¡ES UNA SEÑAL!, ¡¡¡¡¡NO TOCARÁS A LA UNGIDAAAAAAAAAA!!!!!

 

De los dos gigantescos gorilas que controlaban la entrada, uno se había unido a las huestes mesiánicas y venía galopante, derechito hacia nosotras, decidido a no consentir que la rubiteñida me rozase ni uno solo de los solitarios pelos que todavía se aferraban a mi desértico cuero cabelludo.

 

-¡Oh, oh, oh, oh!...

 

Exactamente eso fue lo último que dijo Titina antes de que el vampiro XXL se la llevase por los aires.

 

-¡¡¡OUCHHHHHH!!!

 

Fue el sonido que produjeron sus pulmones estampados contra el suelo, bajo la presión de las toneladas del cuerpo de mi defensor.

 

-No,... no,... ¡no, no, no!

 

Nada más que 5 noes pudo gemir antes de que el segundo portero, alistado en las filas pro-Alcaldesa-muerte-a-la-Bruja, saltase sobre el primero, que a su vez se hallaba encima de la regidora, quien, desaparecida bajo los desbordantes volúmenes de mi gorila protector, únicamente lograba mover su oxigenada cabecilla con relativa libertad.

 

Una vez orientada tan magna azotea en mi dirección, mientras la muy víbora la erguía con agresividad, comenzó el chorreo de “che foig argf macharf”, “fas argf mofirgf”, “grfargfargfffgurfgrfarggufgrrrrrrrrr” y otros diversos gruñidos incomprensibles que no me molesté en traducir porque ¡HABÍA QUE DARSE EL PIRO!.

 

Aprovechando que el enano asesino estaba desconcertado, desarmado e indeciso sin saber a qué facción afiliarse, me lancé desde lo alto del patíbulo a la pista de baile dejando a la rubiteñida más que planchada con el bufido en la boca.

 

-La Bruja Naranja está huyendo. ¡Detenedla!. ¿A qué esperáis?. ¡DETENEDLA Y ACABAD CON ELLA!

 

Los acusicas del jurado, apostados en sus cómodos butacones, habían comenzado a alentar a los vampiros que todavía le eran fieles para que ellos se encargasen del trabajo sucio y me mandasen a criar malvas de una buena vez. Afortunadamente, el bando de chupasangres desencantados se había abalanzado definitivamente sobre el Consejo y, aunque la edad era un punto a favor de sus miembros, la batalla estaba resultando tan reñida (gracias a la ventaja numérica de los indignados) que los jurados iban a estar callados un buen rato.

 

-¡El Consejo tiene razón! -vaya hombre,... la semillita del exterminio había germinado en mis detractores- ¡Hay que acabar con la homicida!, ¡ajusticiemos a la asesina de Sir Thomas!

-Sí, sí, ¡démosle una lección!

-¡Hay que estacarla!.

-Sí, sí, ¡que se entere que no puede matar al Alcalde de los vampiros así como así!

 

E iba a comunicarles que si era por eso, que no se molestasen en espicharme, que ya yo lo había entendido todo y que muerta no lo iba a entender mucho mejor, cuando los fieles de la hermandad de la Ungida se pusieron en pie la mar de ofendidos.

 

-Mucho ojo con lo que queréis hacer, ¡a nuestra Señora no se le toca!.

-¿Ah, no?

-¡No!. Ella es la Enviada y no le pondréis un dedo encima.

-¿Ah, síÍÍíí? ¿Y quién lo va a impedir?

-Nosotros.

-¡Seguro! ¿Vosotros y cuántos como vosotros?

-Nosotros solos.

 

¡PLAF!

 

Uno de mis educados defensores había sacado un guante blanco de su chaqueta y le había cruzado la cara a su oponente con mucha dignidad. Después, unos cuantos “esto es un ultraje”, “plaf, plaf”, “exijo una satisfacción”, “plaf, plaf, plaf” y los dos bandos habían acabado liados a guantadas (en el sentido más literal de la palabra). Que ha de ser lo más “In” entre los murciélagos de la Jet, pero que distaba una barbaridad de la estopa que se repartía en la zona del Consejo y de la leña que se habían metido Sir Thomas y Brigitte el día de su épica batalla.

 

Fuese como fuese, a guantazos o a leche viva, lo cierto es que todos lo vampiros de mi entorno estaban realmente absortos en sus propios asuntos, así que yo, que me caracterizo por una gran discreción, me puse a cuatro a patas iniciando un rápido gateo hacia la puerta de salida.

 

Cuando ya alcanzaba mi meta me detuve brevemente para analizar cómo se desenvolvía aquel dispar intercambio de opiniones y aunque no me paré mucho, Siervos de la Noche, os diré que los oponentes estaban siendo algo más que vehementes.

 

El vejete del Tribunal trataba con insistencia de desgarrarle el cuello a una recatada vampiresa del Tea Party sobre la que estaba encaramado incrustando ambas manos en el matorral de pelo que la buena señora había cardado a base de kilos de laca. A cambio, un caballero muy agraviado le arreaba sillazos en el caletre, de forma que el respaldo metálico del asiento (porque en el WoW, maderitas las mínimas) había comenzado a tomar la forma del colodrillo del abuelo.

 

Incluso en el área más comedida de la pista, se habían abandonado los guantazos y, entretanto dos histéricas se arrancaban los cabellos a puñados, un par de distinguidos chupasangres se propinaban patadas en las canillas al tiempo que se mantenían a distancia sujetándose por los antebrazos uno al otro.

 

De repente...

 

-Aaaaaarrrrrggggggg...

 

Un lamento desgarrador me llegó desde lo alto del patíbulo, donde mi defensor, aún sufriendo el acoso de su compañero, había empezado a aporrear la cabeza de la Alcaldesa contra el escenario a modo de inmenso tambor de galeras.

 

Clong, clong, clong.

 

-Aaaaaarrrrrrrggggggg...

 

La pobre Titina... Si alguna vez había sido fina y elegante, ahora (molida a palos, sepultada por aquellas moles), de elegante nada, pero ¿fina?, había quedado más fina que el papel de fumar.

 

-Aaaaaarrgggggggg... Mariiiiiposiiiitaaaaaaa...

 

Entonces me di cuenta de que la “encantadora” chihuahua color camel, estaba precisamente con su hocico pegado a mi culo, después de haberse atravesado todo el local guiada por el aroma a sangre hiperoxigenada.

 

 

Sin embargo esta vez yo no pensaba secuestrarla. En caso de que Brigitte saliese airosa de aquel jaleo, no le iba a dar escusas para que me persiguiera toda la eternidad en busca de su adoradísima Mariposita.

 

Estaba decidido. La vamperra se quedaba. Así que me levanté como un resorte y, justo antes de traspasar la salida, clavé autoritariamente mis ojos en el bicho para soltarle unos “Platz” lo más jefe de la manada que pude.

 

Platz!, ¡platz!, ¡platz!

 

Al cerrar la puerta de la Trade, el maldito animalito estaba sentado justo a mi lado.

 

Un silencio frío congeló la expresión de todos los presentes, a Titina se le quedaron las palabras colgadas de la boca y los 5 jurados tensaron levemente todos los tendones de sus imperturbables cuellos. La repentina calma que precede a la tempestad se había apoderado de la estancia. Mi mano sobre el “ex-Alcalde” estaba a punto de destapar no sólo aquel jarrón chino sino también algo mucho más preocupante para las autoridades presentes: un fraude milenario.

 

Desde su trono de consejero corrupto, el vejete milenios-sin-echar-un-casquete gruñó en un intento de cerrarme la boca con rapidez:

 

-¡ALGUACIL!, AJUSTICIE A LA REA, ¡¡¡DE INMEDIATO!!!

 

Lamentablemente para los miembros del Tribunal, estos habían tardado demasiado en decidir a cuál de nosotras dos les interesaba más sacrificar, e iban a pagar las consecuencias. Tal vez, si todavía fuese una humana corriente y moliente o una no-muerta desnutrida, aquella orden me hubiese silenciado a tiempo. Sin embargo, ahora, con la sangre hiperoxigenada en mi organismo, nadie podría evitar lo inevitable. La diñase antes o no (y tenía bastantes papeletas en ese sorteo), allí iban a rodar unas cuantas cabezas de chupasangres “Gran Reserva”.

 

Brevemente tomé impulso y, sujetando la supuesta urna funeraria con ambas manos, describí un arco sobre los espectadores, de forma que las partículas de “Sir Thomas” comenzaron a revolotear entorno a sus atónitas caritas de ratillas voladoras. Y digo atónitas porque, a pesar de mi sincero esfuerzo por hacerles entender que la historia de Titina era más falsa que los Converse que llevaba puestos, allí todos parecían desorientados. Exactamente como si aún encima de no haber comprendido bien mi explicación, ahora ya nadie tuviese claro si presenciaba un juicio serio o un concierto de Ozzy Osbourne (que en lo que respecta a murciélagos decapitados tampoco iba a haber mucha diferencia).

 

Por desgracia para aquel improvisado plan de huida, apenas había empezado a conectar con mi público, cuando el verdugo raquítico apareció en escena, muy en su papel de mini-bestia desbocada, interrumpiéndome con un feroz placaje desde mi flanco derecho, ¡estaca en mano!.

 

-Aaaaaaaaaaaa.. -gemí dándome por pre-desintegrada-...aaaaarrrrrgggggg...

 

Pero no la palmé. En el último momento, eché hacia atrás el hombro izquierdo de forma que el primer estacazo del enano pasó rozando mi chupa negra.

 

Por desgracia, la embestida sí que no se pudo evitar. Y con el choque, el botijo, dinastía ”Chining”, salió primero disparado hacia el techo, para luego sobrevolar, ejecutando un tiro parabólico perfecto, a la muchedumbre que no le quitaba ojo, expectante, como si fuese el Cometa Halley en lugar de los restos de su adorado ex-Alcalde (que tampoco). Al final, tras alcanzar un desplazamiento máximo de 3 metros en el eje x, el proyectil en cuestión impactó contra el huequito de suelo que amablemente le habían dejado los chupasangres afectados por su trayectoria.

 

Total que, como os imaginaréis, en cuanto y=0, el cenicero de porcelana se rompió en mil pedazos y su contenido se desparramó a los pies de la audiencia.

 

-¡Sacrilegio!, ¡sacrilegio! -comenzaron a murmurar ciertos parroquianos escandalizados- ¡La Bruja Naranja ha profanado la memoria de Sir Thomas!. ¡Sacrilegio!

-Pero... hay colillas... -respondían otros vampiros más próximos al punto de colisión- ¡Aquí hay colillas!

-¡Sacrilegio!, ¡sacrilegio! -se empecinaban los primeros, recalcitrantes y duros de oído por exceso de fervor- ¡Los restos del Alcalde han sido mancillados!

 

¿Mancillados?, ¿restos del Alcalde?. Creedme, Siervos de la Noche, que, ¡qué más hubiera querido yo que disponer de un mísero segundo para curarles la sordera y explicarles que las colillas no se mancillan!. Pero en esos instantes me encontraba entretenida de lo lindo sujetando el antebrazo ejecutor del alguacil, quien después de haberme embestido con muy poca educación, me agarraba ahora por mi cazadora con un mano, mientras con la de la estaca insistía, cual verraco, en matarme sí o sí.

 

Y no lo debía de estar haciendo yo mal (porque hasta el momento mantenía bastante alejada la parte puntiaguda del madero) cuando me desconcentré al ver la figura “juvenil” de Titina entrando en mi campo visual, con zancadas firmes y decididas, dispuesta a volatilizarme ella misma.

 

Ainsssssssssssssssss... Ni transfusión de dopaje, ni subidón de adrenalina, ni na’ de na’. Vi llegar a la rubiteñida, con todos los músculos del gaznate apretándole la mandíbula y la cólera pintada en las arrugas del entrecejo, y perdí mi posición defensiva. En un abrir y cerrar de ojos, el agarre se me fue a la mierda, mi verdugo se zafó de mis manos y, sin piedad, lanzó su último ataque sobre mi corazón.

 

Ahora es cuando me convierto en polvo”, pensé al sentir como la madera se abría camino a través de mis maltrechas carnes del inframundo. Sin embargo,...

 

-¡¡¡SANGRE!!!

 

¿Qué dice la plebe?, ¿sangre?”

 

-La Bruja Naranja está sangrando...

 

¿Sagrando?... Entonces, de polvo, ¿nada?”

 

-¡LA BRUJA NARANJA ES UN SURTIDOR!... ¡¡¡DE SANGRE HUMANAAAAA!!!

 

¡Anda la osa! Pues sí que tenían razón los vampiros vulgaris. De mi pecho, por el agujerito que había dejado la estaca al entrar, brotaba una chorrito de sangre humana, ¡hiperoxigenada para más señas!

 

-¡¡¡NO HA MUERTO Y SANGRA SANGRE HUMANAAAAAAA!!!

 

En efecto, mi cuerpo aún se mantenía más compacto que el arroz con leche de mi madre. ¡Pero tampoco era para tanto!. Aunque la mano ejecutora había estado cerca, sólo había logrado reventar la bolsa que yo escondía dentro de mi cazadora. Sencillamente por eso, mi camiseta parecía sacada de la Tomatina de Buñol.

 

 

-¡¡¡NO HA MUERTO Y SANGRA SANGRE HUMANAAAAAAA!!!

 

Sí, sí,sí,sí...¡Qué cansinos, por favor!”

 

-¡¡¡ELLA ES LA ELEGIDA!!!

 

Que, ¿qué?”

 

-¡¡¡ELLA ES LA MESÍAS, LA UNGIDA!!!

 

 


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