Para vuestro interés, he de informaros que a los chupasangres la hambruna en el Cuerno de África les trae sin cuidado y lo de la paz mundial, más o menos, les importa un bledo. Conclusión:
-¡¡¡REA DE MUERTE!!!
La vocera del Consejo me había fulminado primero con sus ojillos entornados por la superioridad, para luego mandarme, sin pensárselo dos veces, de patitas al matadero. Y no creáis que esto de ventilarse a otro inmortal es algo que implique mucha papeleo. ¡Al contrario! En cuanto la jurado3 me sentenció al estacazo padre, le faltaron piernas al alguacil, anteriormente conocido como portero del WoW, para abandonar su posición y dirigirse derechito a mi.
Desesperada, miré hacia Brigitte buscando apoyo, al fin y al cabo, se había coronado como Alcaldesa gracias a mi declaración. Pero la rubi-teñida, más feliz que si le hubiesen regalado un ático en Manhattan, no mostraba intención alguna de abandonar el país de la piruleta para echarme una mano con el palo que se me venía encima. El albondiguilla había sido exculpado y ella estaba resuelta a no conceder ni un milímetro más de lo que habíamos acordado.
Que bien pensado, de todo aquel plan, la única que salía perdiendo era yo: Jessica, vampiresa novata, bruja naranja, pringada de nivel 10. Por un lado, mi MacGyver se ganaba, sin una gota de sudor, un beatífica existencia para rascarse la barriga con placidez y, por el otro, Titina se asentaba como regidora de la ciudad con sólo observar como yo me suicidaba en público, sin pasársele por la cabeza mover un dedo más allá de lo que exigía su parte del trato.
Así las cosas, ¿qué hacer, entonces?, ¿cómo escapar de esta situación?, ¿cómo decir un educado “no, gracias” y esfumarse sin dejar rastro?. El suave tintineo de la tapa de “Sir Thomas” agitado por un repentino tembleque acojonado de mi cuerpo, me dio la respuesta: yo también había cumplido mi parte del trato, yo ya había asumido la autoría del asesinato. A partir de ese momento, no le debía ninguna lealtad a la rubi-teñida, con lo que...
-¡¡¡TODO ES MENTIRA!!! -grité como una condenada- ¡¡¡YO NO MATÉ AL ALCALDE!!!, ¡¡¡SOY INOCENTE, TODO ES MENTIRA!!!
Repentinamente a Brigitte se le borró la sonrisa de la cara y se le salieron los ojos como si estuviese en pleno tacto rectal.
-¡¡¡LO MATÓ LA NUEVA REGIDORA!!! -continué aprovechando que el verdugo-alguacil-portero se había quedado pasmado mirando hacia el Consejo en espera de nuevas órdenes- ¡¡¡ELLA ME CONVIRTIÓ A CAMBIO DE QUE OS DIJESE QUE TODO LO HABÍA HECHO YO!!!, ¡¡¡ELLA ME DIJO QUE, SIENDO VAMPIRO, NO ME PASARÍA NADA Y QUE ASÍ VIVIRÍA ETERNAMENTE!!! -un nuevo runrún desconfiado estaba surgiendo entre la masa de chupasangres comunes- ¡¡¡ELLA ME PROMETIÓ LA INMORTALIDAD A CAMBIO DE QUE VINIESE A CONFESAR QUE HABÍA MATADO A VUESTRO ALCALDE!!!, ¡¡¡POR ESO OS HE MENTIDO, PERO EN REALIDAD SOY INOCENTE!!!
Al unísono, los 5 jurados le dirigieron a Titina unas miradas inquisitivas nada amistosas. Era evidente que mis palabras estaban sembrando la duda entre el populacho y aunque, de forma tácita, el tribunal hubiese decidido hacer la vista gorda con la versión de la nueva regidora, ahora que yo había levantado las primeras sospechas, los chupasangres momia parecían recriminarle a Brigitte el poco esmero con el que había urdido la muerte de Sir Thomas y lo poco controlada que tenía a su “coartada”. Además de que su silencio dejaba bien claro que no pensaban salir en defensa de la rubi-teñida. ¡Faltaría más!, ¡los miembros del Consejo dejándose salpicar por la incompetencia ajena!
-¡¡¡REA DE MUERTE!!!, ¡¡¡REA DE MUERTE!!! -comenzó a chillar de pronto Titina, a quien ahora el culito también le hacía cuikcuik- ¡¡¡REA DE MUERTE!!!... ¿ES QUE NO LO ENTIENDES? -se detuvo un instante para preguntarle al alguacil- ¡¡¡REA DE MUERTE!!!... ¡¡¡EJECUTA LA SENTENCIA!!!, ¡¡¡CLÁVALE LA ESTACA!!!, ¡¡¡MÁTALAAA!!! -le insistía mientras lo empujaba con una mano y con un dedo de la otra me señalaba directamente a mi- ¡¡¡REA DE MUERTE!!!, ¡¡¡REA DE MUERTE!!!
Pero el verdugo a la sazón, no se movía ni un ápice. A pesar de las embestidas de una Alcaldesa milenaria transtornada, el portero enano se mantenía anclado en su sitio, a la espera de alguna indicación de los jurados, quienes, a su vez, tampoco pretendían pronunciarse hasta comprobar a favor de cuál de las dos se inclinaba la chusma murcielaguil presente. Y es que, como ya sabéis avezados Siervos de la Noche, para mantener el control de masas, de vez en cuando hay que sacrificar al cabeza de turco que te pida la plebe y, por lo que se palpaba en el ambiente, en esta ocasión la batalla estaba reñida.
-¿Has oído lo que ha dicho la novata? -mis orejillas ultrasónicas acababan de captar una pequeña conversación.
-Sí, sí, que la nueva regidora acabó con nuestro Alcalde amantíiiSSSIMO – los cementerios siempre están llenos de bellíiiSSSIMAS personas.
-¡Aluciante!. ¡La Srta. Brigitte asesinó a Sir Thomas para quedarse con su puesto!, ¡qué fuerrRRRrrte! -fuerte, fuerte, sin duda, porque él era un bicho duro de pelar.
-Pues yo no me lo trago, hija, la nueva regidora nunca se ensuciaría las manos por una cosa así. Tiene mucho más glamour que todo eso -evidentemente no estaban teniendo en cuenta el vestidito prieto que lucía hoy.
-Pero a esta niña... -replicaba mi vehemente defensora-... ¿quién la iba a convertir sino Brigitte? El finado tenía mejor gusto para las mujeres - ¡eeeh, sin pasarse de vehemencia! ¡que aquella no era mi mejor noche ni mucho menos!.
-Tal vez... Sin embargo ha admitido que lo hechizó para que le diese su sangre, ¡¿no ves que es una Bruja Naranja de Nivel 9?! -en realidad de nivel 10, por favor.
-¿Y qué se supone significa eso?
-Sinceramente... Ni remota idea, querida...
A pesar de que todavía no me había salvado, nadie podrá negar que mi inteligente maniobra había dado sus frutos. De estar oficialmente condenada a espicharla, la balanza se había equilibrado hasta dejarnos, tanto a Titina como a mi, con un 50-50 de probabilidades de quedar pulverizadas en menos de media hora. Era obvio que tocaba inclinarla a mi favor, si quería llegar a mañana.
-DIGO LA VERDAD -retomé mi discurso desgañitándome para sobrepasar el agudo de la rubiteñida que todavía seguía con su “ReaDeMuerte-ReaDeMuerte”- LA ALCADESA OS HA ENGAÑADO A TODOS DESDE EL PRINCIPIO. EN ÉSTE JARRÓN NO ESTÁ SIR THOMAS, ¡¡¡ESTOS SON ÚNICAMENTE RESTOS DE TABACO Y OS LO VOY A DEMOSTRAR!!!
Pero no culpable y punto:
a) era culpable con justificación.- Debía quedar claro que la muerte de Sir Thomas había sido en defensa propia.
b) era culpable por amor a mi mortal albondiguilla.- Yo lo había metido en este fregado y yo iba a salvar su barbilampiño pellejo jugándome el mío.
Y es que, debéis saber despreocupados Siervos de la Noche, que responsabilizarse de haberle dado boleto al Alcalde, es lo mínimo que se espera de una una jefa de la manada que, como yo, viva desvelada por su subalternos. Además de ser también una forma efectiva de que se me reconozca finalmente mi valía. ¡Qué ya estoy harta de que todos los méritos le caigan gratuitamente al pelo-pincho-lamido!
-Sí, señorías -continué, adelantándome a la única vampiresa del tribunal, que se disponía a intervenir en ese momento- Soy culpable. La única culpable.
Un rastro de murmullos de admiración quedó suspendido en el ambiente, disipando mi reticencia inicial a asumir la autoría del crimen. ¡Los estaba dejando fli-pa-dos!
-¿Y el mago Jonhdalf? -indagó la jurado3, que a pesar de ser mujer, no mostraba ninguna empatía hacia mi- ¿No participó él en la pelea?
-En absoluto. Para nada -otro racimo de “oooohhhsss” me insufló un extra de valor- Lo hice todo en solitario. No tuve ayuda ninguna.
Nuevas exclamaciones corearon mis palabras.
-Fue un mano a mano -proseguí animada al ver que hasta los chupasangres momia comentaban, no cabe duda, mi proeza sin precedentes- Yo y Sir Thomas, en un duelo a muerte, carente de tregua, dónde sólo podía quedar uno.
Más “ohs” y “ahs” y más cuchicheos entre los miembros del jurado.
-Yo, yo, y nada más que yo mandé a Alcalde al otro barrio.
“oooooooooOOOOOOOOOOOOOOOHHHHHHHHHhhhhhhhhhhhhh”
Una ola de estupefacción recorrió la concurrencia vampírica, tranquilizándome en lo que respetaba a mi actuación en público. Nadie podía tacharme de Miss rubi-tonta de Villa Bobica de Arriba. Jessica, la Bruja Naranja de nivel 10, sabía cómo relacionarse con las más destacadas autoridades. De hecho lo estaba haciendo tan cojonudamente que incluso Titina explotaba de orgullo y satisfación. Vamos, ¡que la sonrisa le destapaba hasta el último molar del maxilar superior!.
Visto lo cual, di por finiquitada la parte de la exculpación del albonguilla. Tocaba pasar página, ahora que todos los chupasangres de la sala se hallaban completamente entregados a mi, preparados para oír las sordideces que tenía que contarles acerca de su ex-Alcalde. Sin embargo... ¿Todos los chupasangres? Todos no. Estaba a un paso de comenzar con mi alegato justificador del asesinato, cuando súbitamente mi súper oído de ultratumba se centró en unas vocecillas que hablaban por lo bajini.
“Rea de muerte... bishbishbish... rea de muerte”.
Eran las estatuas de cera del tribunal, y decían “Rea de muerte”, ¡REA DE MUERTE!. Que es que yo no sé mucho de juicios, pero de la adoración que mi abuela sentía hacia la Pimpinela Escarlata (me refiero a ésta, no a ésta), una cosa me había quedado clara, Madame Guillotine no afeitaba precisamente a los reos de muerte.
¿Entonces?, aún siendo una no-muerta como la que más, ¡¿me iban a estacar?!, ¡¿me iban a quitar del medio?!, ¡¿aquellos 5 fósiles del inframundo habían decidido hacerme polvo?! Un vistazo apresurado hacia los butacones de terciopelo me confirmó que sí. Los jurados asentían discretamente como si hubiesen alcanzado un consenso general para darme matarile, mientras, yo ¡¡¡NO HABÍA EMPEZADO SIQUIERA CON LA TRISTE HISTORIA DE MI TRISTE VIDA!!!
Sin embargo no era el momento de perder los nervios. Debía mantener la calma (“1, 2, 3... 1, 2, 3”), respirar hondo (“inspira... nnnsssssss... expira... bufffffff”), ordenar mis pensamientos (“defensa propia, defensa propia”), parecer una bruja digna de la mismísima Morgana (“espalda erguida, mirada intensa... buf, buf, buf, 1,2,3”) y, sobre todo, contar de inmediato la batallita del Sir Thomas acosador. Porque la jurado3, que había comenzado a levantarse de su asiento, carraspeaba, aclarándose la voz, y no tenía pinta, ni mucho menos, de que estuviese calentando para Reina de la Noche.
-Sus Señorías, quisiera añadir... -me lancé en vista de que allí mandaban a una al otro barrio en menos que pía un pollo- quisiera añadir que... que... eeeeehhhhhh...
¿”Eeeeehhhh”?, queridísimos Siervos de la Noche, ¡”eeehhh”!. No os lo vais a creer, pero me había quedado en blanco. Por primera vez en mi vida+no_vida, me faltaban las palabras. Que ya sé que pasa hasta en las mejores familias y a la mentes más privilegias, pero a mi nunca me había ocurrido antes. Y es que también es mala suerte que justo cuando la vampiresa portavoz me miraba con mayor impaciencia, me sobreviniese un subidón de adrenalida que colapsase mis neuronas, secándome la masa gris hasta reducirla a piedra pómez. O lo que es lo mismo, en el peor de los momentos posibles, Jessica, la temible Bruja Naranja de nivel 10, se había auto-convertido en Jessica, la Miss Encefalograma Plano del año.
-Eeh... eeh... eeh...-para más inri había comenzado a hiperventilar- ... eeehhh... -y la sangre de dopaje no ayudaba en absoluto a mantener el control-... eeehhh... eeehhh... -y aquellas caras de murciélagos pasmados tampoco-... eeeeeehhhhhh...
Al fin, sin entender muy bien cómo, algunas de mis conexiones sinápticas se dignaron a funcionar y, tras un considerable esfuerzo, retomé el discurso inicial.
-Sir Thomas... Sir Thomas era mi amante.
Silencio. Indiferencia. Con todo lo que me había costado arrancar, no os voy a negar que esperaba un poco más de revuelo.
-Él abusaba de mi, ¡desde pequeña!.
Pues allí no se inmutaba ni un alma. ¿Es que no les funcionaba el corazón?
-¡DESDE PEQUEÑA! -insistí- Mucho, mucho, mucho. Abusaba mucho.
Que de haberlo sabido, continúo con mis gemidos de oveja que causaban más sensación.
-Y por eso planeé hacerme bruja... con el fin de vengarme y acabar con él.
Pues, hij@, ¡menuda decepción!. Para ser un notición súper truculento de su adorado ex-regidor, la chusma murcielaguil lo estaba llevando relativamente bien. Cualquiera creería que no me tomaban en serio y simplemente estaban esperando a que cerrase la boca para clavarme la estaca y poder irse a celebrar la Noche de Reyes con total tranquilidad.
La súbita sospecha de que ahí había dado en el clavo y también el hecho de que el alguacil enano ya se hubiese apoderado de la estaca, volvieron espolear mi maltrecho sistema nervioso.
Por fortuna esta vez, el histerismo no me hacía repetir “eh, eh, eh” como una mema descerebrada. Por fortuna esta vez, aún tenía la posibilidad de decir un par de frases efectistas que enterneciesen los corazoncitos más rancios. Un par frases de ésas que siempre ablandan a un jurado.
-... Y ésta es la razón por la que me cargué a Sir Thomas. Para ajustar cuentas y también para poder ayudar a los niñitos que pasan hambre en África... yyyyyy... ¡La paz en el mundo!
De esta manera tan sensata, silenciosa y, admitámoslo, sumisa, llegamos, la Alcaldesa y Mariposita, y “Sir Thomas” y yo, a lo alto de la escalera que descendía hasta la pista del WoW, donde el espectáculo no era nada halagüeño.
Bajo nuestros pies, veinte o treinta pares de colmillos del tipo “vulgaris” se apostaban tras 5 individuos que sentados en sus respectivos 5 butacones de terciopelo granate (¡hay que ver que horteras son estos murciélagos de la clase alta!), miraban sin pestañear hacia un pequeño escenario.
Por su indiferencia hacia nosotras (el populacho nos había clavado la vista en cuanto aparecimos) y por la ausencia de expresión en sus rostros, deduje que aquellas momias eran los miembros del tribunal que iba a decidir mi suerte. El grupo estaba formado por 4 hombres y 1 mujer, lo que me confería cierta ventaja dado mi innegable atractivo sexual, sin embargo el resto de la situación no era para echar cohetes. Frente ellos, la tarima a la que no quitaban ojo recordaba, aun estando cubierta por una enorme alfombra persa, a un patíbulo común. Apostados ante la puerta de salida, dos vampiros ratio tamaño-gorila/cerebro-mosquito me vigilaban en la distancia dispuestos a, si fuese necesario, sacrificar sus no-vidas durante mi hipotética detección. Y, para rematar con las posibilidades de salir de allí de una sola pieza, en un extremo de la sala, dentro de una vitrina, había sido depositado un palitroque de madera, que a pesar de lo puntiagudo, no era un mondadientes ni mucho menos.
Con todo esto presente, Siervos de la Noche, entenderéis que al notar en mi mano el suave tirón con el que la rubiteñida me indicaba que comenzase a bajar por la escalera, mi primera reacción fuese, a pesar de todas las amenazas recibidas, echar a correr en dirección contraria. Por desgracia, todas esas pamplinas de la súper-bruja-vampiresa venían a ser una patraña y mi coco lo sabía de primera mano. Así que consciente de que la probabilidad de ganarme al Consejo con mi arrolladora personalidad era infinitamente mayor que la de ganar una carrera de 10m contra la Alcaldesa, comencé, resignada, mi descenso al matadero.
-Se abre el juicio por el asesinato de Sir Thomas Thornton, Alcalde de esta Excelentísima Ciudad.
El enano que controlaba la entrada la última vez que había visitado la discoteca, inauguró la vista, ejerciendo de alguacil en esta ocasión.
-Por favor, que la acusada suba al estrado.
Yo, a esas alturas, no sabía lo que era un “estrado”, si se diferenciaba de un “establo”, o si me había quedado en “estado”. Tener a aquellos 5 mamotretos inexpresivos mirando para mi como si hubiese matado a alguien, me había dejado la mente en blanco, igualito que en mi último examen de geografía, con la diferencia de que ahora sí conocía la capital de Costa de Marfil... Bueno, en realidad, no. No la conocía, pero eso tampoco era lo que interesaba por allí.
El caso es que no me encontraba en plenas posesiones de mis facultades y la desagradable transfusión de hacía un rato tampoco ayudaba a ello. En mi interior, notaba que la sangre hiperoxigenada comenzaba a hacer mella como si a un niño hiperactivo le inyectas gominolas en vena. La sesera me bullía a punto de explotar y mis pensamientos saltaban de uno a otro, inconexos, antes de regresar invariablemente a la idea del interrogatorio. Porque ya casi ni contaba con convencer a aquellos cara-palo de que me concediesen la libertad, pero por lo menos, ¡no cagarla como una Miss en la ronda de preguntas!
Ligeramente insegura, subí con lentitud al tablado que habían montado en mi honor. Un vez en el centro, el primer jurado se inclinó de manera imperceptible hacia adelante y me preguntó:
-¿Podría decirnos cuál es su nombre?
-Eeeeeeeeeerrrrggg...
Sí, sí, sí. Lo sé, lo sé. No era, que digamos, una cuestión difícil. Se veía a la legua que se trataba de una pregunta para entrar en calor e iniciar el interrogatorio, sin embargo a mi me pillaba desprevenida. Y es que ¿cómo iba a responder un simple “Jessica, para servirle a usted”, cuando mi albondiguilla se había presentado como “Johndalf. Hechicero Blanco de nivel 7 ”?.
-Eeeeeeeeeeerrrrrrrggg...
Tenía que contestar algo sumamente rimbombante, algo que condensase en unas breves palabras lo mega-poderosa que era ¡Y! sin copiar al MacGyver, porque una es bastante más original que eso.
-Su nombre, por favor -el jurado1 empezaba a impacientarse- ¡Su nombre!.
-Jessica... laaa... bruja... -ahora tocaba aderezar aquello- Jessica, la bruja... ehhh...
“Blanca, no, porque eso ya es Jonhdalf. Negra, podría ofender a la comunidad afroamericana. Amarilla, a los chinos y asiáticos en general...”.
-Jessica, la brujaaa...
“Roja demasiado revolucionaria entre tanto aristócrata y burgués acomodado. Azul y rosa son colores para un hada, no para una conocedora de las artes oscuras...”.
-Jessica, la bruja...
-La bruja, ¿qué? -me interrumpió el cabreo del jurado1- ¿tartamuda?.
-Jessica, la Bruja, ¡naranja! -respondí estresada con la presión- Aunque mi poder es de 10 -añadí al ver que Titina se llevaba la mano a la frente con desesperación- ¡Tres niveles por encima que el de mi amigo, Jonhdalf!
Un profundo silencio se apoderó de la sala y, tras un breve repaso visual a la audiencia, pude comprobar que todos se habían quedado ojipláticos pérdidos. Por lo visto, descartar el resto de los colores que se ofrecían amablemente en mi cabeza había resultado un completo acierto. Jessica, la Bruja Naranja de nivel 10, los había dejado patidifusos de terror.
-Muy bien. Jessica, Bruja Naranja de nivel 10 -prosiguió el jurado2, que era un vejete tan ruinoso que de no saber con certeza que era un no-muerto, lo hubiese dado por muerto y con varios días de descomposición- Ya has oído que se te acusa del asesinato del Alcalde de la ciudad. ¿Cómo te declaras?
Pues a priori pensaba declararme culpable y utilizar mi sex-appeal para tratar de rebajar la condena. Sin embargo viendo que ni siquiera ese carcamal (que debía de llevar sin catar hembra desde mucho antes de haberse convertido) me miraba con la misma frialdad con la que miraría a una vaca, empezaba a dudar de que mi cautivador físico fuese de alguna utilidad en esta situación. En cuyo caso, ¿asumir la autoría de la muerte de Sir Thomas era la mejor opción?.
-Eeeeeeeehhhhhh...
Una mirada inyectada en furia de Titina me dio la respuesta.
-Culpable. Soy culpable.
Pues por el momento no tenía otra pretensión que mantenerme no-viva el máximo tiempo posible. Luego estaba lo de salvar al albondiguilla (idea que cada vez me parecía más estúpida y sacrificada) y, ya de paso, si no era mucho pedir, conocer a algún vampiro que además de majo, estuviese cachondo. ¡Porque de chupasangres feos y/o asesinos, tenía la agenda llena!
-Haz el favor de sacudirte todo eso, querida -me ordenó Brigitte, entre “cuchi-cuchis” y “purruspuspus”dedicados a su chihuahua- Como te expliqué hace un instante, al Consejo no le importa si te empolvas la cara con Sir Thomas o con el Loose Powder de MaxFactor. Sin embargo, se ha generado una expectación tan grande con tu captura, -me pregunto gracias a quién- que nos hemos visto obligados a celebrar el juicio a puertas abiertas. Como comprenderás,... -añadió mientras cubría de besos la cabeza de bombilla de Mariposita-... ante el populacho vampírico no te puedes presentar de esa guisa, porque verían las cenizas, detectarían el olor, comenzarían a sospechar y al final, terminarían pensando que estos jarrones no son más que una colección de ceniceros de lujo.
Y desgraciadamente para ellos sería la verdad, pero a mi aquello, en realidad, me la traía floja. Una idea del tipo paranoide-”conspiranoico” acababa de cruzar mi mente y no era capaz de quitármela de cabeza: TITINA ME QUERÍA MATAR.
Sí, sí, sí, Siervos de la Noche, así como os lo cuento. Tal vez era mi sexto sentido murcielaguil en plan alarma intermitente o que la sangre para dopaje me tenía más acelerada que si hubiese caído dentro de una marmita de café “express”, pero lo cierto es que allí algo me olía mal y no era mi cuerpo en descomposición. Llamadme desconfiada, decid que la justicia es ciega, que entre vampiros se respeta un estricto código de honor, sin embargo se me había metido entre ceja y ceja que aquel juicio no iba a ser más que una paripé para que la rubiteñida hiciese méritos cargándose a la cretina de la Jessi y mi cerebro daba vueltas en torno a esa idea igual que un chucho ante el sitio ideal para una cagada perfecta.
-Así, así...
Cuando por fin volví a la Tierra, Brigitte había entrado en fase abuela-arregla-todo-con-saliva y estaba entregada a limpiarme la cara usando un pañuelo mojado en sus babas vampíricas.
- Así estás mucho mejor.
Buenooo... Sinceramente lo dudaba, pero el aspecto no era mi máxima preocupación en aquel instante. Vale que el plan magistral, al presentarme en el WoW, incluía una confesión pública del asesinato del Alcalde, pero además de admitir toda esa historia de la mega-bruja-chupasangres, yo contaba con tener un par de minutos para pedir clemencia. O lo que venía siendo básicamente: soltar la lagrimita, esbozar en cuatro pinceladas mi dura infancia y reconocer entre sollozos avergonzados que Sir Thomas había abusado de mí repetidamente y en más de una posición indecente (¡quién lo hubiera pillado!). Sin embargo, ahora que analizaba con más detalle el careto luminoso de Titina, empezaba a intuir que en cuanto soltase el “yo maté al Alcalde”, aquellos chupasangres iban a saltar sobre mi, sin darme tiempo a decir esta boca es mía.
-Entonces... durante el juicio ése, ¿se me va a permitir explicarme?.
-Por su puesto, querida, por su puesto -contestó la rubiteñida maquinalmente mientras me fumigaba a base de CKOneSchock (la Chanel nº5 ya no era lo bastante juvenil para ella)- ¿Cómo pretendes si no que se enteren de que tú eres la homicida?.
-Pero además de eso,... -insistí-... ¿tendré un momento para contar los motivos que me llevaron a cometer tan terrible asesinato?
La nueva regidora se detuvo unos segundos escrutándome con la mirada en busca de algún indicio que le descubriese lo que que estaba pasando por mi mente. La conclusión a la que debió de llegar le cambió repentinamente la expresión y una urgencia inusitada sustituyó a su habitual laxitud de chupasangres pija.
-Por supuesto, querida, por supuesto -repitió empujándome hacia la puerta del despacho- Tendrás 20 minutos para contarnos lo que quieras.
¿20 minutos? A mi cuerpo aquella respuesta le sonó a “calla-niña-y-tira-pa’lante”, así que inconscientemente comenzó a negarse a dar un paso adelante.
-Porque voy a tener un juicio -añadí- Voy a tener un juicio... justo. ¿Verdad?.
-Sí, sí, sí... Claro que sí -sin embargo en los ojos Brigitte sólo veía su apremio por llevarme ante el Consejo- ¡Anda!, que si no te apuras se van a ir todos y no podrás salvar a tu amigo.
El dulce recuerdo de mi albondiguilla y su gran destreza a la hora de besar me hizo bajar la guardia brevemente permitiéndole a la regidora arrastrarme hasta el pasillo a tal velocidad que “Sir Thomas” estuvo a punto de caerme de los brazos un par de veces.
-Porque soy una vampiresa -reinicié mi asedio mientras la Alcaldesa me llevaba en volandas por el pasillo- Soy una vampiresa y...
-¡Mantén el jarrón derecho! ¡POR FAVOR! -bramó ella ignorándome con descaro.
-Ervigio me dijo que para condenar a muerte-muerte a un vampiro era necesario un proceso judicial.
-Sí, sí... Es necesario un proceso judicial... Pero date prisa.
-Yo quiero un proceso judicial. ¡YO QUIERO MI PROCESO JUDICIAL!.
Los taconcitos de Brigitte sonaban ahora a un velocidad frenética, arrastrando en su tintineo a la tapa del jarrón que bailoteaba en lo alto y a mis Converse rojos que chirriaban contra el parqué tratando de avanzar en la dirección contraria.
-¡EXIJO UN PROCESO JUDICIAL LIMPIO!. ¡EXIJO QUE MI PROCESO JUDICIAL SEA LIMPIO!
-¡Calla! -siseó la traidora- Te están escuchando los no-muertos de toda la ciudad.
-¡PUES QUE ME ESCUCHEN! ¡QUE ME ESCUCHEN HASTA LOS CHUPASANGRES DEL POLO!. ¡¡¡ESTE PROCESO JUDICIAL ESTÁ AMAÑADO!!!, ¡¡¡ESTE PROCESO JUDICIAL APESTA!!!
La rubiteñida se detuvo con cara de pocos amigos y, sin soltar sus huesudos dedos de mi antebrazo, acercó su nariz a la mía para espetarme en un hilo de aliento frío:
-Si cumples la parte del trato que te corresponde, tendrás tu juicio, pero si sigues gritando como una loca, te aseguro que no llegarás con vida ante el Consejo.
Y como podréis suponer, intuitivos Siervos de la Noche, cerré el pico. Porque una es una chica muy cabal y cuando le dan buenas razones para no despegar el hocico, desde luego, no hay más que hablar.
Un vacío tenso se extendió entre las dos, mientras, en silencio, ella me taladraba con la mirada y yo vigilaba el cambio de color en sus nudillos apretados.
Sin embargo, para mi alivio, la nueva regidora hizo una demostración de un sorprendente autocontrol, y como si el hongo de una bomba H se hubiese sumido en si mismo, la ira desapareció de sus ojos dando paso a una relajada expresión de desprecio.
-¡Oh, darling!, no es el momento ni el lugar para discutir acerca de la belleza de mis pechos, ni de entrar en comparaciones con tus almendritas garrapiñadas -¿se refería acaso a mis turgentes mamas?- Tenemos mucho que hacer y el Consejo espera.
Dándome la espalda con indiferencia, tal que acabase de espantar a un mosquito molesto, se dirigió hacia a un armario cuya regia presencia resaltaba entre tanta antigualla de madera. Hecha de caoba, al igual que el resto del mobiliario, gigante, hasta el techo, y, por la consistencia de sus formas, irradiaba la dignidad de esas cosas a las que el tiempo, como al buen vino, no hace más que distinguirlas entre la mediocridad.
Estaba dividido en dos cuerpos. El inferior era el más ancho y de un metro de alto, con una puertas donde se había labrado exquisitamente cuatro hojas de roble en el interior de un rombo y varios cuadrados concéntricos a distinto nivel de relieve. El cuerpo superior, muchísimo más trabajado, tenía en sus esquinas, un par de columnas flanqueando las dos puertas. En éstas, al contrario que en las inferiores, se habían tallado dos escenas de caza con arco que, enmarcadas por sendas molduras, simulaban ser, cada una de ellas, un cuadro de madera.
-Todas las partes implicadas en el juicio deben estar presentes -me anunció Titina, mientras abría el armario con la llave que había estado buscando en el escritorio- Ya supondrás lo que eso significa.
Pues ni lo suponía, ni ella me estaba dando, lo que se dice, muchas pistas para que lo adivinase. Dentro de aquel mueble centenario (y digo centenario, porque, así, a simple vista, no parecía que fuese del Ikea), estaba dispuesta una moderada colección de jarrones chinos de distintos tamaños y motivos. Delante de cada uno de ellos brillaban pequeñas placas doradas, como las que anuncian nombre y puesto sobre las mesas de los despachos.
-¡Sujeta esto! -me ordenó pasándome una vasija de dragones azules sobre fondo blanco- Ahora que estamos todos, ya podemos bajar.
En ese momento mi súper vista de súper vampiresa súper dopada atinó a descifrar las primeras palabras de la plaquita que había quedado solitaria en el estante:
Excelentísimo Alcalde Sir Thomas Thornton ... |
Debajo, antes de que la rubiteñida cerrase las puertas, adiviné unas fechas que seguramente se correspondían con el nacimiento, conversión y muerte del susodicho.
-¿Es, es, es...?
-¿Sir Thomas? -me atajó la voz de pito de la Alcaldesa- Ja, ja, ja.
Yo de mayor quiero reír con la misma elegancia desganada.
-¡Ni remotamente, querida!. ¿Acaso parezco de esa clase de vampiresas que van por los montes recogiendo cenizas ajenas?. Ja, ja, ja.
De veras que de mayor quiero tener una carcajada tan glamourosa.
-Encanto, ahí dentro es más probable que te encuentras con una colilla que con un pelo del malogrado Sir Thomas.
-¿Entonces...?
-Entonces, ¡nada!. Es una tradición milenaria guardar y venerar las reliquias de los vampiros distinguidos de la ciudad, regidores incluidos. Así que para evitar suspicacias y allanar mi camino hacía el poder, les traje un regalito a los del Consejo. Al fin y al cabo -añadió encogiéndose de hombros- a ellos les trae sin cuidado si el jarrón está vacío o lleno de boñigas de cerdo. Lo importante es fomentar su adoración para mantener bajo control a la masa de murciélagos comunes. De hecho -apostilló señalando hacia el armario- la mitad de estos jarrones apestan a tabaco y un par de ellos, incluso a marihuana.
Vaya, vaya, vaya. O sea, que la cúpula de poder vampírica también ejercía control de masas al uso y, lo que resultaba todavía más interesante, durante mi juicio, iba a ser demandada por el montón de basura que vivía dentro de aquel horrible cachivache chino. ¡Eso tenía que verlo!.
Con mucha discreción, aprovechando que la Alcaldesa se acababa de zambullir incomprensiblemente bajo el escritorio, destapé la vasija para echarle un vistazo a su contenido. A simple vista os diré que aquello lucía, más o menos, de la misma textura y tonalidad que una montaña de cenizas cualquiera. Los restos tanto podía pertenecer al difunto regidor como al carbón consumido de una churrascada. No descartaría, incluso, que estuviesen emparentados con el polvo que aparece por generación espontánea bajo mi cama.
Sin embargo, Titina había mencionado que aquel armatoste atufaba a tabaco más que si viniese del Rock in Rio, así que, como soy novata y el olfato aún no lo tengo tan desarrollado, decidí seguir la técnica de los grandes sumillers. Cerré los ojos, pegué la napia al borde del frasco y lo meneé hasta que la polvareda me atoró las fosas nasales.
-Cof, cof...
Ya podía quedarme tranquila, estaba confirmado: buqué con matices de tabaco.
-...cof, cof, cof...
Y los vampiros no necesitan respirar, también confirmado.
-...cof, cof, cof, argf, argf...
Una pena que mi organismo todavía no lo tuviese claro.
-...argf, argf, cof, cof...
Porque la ceniza pegada a la pituitaria me estaba matando (metafóricamente).
-... aahh... aahh...
Y me estaban entrando unas ganas locas de...
-... aaAHh... aaAHh... ¡¡¡ATCHUAAAAAAAAAA!!!
Un estornudo monumental, gigantesco, colosal propulsó las micropartículas adheridas sobre mis conductos respiratorios directamente desde la nariz al interior del pote y, de ahí, de regreso a la cara, dejando mi cabeza completamente bañada en cenizas y un par de colillas al descubierto entre lo que aún quedaba dentro del jarrón.
-¡Oh, my God! -exclamó la rubiteñida que finalmente había emergido de las profundidades de su escritorio con Mariposita en brazos- ¿Qué es lo que pretendes?.
-Por supuesto -contesté con rotundidad intuyendo que me creía incapaz- Todo, todo, todo hasta el final. ¡Ahora me encuentro muchííííÍÍÍÍÍííííísimo mejor! -añadí dando saltitos para que viese que estaba más activa que un oso polar de “Lost”- ¡Hop, hop, hop!... Me siento genial, estupendamente. ¡Lista para el maratón de Nueva York!.
Titina enarcó una ceja mostrando su incredulidad y, después de examinarme de arriba a abajo con desprecio, pasó apresuradamente junto a mi en dirección a su escritorio.
-Vaya, darling, pues tampoco se te nota mucho. Tienes un aspecto deplorable -y lo dijo, así sin la más mínima delicadeza, como si ella fuese hecha un pincel- Algo has mejorado, no te lo voy a negar -prosiguió mientras rebuscaba en un cajón de su mesa de caoba- Al menos ya no estás plagada de llagas y pústulas purulentas.
“Que ¡¿QUÉ?!” -mi cerebro no daba crédito- “Primerita noticia que tengo de que se me haya agravado el acné”.
- Y la mayoría de las calvas de la cabeza se te han regenerado.
“No jodas que también se me ha caído el pelo” -pensé mientras mis ojos verificaban con disimulo si el emo-flequillo seguía en su sitio.
- Certainly, tienes suerte de haber llegado de una sola pieza.
“Hombre, si te refieres al viaje en furgoneta, te lo puedo explicar”.
- En tu estado de transformación y sin haber probado una gota de sangre, otros ya hubiesen perdido los dedos.
Acojonada, me miré a las manos mientras agitaba desde el pulgar hasta el meñique para comprobar su consistencia. Y admito que pasé de tocarme la cabeza, porque no quería descubrir zonas en las que todavía estuviese pelada como una cerilla.
¿De veras la falta de alimento me había mermado tanto el físico?, ¿de veras me había presentado ante el portero con esa facha? y lo que era peor, ¿estaba Titina echando mano de otra transfusión para que yo me la bebiese y quedase definitivamente niquelada?. Porque ¡no!, eso sí que no. La que suscribe había cubierto el cupo de hemoglobina para ese día y no tenía la intención de tragar ni una gotita más. Así me tuviese que presentar ante todo el Consejo con la gracia en los andares de un “Walking Dead”.
-Estuve a punto de darte tres bolsas y está visto que las necesitas. -la Alcadesa semejaba inclinarse por la opción del litro extra- Sin embargo como la transfusión era de “doping blood”, me pareció excesivo. You know, las sangre hiperoxigenada acelera la recuperación, pero resulta extramadamente difícil de controlar incluso para algunos veteranos. Por eso vi inadecuado tentar a la suerte con una vampiresa novata como tú. Te necesito centrada para engañar al Consejo... Aunque quizás todavía estés a tiempo de tomar un poquito más...
Sobra deciros, fieles Siervos de la Noche, que esta mujer no me conocía en absoluto. De hecho, Brigitte podía estar segura de que no se había topado, ni llegaría a toparse en toda su eternidad, con un individuo más centrado que yo, aunque me hubiese metido entre pecho y espalda 10 litros de sangre para dopaje. Sin embargo, y a pesar de que no soy una persona a la que le guste mentir (sólo en contadas ocasiones: estando en peligro de muerte o cuando unas oportunas lagrimillas me libran de un castigo), esta vez estaba dispuesta a fingir que tenía tendencia a perder el Norte. Lo que fuese, con tal de escaquearme de una segunda bolsa de “apetitosos” eritrocitos de deportista.
Entonces, puse aire distraído de loca de remate y musité por lo bajini:
-Preciosos, preciosos...
Titina, que seguía revolviendo entre los cajones de su escritorio, levantó la vista para averiguar cuál de los múltiples objetos heredados de Sir Thomas había despertado mi admiración. No porque ella los considerase mínimamente In-o-sea, sino porque su Ilustrísima siempre tenía un momento si de recibir jabón se trataba.
-... preciosos, sí,sí,... preciosos...
-¿De veras? -preguntó al tiempo que localizaba una llave diminuta entre un montón de papeles- No puedo creer que te gusten estas antiguallas, darling.
-Pues sí, tal vez estén algo viejos y descuidados, pero tienes unos pechos preciosos -más lunático que aquello no se me había ocurrido nada- ¡Pre-cio-sos!. Preciosos y libres. Muy a su aire, ¿sabes?, Ahí abajo, uno mirando hacia Córdoba y el otro hacia Guadalajara.
Un silencio incómodo se apoderó del habitáculo.
- Los elefantes rosas del techo también están bien... -tanteé una rectificación.
El que a la Alcaldesa se le estuviese quedando cara de Señorita de Avignon (la de la fea, para más detalles), me había hecho considerar que, quizás, acaso, improbablemente, de forma muy remota, existía la posibilidad de haberme excedido con mi desafortunado comentario... El de las tetas, claro, porque, entre tanto mueble desaborido, tener elefantes rosas en el techo, hasta le daban un toque “cool” a la oficina.
Sin embargo, Siervos de la Noche, reconozco que, en el momento en que lo había soltado, me había visto cegada por un extraño sentimiento revanchista. Mi prioridad ya no era tanto zafarme de una nueva inyección de hematíes como resarcirme de las apreciaciones poco constructivas vertidas sobre mi persona. Porque esto de ser un chupasangres, es como estar en Gran Hermano (exceptuando lo del “edredoning”, que todavía no he catado varón): “los sentimientos se magnifican”.
De ahí que, con mi ira del tamaño del trasero de Serena Williams, el fiasco general del look vampiresa-novata alcanzando dimensiones de depresión y la incertidumbre respecto a mi no-vida tras el juicio, mi único pensamiento fuese: “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.
Y lo que se dice cagarla, la había cagado bien cagada, porque si antes no tenía muy claro lo que me deparaba el futuro, la nueva mirada cabreada de Brigitte despejaba todas las dudas. De no condenarme a muerte el Consejo esa misma noche, la Alcadesa en persona me quitaría la vida con sus propias uñas de ser necesario.
¡Oh, sí, sí! Mmmmmmm... Aquel pimpollo sí que tenía que estar bueno. Delicioso como un pastelito, exquisito como un bollo relleno. ¡Que sí, que sí! Que ya me parecía estar saboreando la mermelada del interior escurriéndose suavemente entre mis labios. Tibia (lejos de la sangre de esquimal que me había zapateado la Alcaldesa). Color fresón de Palos, dulcemente ácido. Un apetitoso postre de confitería.
Mmmmmmmmm... Mmmmmmmmm...
¡PERO NO! No podía hacerlo. Tenía que resistirme a la atracción que su cálida piel ejercía sobre mi, ¡había que evitar a toda costa cargarse a un humano!. Bueno, había que evitar cargarse a aquel humano. Con las lagartas roba-novios tal vez hiciese la vista gorda (aún tenía que decidirlo), pero el pazguato de la puerta no formaba parte de mi lista de agravios personales: jamás se había restregado con el Charly en una furgoneta, nunca había bailado ombligo con ombligo con mi novio y desde luego, no me había convertido en vampiresa sin permitirme siquiera un rasurado rápido. Así que, como hasta ahora se estaba portando bien, tenía que alejar de mi mente nutrirme de aquella tentación vestida de fiesta.
Porque ésa era otra. Su traje me ponía y no era capaz de quitármelo de la cabeza. Por mucho que le quedase grande, por mucho que siempre hubiese gritado a los cuatro vientos, que a mi los tíos, mejor cuanto más emos (que no homos, que también hay que “frungir”), desde aquí lo admito públicamente: me ponen los trajes. ¡Que sí!, anonadados Siervos de la Noche, ME PONEN LOS TÍOS DE ETIQUETA.
Y me sería muy fácil achacarle ésta inclinación, tan alejada de mi adorado pelo-pincho-lamido, a la lectura y relectura intensiva del clásico: “Mr. Darcy, Vampiro” (mucho más interesante que “Orgullo y Prejuicio y zombis”, ¡dónde va a parar!). Sin embargo no me esconderé tras una excusa tan burda. A vosotros os debo sinceridad:
Soy una CURSI, una ÑOÑA de cuidado. Soy más REPIPÍ que la fiesta de 15 de Barbie Malibú.
He intentado corregirme desde que ingresé en las tristes filas de la EMOtividad, pero me encantan los vaporosos vestiditos de época ¡BLANCOS! y un fulano con chaqué y camisa de cuello alto atado por un pañuelo me alegra la mañana (más que) (tanto como) casi tanto como un cruasán a la plancha.
Es cierto. No lo puedo remediar. Me pierden los estirados caballeros británicos que andan como si tuviesen un palo metido en el culo y se hubiesen tragado una percha, todo al mismo tiempo y sin protestar. Vamos, que para mi, si el Edward torturado del s.XXI está bueno (Volvo incluido), un Edward torturado del s.XIX, está infinitamente mejor. ¡Y eso sólo con cambiar la “I” de sitio!.
Así que, llamadme “Deshonra de los Siervos de la Noche”, si queréis, pero lo cierto es que la copia barata de Mr. Rochester que estaba apostada en la entrada me atraía en más de un sentido. A pesar de lo enamoradísima que estoy de mi McGyver, a pesar de lanzarme a la boca del lobo por él, mis nuevos instintos vampíricos y otros más humanos y hormonales me sugerían que mordisquearle el cuello al portero no era tan mala idea. En absoluto. Para nada.
“A fin de cuentas, tampoco es que esté saliendo con el albondiguilla... al menos técnicamente.", reflexionaba yo, "En ningún momento me lo ha pedido formalmente, más bien, le han bastado unos cuantos besuqueos ejecutados con destreza para imaginárselo él solito. Además la última bronca que me echó por teléfono podría considerarse una razón suficiente para tomarnos un tiempo. Eso sin tener en cuenta que, en breve, me piraré de la ciudad y no es sano guardarle la ausencia al Jonhy para toda la eternidad. Porque una puede estar muy enamorada, pero ¡no está MUERTA!... bueno, ¡no está muerta DEL TODO!... Aunque de torcerse las cosas ante el Consejo, quizás acabe como una aceituna en un montadito, sólo que ensartada con un palillo gigante.”
Y ya estaba a un paso de decidir que me merecía un homenaje chiquitín, como última voluntad previa al juicio en el que se me podía declarar rea de muerte, cuando recordé que, bueno, no estaba bien chuparle la sangre a un chico, por mucho que me resultase tan apetecible como una hermosota berlinesa (y que quede claro que me refiero al pastelillo, no a la Merkel en bañador, que ella no es de Berlín, sino de Hamburgo).
Total que, con mis bajas pasiones dominadas de momento y sin saber cuanto tiempo pasaría antes de volver a desear hincarle el diente a un atractivo caballero victoriano (o a algo que se le pareciese), me apresuré a desgarrar el cierre de seguridad de una de las bolsitas y me mandé un pelotazo de sangre al más puro estilo del oeste. O sea, de golpe y sin respirar, que tampoco es que lo necesitase.
-...grrrrRRRRRREEEEEEEEEeee -un eructo involuntario coronó la hazaña.
¿Qué decir de aquel momento? Pues que Clint se hubiese sentido orgulloso de mi... o quizás le hubiese dado un poco de asquito (que sería lo más problable). Pero el caso es que era necesario tragarse los dos litros para salvar a mi albondiguilla (¡valiente y altruista que es una!) y, al menos, el primero ya estaba en el estómago.
Cierto, Siervos de la Noche, que exceptuando las mencionadas muestras de agradecimiento de mis tripas, tampoco es que notase yo ninguna mejoría visible o algún otro tipo de efecto que me incentivase a seguir con la segunda bolsa (ni a volver a alimentarme en toda mi no-vida). Por eso mismo y porque en ese preciso momento comenzaba a girar la manilla de la puerta del despacho, guardé el resto de la sangre dentro de mi cazadora cerrada y me dispuse a parecer la vampiresa más sana y vital que hubiese visto la Alcaldesa en su larga existencia.
-¿Has acabado? -preguntó ella mirándome a la cara con aire escrutador- ¿Todo?

La mirada que me echó Titina delataba un temor creciente a que su plan terminase en un completo fracaso. Al fin, después de unos segundos de meditación, recuperó la compostura y tomó la palabra de nuevo.
-Muy bien, voy a aceptar tu propuesta. Convocaré a los miembros del consejo a un “meeting” de urgencia a fin de que tú misma les relates cómo utilizaste las artes oscuras para confundirnos a todos y lograr obtener la sangre de Sir Thomas. Sangre con la que finalmente te convertirías en una bruja inmortal y “very dangerous”. En cuanto a mi... -añadió poniéndose en pie mientras, con la mirada en el techo, esbozaba su gran mentira-... yo siempre sospeché la jugada, pero no quise decir nada hasta poder presentar pruebas concluyentes de mi teoría. Porque proceder de cualquier otro modo hubiese resultado poco profesional para una Alcaldesa. En cuanto a tu captura... -continuó elucubrando, esta vez, con sus ojos fijos en mi-... podríamos decir que, después mantenerte bajo una estricta vigilancia, al fin, te di caza en campo abierto gracias a mi astucia y a que la fuerza de mi vetusta sangre vampírica es superior a la del finado Sir Thomas.
¡Menuda basura de teoría!, ¡tenía menos consistencia que las cuentas del gobierno griego!. Pero mi misión era librar al Jonhy de toda culpa, así que si la chupasangres estaba tan satisfecha con aquella invención, como parecía por su autocomplaciente careto, no había de ser yo quien sembrase las dudas que la hiciesen rechazar el nuevo pacto.
-Aunqueeeee... -masculló después de un breve silencio-... Esto resulta poco convincente...
¡Pues claro que resultaba poco convincente!. Ésa era justamente la impresión que me daba a mi. Una captura a lo “aquí te pillo, aquí te mato” quedaba demasiado cutre para una hechicera super poderosísima como yo. De hecho, si me hubiese pedido mi opinión al respecto, le habría aconsejado currar un poco más la historia del arresto.
-... es que, honey, con esas pintas, nadie se va a creer lo de tus artes oscuras. ¡Por no mencionar que se supone que has bebido del difunto regidor!. Vamos, darling, que es más creíble que seas la momia de Walt Disney, diez días fuera del congelador, después de un paseo por el desierto de Gobi, a que hayas visto en tu vida una varita mágica.
¿Qué responder a estos insultos gratuitos?, ¿cómo actuar ante tamaño ultraje? Porque vale que yo no estaba en uno de mis mejores momentos, pero Titina tampoco es que luciese un aspecto envidiable, precisamente. Iba embutida en un escueto vestidito blanco destinado a chicas 20 años más jóvenes (¡eso contando sólo con su edad aparente!), tan ceñido que a la fuerza había tenido que usar vaselina para enfundarse en él y tan corto que mi abuela lo habría confundido con una camiseta interior. Además no llevaba sostén y, a pesar de lo que puedan imaginar los Siervos de la Noche más optimistas, eso de transformarse en chupasangres no logra revertir los efectos de la gravedad, mucho menos si has pasado los 40 y las ubres ya te llegan al ombligo cuando se produce la conversión. Total, que si tuviese que elegir entre parecerme a Walt Disney “descriogenizado” o a la Alcaldesa dándose ínfulas de Britney Spears revenida, me hubiese quedado con el primero, a pesar de lo poco favorecedor que es el bigote.
-Será mejor que te tomes algo -añadió mientras se acercaba al mueble-bar situado a sus espaldas- Al menos disimularás el decaimiento.
Y a punto estuve de responder que mis tetas estaban la mar de bien colocadas, pero si de caimientos había que hablar, ella era la primera que debía verse el ombligo y los dos penzoncillos que lo flanqueaban.
Sin embargo, un par de bolsas de sangre lanzadas sobre mi regazo me distrajeron del chorreo que estaba a punto de soltarle acerca de las maduritas con espíritu de colegialas y desapego al sujetador.
-¿Esto es...? -fue lo único que pude responder cuando aparté de mi mente el terrible agravio perpetrado contra mi aspecto y me centré en lo que me estaba sugiriendo la Alcaldesa.
-Eso es sangre destinada a transfusiones -respondió a mi pregunta no formulada- Resulta evidente que todavía no te has alimentado y mis súbditos pueden ser algo panolis, pero no tan mentally retarded. Recuerda que necesitamos que parezcas una super bruja-vampiresa, no un cadáver cualquiera -y, dirigiéndose a la puerta del despacho, agregó- Ahora voy a emplazar al Consejo a una reunión de emergencia. Mientras, tú debes beberte esas dos bolsas antes de que regrese a buscarte. No tardaré mucho.
Un suave clic del pestillo me anunció que me había quedado a solas con dos problemas recién sacados del frigorífico. Y es que, equivocadísimos Siervos de la Noche, seguramente os habréis imaginado que me abalancé sobre las bolsas dominada por las ansias de regar el gaznate con el que era mi nuevo sustento. Pero nada más lejos de la realidad.
A pesar de que se supone que todo vampiro que se precie se pirra por un chute hemoglobínico y que a duras penas logra dominar sus instintos cuando tiene a mano un buen tiro de sangre, no puedo decir que a mi me resultase especialmente atrayente la perspectiva de ventilarme aquellas dos bolsitas a palo seco. Así, sin ganchitos, ni na’.
Porque yo soy una chica de principios firmes, sólidos e inamovibles. Entiéndase, de comer: cacahuetes salados, pizza, donuts y otros derivados del colesterol. Para las 5 raciones de vegetales, la lechuga de la hamburguesa, y en un exceso de vida sana, le añado cebolla ¡y listo!. Vamos, que antes que adivinar qué me estoy comiendo en un plato de autor firmado por Ferran Adriá, siempre he preferido un saludable McMenú de Ronald McDonald. ¡Será que una es de pueblo, oiga!, ¡o que aún no tengo un paladar tan selecto como el de mis nuevos convecinos!, pero yo, sangre, así, a pelo, NO SEÑOR, ¡ESO SÍ QUE NO!.
¡Vamos, hombre! Que ya que me había dejado caer directamente en manos de Titina, ¡que no había sudado ni una gota para apresarme!, lo mínimo hubiese sido traerme un poco de ketchup como acompañamiento. ¡Porque bañado en ketchup como hasta alcachofas!, pero así, sin nada que lo aliñe, aquello iba a ser un gran sacrificio y, a esas alturas de la noche, mejor que beberme dos repugnantes bolsas de sangre, casi prefería salir e hincarle el diente al gorililla con olor a donuts de la entrada.
-Uhmmmmmm...
-Vaya, vaya, vaya. ¡Pero mira lo que nos han traído los Reyes!
La voz de Titina retumbó con autoridad en cada rincón de la sala de fiestas vacía. Sin embargo yo estaba tan concentrada en el cuello de mi ocasional instalador de focos, que no le hubiese concedido más atención que al molesto zumbido de un mosquito de no ser porque el susodicho objeto de mis deseos se me estresó al escuchar la voz de su jefa. Y como el estrés en un cuerpecillo post adolescente hace estragos, el muchacho pegó tan salto, igualito que si su madre lo hubiese pillado zambomba en mano, que le bastó un microsegundo para cerrarme la mandíbula y despejarme la sesera de un solo golpe certero.
¡CLOOONNNGGG!
-¡Ay! -se quejó él por lo bajo.
En pago a haberme espabilado, el impacto había dejado al pobre porterillo tan aturdido que a duras penas lograba mantener la compostura mientras se frotaba la frente en un intento de mitigar el dolor y recuperar el funcionamiento normal de sus neuronas.
-Esta chica ha venido a instalar unos focos.-me presentó aún quejumbroso.
La cortés sonrisa del vigilante novato revelaba que no era consciente de lo cerca que había estado de la muerte. ¡Mis nuevos instintos me habían dominado por completo!. Y es cierto que nunca he sido un modelo de autocontrol, pero esta vez había estado a punto de dejar a aquel panoli con más agujeros que Bob Esponja.
Sin embargo, para él lo más importante era demostrarle a Titina lo eficiente y buen empleado que era. Arggggg... Aquella expresión bobalicona de fiel Smithers me crispaba. Porque, Siervos de la Noche de mentes abiertas, resulta irritante comprobar como algunos humanos estúpidos (ahora que soy un ser renegado del inframundo puedo tratarlos con desprecio) rechazan la existencia de los chupasangres aún cuando acaben de rematarle los colmillos a uno con un cabezazo digno de Zidane.
En fin, que aquel alelado no quería ver lo que había visto, pero yo sí que había extraído una lección muy valiosa de esa experencia: nunca le des la espalda a una vampiresa. Así que en base a este conocimiento recién adquirido, me apresuré a darme la vuelta y mirar a Brigitte directamente a los ojos. Estaba en lo alto de las escaleras por las que Sir Thomas había bajado la primera vez que lo vi. Iba encaramada sobre unos sandalias plateadas de aguja y llevaba un minivestido blanco, con escote cuadrado en halter, tan sumamente ajustado que se le intuía hasta la goma del tanga.
-Un Gucci, ¿no? -le comenté para que quedase claro que aunque me hubiese presentado con pinta de Bershka venida a menos una sabe que hay moda más allá de Massimo Dutti- Te he traído el alumbrado que solicitaste, pero éste es de manejo inálambrico -añadí mostrándole el mando al tiempo que lucía mi actual dentadura vampírica- Así que como las condiciones han cambiado, es necesario revisar el trato que teníamos contigo.
Un imperceptible mueca de disgusto le torció la comisura del labio. No sé si por lo del Gucci, por los caninos renovados o porque una Alcaldesa considera que eso de tutearla es un atentado a su autoridad.
-Ven -me dijo al fin- Ven, querida, antes de que acabes con todo mi "staff"... Y tú -añadió dirigiéndose al sumiso aprendiz de gorila- deja las luces, que no son lo tuyo, y quédate fuera, que es donde debes estar.
Al pardillo contratado para vigilar la entrada nocturna al local le faltaron piernas para obedecer a Titina y apostarse de nuevo en el exterior. Mientras yo recorrí los escalones que me separaban de la vampiresa milenaria y cuando estuve a su altura noté en sus ojos una sombra de desconfianza, además de percatarme de que no llevaba sujetador (¡ir apuntado con los pezones!. ¡Qué ordinariez!. ¡Más a su edad!, ¡que no es precisamente poca!).
-Vamos a mi despacho, darling, y allí me podrás explicar con más tranquilidad ese nuevo trato que vienes a ofrecerme.
La oficina de la rubiteñida se trataba muy probablemente de la antigua oficina de Sir Thomas. Estaba situada en una enorme habitación del piso superior, sin embargo, a pesar de sus dimensiones, producía una incesante sensación de agobio. No había ni una sola ventana, todas las paredes estaban ocupadas por estanterías de caoba atestadas de antigüedades de gran valor y un gigantesco escritorio con sus sillas a juego ocupaba la mitad del espacio restante.
No hacía falta ser un lince para percibir que aquel ambiente reviejo desentonaba con los aires juveniles que se daba la nueva Alcaldesa. Además la forma en la que ella se movía entre el clásico mobiliario de caoba denotaba que sentía un poquito de repelús y que no habría de tardar mucho en liquidar aquellos muebles de psicólogo de s.XIX por unos blanco-aséptico, hiper-luminosos de moderno psicoanálista argentino, quién sabe si con acento incluido.
-¿Y bien? -inquirió sentándose en un cómodo sillón de piel tras su mesa de escritorio- ¿Cómo has logrado transformarte en vampiro?
-Bueno, esto es todo lo que que siempre he querido.
Cierto que hasta los 12 años había estado trabajando en convertirme en la nueva Hermione Granger, pero de "El Diario de los Magos y las Brujas" sólo había sacado en limpio cuatro trucos para saber si le molas a un tío y que la escoba de mi madre no era la "Gelbsturm 2004", ni mucho menos.
-¿Y? -insistió Brigitte.
-Pues te habrás percatado que pertenezco a ese grupo de almas intrépidas que cuando se proponen algo lo consiguen.
Quizá me estaba dando pisto de más, pero aunque en lo de la hechicería había fallado, en lo de vampiresa no.
-Ya, ya... -me atajó restándome importancia- Pero, ¿cómo?. El asunto es cómo lo has logrado. ¿A quién has convencido para que te transforme?.
No me gusta cuando la gente me interroga, menos si estoy en posición de inferioridad. Así que si al otro le interesa cierta información de mi, como la información es poder, me la callo aunque desconozca su utilidad.
-Eso es lo de menos -evadí la respuesta- Sé que esta noche tienes previsto salir a matarnos al Jonhy y a mi.
-¡Ajá!
-Y yo puedo a ahorrarte esa pérdida de tiempo. ¿Qué te parece si me reconozco como única culpable y dejáis al Jonhy fuera de todo esto para siempre?
La rubiteñida sonrió con autosuficiencia mientras se mecía en su cómodo asiento giratorio.
-Eso es imposible, darling, ya he declarado que el Mago Jonhdalf fue el autor del asesinato de Sir Thomas y tú, su simple ayudante. Entenderás que mi credibilidad se vería seriamente dañada si cambiase la versión a estas alturas.
-Pero podríamos alegar que en realidad la que siempre ha manejado la brujería soy yo, -una verdad como un templo en vista de que el albondiguilla jamás había querido leer “El Diario de los Magos y las Brujas”- que lo del Dedo de la Muerte fue un truquito mío para cargarle el muerto al Jonhy y que mi intención última era utilizar al Alcalde para transformarme en una vampiresa mega poderosa a la que tú finalmente has capturado y desenmascarado.
-Sigo sin ver en qué me beneficiaría esa nueva versión. Hablemos seriamente, contigo aquí, ya tengo hecha la mitad del trabajo. Ahora sólo me queda ir a por tu amigo, el gordito.
Touché. Todo lo que había dicho era cierto, pero aún me quedaba un as en la manga.
-¿Y tú sabes donde está mi amigo, el GORDO? -sí íbamos a hablar en serio, había que llamar a cada cosa por su nombre- Porque la última vez que supe de él tomaba las de Villadiego rumbo a un destino desconocido, así que dudo que esta noche tengas la más remota de idea de dónde se encuentra.
-Te equivocas. Mis agentes han hipnotizado a sus padres y poseemos esa información.
-¿Ah, sí? -repliqué con tono irónico- ¿Y tú crees que el Jonhy es tan idiota como para ir publicando por ahí su paradero sabiendo que podéis sonsacar a su familia de este modo?
La vampiresa detuvo el balanceo de su sillón súbitamente contrariada.
-¿Habéis comprobado que está donde dicen que está? -proseguí segura de haber dado en el clavo- ¿Lo tenéis localizado?, ¿o esta noche la nueva regidora de los vampiros se encamina hacia el mayor de los ridículos delante de sus súbditos?.
En un principio lo de las luces me había parecido una excelente excusa para entrar en local, pero ni me hubiese molestado en colocarlas de no ser porque el pipiolo al que había dejado patidifuso en la puerta no había tardado en salir de su estupor y pegárseme a los cuartos traseros, temeroso de perder su nuevo empleo.
-¿Estás segura de que nosotros hemos pedido esos focos?
-Completamente -respondí mientras fingía buscar el mejor sitio para ellos.
-¿Y dónde los vas a instalar?
"Buena pregunta, sí, porque no pensaba instalarlos."
-Es que aquí ya tenemos muchos- cierto, cierto. Aún recordaba "La Gran Evasión" de la última vez, con iluminancia prácticamente solar incluída- ¿Estás segura de que os han llamado desde el WoW?.
Miré al chico con cara de "a_ver_si_te_enteras,_chaval,_es_aquí._Pero_si_hace_falta_te_lo_repito", aunque por la expresión de él, intuyo que vio algo más en la onda de "Te_mato._Si_me_lo_vuelves_a_preguntar,_TE_MA-TO".
-Éste es el sitio. No hay duda -respondí usando mi voz más acaramelada para amortiguar la impresión anterior- Esta noche, Titina quiere unos efectos diferentes a los habituales. Le apetece dar a la fiesta un toque entre disco-80, retro-rock, emo-punk, vintage-jazz, todo ello manteniéndose fiel a las tendencias marcadas por David Guetta, pero esporeándole pizcas de Lady Gaga.
-Ahhhhh... -no hay como soltar juntos un montón de palabros, para quedar de guay y cerrarle la boca al más pintado.
-Entiendes a lo que me refiero, ¿no?.
-Sí, sí...
Pues claro que no tenía ni remota idea de lo que le había dicho. ¡No la tenía ni yo!, pero estaba claro que aquel pimpollo de dulces ojos castaños, además de tener pinta de púber moja-camas (y me refiero a ese tipo de humedades acometidas con nocturnidad, alevosía y fruición, mucha fruición), confirmaba con sus hechos que no era más pánfilo porque no era más grande.
¡A mi me iban a venir con todo ese rollo de la compulsión!. A este pringado lo manejaba yo sin siquiera despeinarme las cejas usando hipnópsis.
-Pues, venga, ayúdame a enchufarlas aquí.
-¿Justo al lado de la puerta?
-Evidentemente -desde luego, yo no pensaba cargarlas mucho más lejos- Para el efecto urban-style, ése es el mejor sitio.
Me alegró comprobar que la resistencia del muchacho se había esfumado por completo. Siendo como era, alto como una viga, estaba doblegado a mi voluntad y, de rodillas ante mis pies, se afanaba por colocar las luces de forma que los cables estorbasen el paso lo menos posible.
Eso me gustaba. Lo reconozco. Me ponía. Verlo allí, agachadete, con su linda cabecita inclinada hacia delante, luciendo tan maravilloso contorno craneal, perfectamente rematado en aquellos aterciopelados trapecios... bufff... me estaba poniendo negra.
Vosotros, confidentes Siervos de la Noche, sois conocedores de mi predilección por los cuellos tersos y estilizados de hombre. ¡Llamadme fetichista si queréis!, pero es algo a lo que no me puedo resistir (a eso y a unas manos poderosamente grandes como las de Aragorn). Sin embargo aquel caso era diferente. Nunca antes la nuca de un chico me había resultado tan particularmene atractiva.
Desde luego no se trataba de que tuviese una forma especial y menos que poseyese una musculatura mega desarrollada. Porque otra cosa no, pero de lejos se notaba que el chico en cuestión no era un portero al uso, sino más bien un respuesto in extremis. Así que si el pobre estaba dotado de músculos debajo de aquel traje, tres o cuatro tallas más grande que la suya, sólo lo sabría él y su señora madre (la misma que orgullosamente lo había vestido con el kit para funerales de papá).
En fin, que todo esto venía a que no existía ninguna razón objetiva para fijarme en aquel gaznate más de lo que lo hubiese hecho en el de cualquier otro chaval. Y a pesar de ello, allí me tenía, de pie, absolutamente flipada, sin poder quitarle el ojo de encima. Babeando por él, no sólo en el sentido figurado. ¡Que es que sentía que se me hacía la boca agua con sólo mirarlo! ¡Aing, o’má, qué rico!
-¿Así están bien? -se giró pidiendo mi experta opinión de ponedora de focos.
No debía de ser más que un par de años mayor que yo. Con toda probabilidad, aquel era su primer trabajo: temporal (como todos) y escasamente remunerado (suerte la suya de que los chupasangres aún mantuviesen la obsoleta tradición de pagar). Me miraba con ojillos indecisos, esperando mi aprobación, como un perrillo buscando agradar al amo.
-Para nada -le solté porque me apetecía disfrutar un poco más del espectáculo- Están justo al revés. Este foco es a la izquierda y el otro a la derecha.
-¿No son iguales?
-A Doña Titina le va a desagradar mucho saber que tú no...
-Vale, vale -atajó con expresión agobiada- Los intercambio en un momento.
Sin esperar apenas un segundo se arrodilló para desenchufar los cables y dejar a mi alcance su sumamente apetecible garganta. Estaba tan enfrascado en cumplir a la perfección la labor que le había encomendado que ni se percató de que yo me acercaba cada vez más a su espalda.
Pero quiero que sepáis, puntillosos Siervos de la Noche, que la aproximación se inició por pura deformación profesional. Porque, aunque toda aquella patraña de la luces no era más que una excusa, esa noche se iba a celebrar una fiesta con vidas humanas en juego y no me apetecía cargar sobre mi conciencia sus muertes a causa de una instalación defectuosa. Además, también os voy a ser honesta, me podía la curiosiodad por un cuello tan extraordinariamente perfecto, con su despreocupada arteria carótida bombeando plácidamente, arriba y abajo, arriba y abajo, apenas oculta por una piel cálidamente translúcida.
Di un paso. Luego otro. Otro más. Silenciosa, como enfundada en unas almohadillas de gato, me pegué a su hombro derecho desde donde me parecía escuchar un tam-tam que decía "do-nuts, do-nuts, do-nuts...". Curioso... Justo ahora que me fijaba, la piel dorada del portero me recordaba a un tierno bollito glaseado. ¿Si la lamía también sabría a azúcar glas?. Me arrimé un poquito más para averiguar a qué olía.
"Uhmmm... Como recién horneado... Uhmmm..."
Sin darme cuenta siquiera, me fui agachando hasta que mi cabeza quedó a la altura de su carótida, cual mono Amedio. Al fin, mi boca se abrió inundada de saliva, mientras, mi cerebró cedía impotente a un vendaval de pensamientos locos.
"Un bocadito, sólo un bocadito... Un mordisquito pequeño... sin que se de cuenta..."




