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diariodeunavampiresanovata

-Por supuesto -contesté con rotundidad intuyendo que me creía incapaz- Todo, todo, todo hasta el final. ¡Ahora me encuentro muchííííÍÍÍÍÍííííísimo mejor! -añadí dando saltitos para que viese que estaba más activa que un oso polar de “Lost”- ¡Hop, hop, hop!... Me siento genial, estupendamente. ¡Lista para el maratón de Nueva York!.

 

Titina enarcó una ceja mostrando su incredulidad y, después de examinarme de arriba a abajo con desprecio, pasó apresuradamente junto a mi en dirección a su escritorio.

 

-Vaya, darling, pues tampoco se te nota mucho. Tienes un aspecto deplorable -y lo dijo, así sin la más mínima delicadeza, como si ella fuese hecha un pincel- Algo has mejorado, no te lo voy a negar -prosiguió mientras rebuscaba en un cajón de su mesa de caoba- Al menos ya no estás plagada de llagas y pústulas purulentas.

 

Que ¡¿QUÉ?!” -mi cerebro no daba crédito- “Primerita noticia que tengo de que se me haya agravado el acné”.

 

- Y la mayoría de las calvas de la cabeza se te han regenerado.

 

No jodas que también se me ha caído el pelo” -pensé mientras mis ojos verificaban con disimulo si el emo-flequillo seguía en su sitio.

 

- Certainly, tienes suerte de haber llegado de una sola pieza.

 

Hombre, si te refieres al viaje en furgoneta, te lo puedo explicar”.

 

- En tu estado de transformación y sin haber probado una gota de sangre, otros ya hubiesen perdido los dedos.

 

Acojonada, me miré a las manos mientras agitaba desde el pulgar hasta el meñique para comprobar su consistencia. Y admito que pasé de tocarme la cabeza, porque no quería descubrir zonas en las que todavía estuviese pelada como una cerilla.

 

¿De veras la falta de alimento me había mermado tanto el físico?, ¿de veras me había presentado ante el portero con esa facha? y lo que era peor, ¿estaba Titina echando mano de otra transfusión para que yo me la bebiese y quedase definitivamente niquelada?. Porque ¡no!, eso sí que no. La que suscribe había cubierto el cupo de hemoglobina para ese día y no tenía la intención de tragar ni una gotita más. Así me tuviese que presentar ante todo el Consejo con la gracia en los andares de un “Walking Dead”.

 

 

-Estuve a punto de darte tres bolsas y está visto que las necesitas. -la Alcadesa semejaba inclinarse por la opción del litro extra- Sin embargo como la transfusión era de doping blood”, me pareció excesivo. You know, las sangre hiperoxigenada acelera la recuperación, pero resulta extramadamente difícil de controlar incluso para algunos veteranos. Por eso vi inadecuado tentar a la suerte con una vampiresa novata como tú. Te necesito centrada para engañar al Consejo... Aunque quizás todavía estés a tiempo de tomar un poquito más...

 

Sobra deciros, fieles Siervos de la Noche, que esta mujer no me conocía en absoluto. De hecho, Brigitte podía estar segura de que no se había topado, ni llegaría a toparse en toda su eternidad, con un individuo más centrado que yo, aunque me hubiese metido entre pecho y espalda 10 litros de sangre para dopaje. Sin embargo, y a pesar de que no soy una persona a la que le guste mentir (sólo en contadas ocasiones: estando en peligro de muerte o cuando unas oportunas lagrimillas me libran de un castigo), esta vez estaba dispuesta a fingir que tenía tendencia a perder el Norte. Lo que fuese, con tal de escaquearme de una segunda bolsa de “apetitosos” eritrocitos de deportista.

 

Entonces, puse aire distraído de loca de remate y musité por lo bajini:

 

-Preciosos, preciosos...

 

Titina, que seguía revolviendo entre los cajones de su escritorio, levantó la vista para averiguar cuál de los múltiples objetos heredados de Sir Thomas había despertado mi admiración. No porque ella los considerase mínimamente In-o-sea, sino porque su Ilustrísima siempre tenía un momento si de recibir jabón se trataba.

 

-... preciosos, sí,sí,... preciosos...

-¿De veras? -preguntó al tiempo que localizaba una llave diminuta entre un montón de papeles- No puedo creer que te gusten estas antiguallas, darling.

-Pues sí, tal vez estén algo viejos y descuidados, pero tienes unos pechos preciosos -más lunático que aquello no se me había ocurrido nada- ¡Pre-cio-sos!. Preciosos y libres. Muy a su aire, ¿sabes?, Ahí abajo, uno mirando hacia Córdoba y el otro hacia Guadalajara.

 

Un silencio incómodo se apoderó del habitáculo.

 

- Los elefantes rosas del techo también están bien... -tanteé una rectificación.

 

El que a la Alcaldesa se le estuviese quedando cara de Señorita de Avignon (la de la fea, para más detalles), me había hecho considerar que, quizás, acaso, improbablemente, de forma muy remota, existía la posibilidad de haberme excedido con mi desafortunado comentario... El de las tetas, claro, porque, entre tanto mueble desaborido, tener elefantes rosas en el techo, hasta le daban un toque “cool” a la oficina.

 

Sin embargo, Siervos de la Noche, reconozco que, en el momento en que lo había soltado, me había visto cegada por un extraño sentimiento revanchista. Mi prioridad ya no era tanto zafarme de una nueva inyección de hematíes como resarcirme de las apreciaciones poco constructivas vertidas sobre mi persona. Porque esto de ser un chupasangres, es como estar en Gran Hermano (exceptuando lo del “edredoning”, que todavía no he catado varón): “los sentimientos se magnifican”.

 

De ahí que, con mi ira del tamaño del trasero de Serena Williams, el fiasco general del look vampiresa-novata alcanzando dimensiones de depresión y la incertidumbre respecto a mi no-vida tras el juicio, mi único pensamiento fuese: “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.

 

 

Y lo que se dice cagarla, la había cagado bien cagada, porque si antes no tenía muy claro lo que me deparaba el futuro, la nueva mirada cabreada de Brigitte despejaba todas las dudas. De no condenarme a muerte el Consejo esa misma noche, la Alcadesa en persona me quitaría la vida con sus propias uñas de ser necesario.

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