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diariodeunavampiresanovata

Un vacío tenso se extendió entre las dos, mientras, en silencio, ella me taladraba con la mirada y yo vigilaba el cambio de color en sus nudillos apretados.

 

Sin embargo, para mi alivio, la nueva regidora hizo una demostración de un sorprendente autocontrol, y como si el hongo de una bomba H se hubiese sumido en si mismo, la ira desapareció de sus ojos dando paso a una relajada expresión de desprecio.

 

-¡Oh, darling!, no es el momento ni el lugar para discutir acerca de la belleza de mis pechos, ni de entrar en comparaciones con tus almendritas garrapiñadas -¿se refería acaso a mis turgentes mamas?- Tenemos mucho que hacer y el Consejo espera.

 

Dándome la espalda con indiferencia, tal que acabase de espantar a un mosquito molesto, se dirigió hacia a un armario cuya regia presencia resaltaba entre tanta antigualla de madera. Hecha de caoba, al igual que el resto del mobiliario, gigante, hasta el techo, y, por la consistencia de sus formas, irradiaba la dignidad de esas cosas a las que el tiempo, como al buen vino, no hace más que distinguirlas entre la mediocridad.

 

Estaba dividido en dos cuerpos. El inferior era el más ancho y de un metro de alto, con una puertas donde se había labrado exquisitamente cuatro hojas de roble en el interior de un rombo y varios cuadrados concéntricos a distinto nivel de relieve. El cuerpo superior, muchísimo más trabajado, tenía en sus esquinas, un par de columnas flanqueando las dos puertas. En éstas, al contrario que en las inferiores, se habían tallado dos escenas de caza con arco que, enmarcadas por sendas molduras, simulaban ser, cada una de ellas, un cuadro de madera.

 

-Todas las partes implicadas en el juicio deben estar presentes -me anunció Titina, mientras abría el armario con la llave que había estado buscando en el escritorio- Ya supondrás lo que eso significa.

 

Pues ni lo suponía, ni ella me estaba dando, lo que se dice, muchas pistas para que lo adivinase. Dentro de aquel mueble centenario (y digo centenario, porque, así, a simple vista, no parecía que fuese del Ikea), estaba dispuesta una moderada colección de jarrones chinos de distintos tamaños y motivos. Delante de cada uno de ellos brillaban pequeñas placas doradas, como las que anuncian nombre y puesto sobre las mesas de los despachos.

 

-¡Sujeta esto! -me ordenó pasándome una vasija de dragones azules sobre fondo blanco- Ahora que estamos todos, ya podemos bajar.

 

En ese momento mi súper vista de súper vampiresa súper dopada atinó a descifrar las primeras palabras de la plaquita que había quedado solitaria en el estante:

 

Excelentísimo Alcalde Sir Thomas Thornton

...

 

Debajo, antes de que la rubiteñida cerrase las puertas, adiviné unas fechas que seguramente se correspondían con el nacimiento, conversión y muerte del susodicho.

 

-¿Es, es, es...?

-¿Sir Thomas? -me atajó la voz de pito de la Alcaldesa- Ja, ja, ja.

 

Yo de mayor quiero reír con la misma elegancia desganada.

 

-¡Ni remotamente, querida!. ¿Acaso parezco de esa clase de vampiresas que van por los montes recogiendo cenizas ajenas?. Ja, ja, ja.

 

De veras que de mayor quiero tener una carcajada tan glamourosa.

 

-Encanto, ahí dentro es más probable que te encuentras con una colilla que con un pelo del malogrado Sir Thomas.

-¿Entonces...?

-Entonces, ¡nada!. Es una tradición milenaria guardar y venerar las reliquias de los vampiros distinguidos de la ciudad, regidores incluidos. Así que para evitar suspicacias y allanar mi camino hacía el poder, les traje un regalito a los del Consejo. Al fin y al cabo -añadió encogiéndose de hombros- a ellos les trae sin cuidado si el jarrón está vacío o lleno de boñigas de cerdo. Lo importante es fomentar su adoración para mantener bajo control a la masa de murciélagos comunes. De hecho -apostilló señalando hacia el armario- la mitad de estos jarrones apestan a tabaco y un par de ellos, incluso a marihuana.

 

Vaya, vaya, vaya. O sea, que la cúpula de poder vampírica también ejercía control de masas al uso y, lo que resultaba todavía más interesante, durante mi juicio, iba a ser demandada por el montón de basura que vivía dentro de aquel horrible cachivache chino. ¡Eso tenía que verlo!.

 

Con mucha discreción, aprovechando que la Alcaldesa se acababa de zambullir incomprensiblemente bajo el escritorio, destapé la vasija para echarle un vistazo a su contenido. A simple vista os diré que aquello lucía, más o menos, de la misma textura y tonalidad que una montaña de cenizas cualquiera. Los restos tanto podía pertenecer al difunto regidor como al carbón consumido de una churrascada. No descartaría, incluso, que estuviesen emparentados con el polvo que aparece por generación espontánea bajo mi cama.

 

Sin embargo, Titina había mencionado que aquel armatoste atufaba a tabaco más que si viniese del Rock in Rio, así que, como soy novata y el olfato aún no lo tengo tan desarrollado, decidí seguir la técnica de los grandes sumillers. Cerré los ojos, pegué la napia al borde del frasco y lo meneé hasta que la polvareda me atoró las fosas nasales.

 

-Cof, cof...

 

Ya podía quedarme tranquila, estaba confirmado: buqué con matices de tabaco.

 

-...cof, cof, cof...

 

Y los vampiros no necesitan respirar, también confirmado.

 

-...cof, cof, cof, argf, argf...

 

Una pena que mi organismo todavía no lo tuviese claro.

 

-...argf, argf, cof, cof...

 

Porque la ceniza pegada a la pituitaria me estaba matando (metafóricamente).

 

-... aahh... aahh...

 

Y me estaban entrando unas ganas locas de...

 

-... aaAHh... aaAHh... ¡¡¡ATCHUAAAAAAAAAA!!!

 

Un estornudo monumental, gigantesco, colosal propulsó las micropartículas adheridas sobre mis conductos respiratorios directamente desde la nariz al interior del pote y, de ahí, de regreso a la cara, dejando mi cabeza completamente bañada en cenizas y un par de colillas al descubierto entre lo que aún quedaba dentro del jarrón.

 

 

-¡Oh, my God! -exclamó la rubiteñida que finalmente había emergido de las profundidades de su escritorio con Mariposita en brazos- ¿Qué es lo que pretendes?.

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