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diariodeunavampiresanovata

¡¿Pero cómo podía importarme eso cuando tenía entre mis manos una tarea tan sumamente delicada?!. El Jonhy había sido sentenciado a una muerte segura y yo, Jessi, la vampiresa novata, no podía abandonarlo así como así. A pesar de que, al convertirme Ervigio en un monstruo asesino j..., digo, "fastidiándome" la vida (por usar vocabulario apto para menores) a mi me resultaba mucho más conveniente huir cual rata del Costa Concordia, el espíritu de heroína, que siempre había estado tan fuertemente arraigado en mi personalidad, me mostraba un nuevo rumbo que seguir en esta nueva y maldita existencia vampírica: SALVAR AL ALBONDIGUILLA.

Que sepáis, desazonados Siervos de la Noche, que yo era muy consciente de que esta vez para llevar a cabo tan peligrosa empresa no contaría con la ayuda de nadie, lo que burdamente se traducía en que no contaría con la ayuda de mi enamorado pelo-pincho-lamido. De hecho, no contaría con su ayuda en esta ocasión ni en ninguna de las venideras. A partir de ahora debería trazar y ejecutar mis siempre magistrales planes de acción manteniéndolo al margen, protegiéndolo de mi actual naturaleza. Debería trabajar sola. Pero no sola cual dramática-Bella, me lanzo por un acantilado para recordar a mi ex (que si tienes problemas de memoria te tomas un Ceregumil y listo). Yo trabajaría sola a lo Kill Bill, y pobre del chupasangres que se le ocurriese tocarle un pelo a mi amoroso MacGyver.

Dispuesta a atacar el problema de frente y sin demora, no tardé mucho en hacerme con la situación y esbozar la estrategia que me permitiría exculpar para siempre al albondiguilla del muerto que le había colgado Brigitte. El murcielaguito capullo había dejado claro que, gracias a ella, la comunidad vampírica creía muy equivocadamente que el mago Jonhdalf era el artífice y genio ejecutor de la destrucción de Sir Thomas (gran baja en mi lista de "Top10 Chupasangres Cachondos", descanse en paz, ¡precisamente ahora que estaba en posición de beneficiármelo por toda una eternidad!). Y si Titina era la fuente del equivoco había ser ella misma la clave para demostrar, sin lugar a dudas, que el mérito de la hazaña no era en absoluto del pelo-pincho-lamido, sino MÍO (algo, mucho más realista, si me apuráis).

El caso es que, como os podréis imaginar, no estaba yo muy sobrada de tiempo para salvarle el pellejo a nadie. Por esto de que era la Noche de Reyes, debía tener todo zanjado antes de que, en apenas unas horas, el WoW se viera invadido por hordas de nostálgicos del reciente Fin de Año (dichosos ellos, que habían podido disfrutarlo). Así que como no había más que pensar, ni me lo pensé dos veces. Puse rumbo al garaje donde las Ratas de Medianoche practicábamos los sábados y sudando la gota gorda logré llegar en menos de treinta minutos (que para haberme transformado en, lo que comunmente se conoce como, un ser sobrenatural, aquella se trataba de una marca la mar de mediocre incluso para la Jessi original).

Una vez ante el portón me detuve tratando de percibir ruidos en el interior. Todos los componentes del grupo teníamos acceso del local de ensayo y, aunque el 5 de Enero no era el mejor fecha para pasarse por allí, con la suerte que me gastaba desde hacía unos días, probablemente aquello estaría más concurrido que un concierto de los Jonas Brothers. Así que, después de unos segundos ojo avizor, abrí la puerta con sigilo. Por fortuna el garaje se encontraba vacío y, lo que era muy de agradecer, la Trade estaba dentro con el maletero hasta los topes de material para conciertos y ¡las llaves en el contacto!. ¡Perfecto! Disponía de medio de transporte para desaparecer una vez ejecutado el plan.

No hace falta que os diga, razonabilísimos Siervos de la Noche, que soy una menor respetuosa con  la ley. Y por esta misma razón y porque, ¿para qué ocultarlo más?, mi padre, es ligeramente machista, algo más carca y un completo enamorado de su coche (que antes de que se lo roben prefiere donar los dos riñones de su amantísima esposa), yo no me había puesto al volante más que en 5 ocasiones en toda mi vida. A pesar de lo cual, confieso que hasta ahora mismo, siempre había faroleado en lo tocante a mis habilidades automovilísticas, cuando en realidad ésta es la pura verdad: acelerador, freno y embrague, no se diferencian para mi.

Así las cosas os imaginaréis que arrancar la furgonalla no fue una tarea fácil. De las migajitas de clases con las que mi padre había tenido a bien agraciarme, me había quedado el vago concepto de que debía pisar un pedal y girar la llave... o al revés... o como al principio, pero con la palanca de cambio en punto muerto... o en primera y cuesta abajo... Vamos que ni pajolera idea.

El tiempo que estuve haciendo pruebas metida en el garaje, no lo sé con exactitud (que en teoría lo de la vida eterna es muy bonito mientras no la tengas que "disfrutar" enclaustrada en un local de ensayo), pero si me dicen que pasé más de una hora, tampoco lo podría negar, porque entre que intentaba una nueva combinación, medio arrancaba, se calaba, cambiaba de secuencia, se ahogaba, esperaba y vuelta a empezar, podía haberme tirado allí toda la noche. Afortunadamente,  cualquiera diría que de milagro, la Trade arrancó y, como lo de rezar (en vista de que he perdido ciertos contactos en las alturas) no tenía pinta de serme de demasiada utilidad, salí a la calle en una parsimoniosa primera marcha dispuesta a no frenar ni apagar la furgoneta hasta llegar al WoW, ¡cuando quiera que ese prodigioso evento se llegase a producir!.

Y es que a 20Km/h, las matemáticas no engañaban, iba a tardar media hora en llegar hasta el centro. Porque... 20Km/h no es una velocidad digna, por mucho que tomes asiento estirada y concentrada como si pilotases un Fórmula1. Que yo, mientras clavaba el recién descubierto acelerador, ponía cara de ir a toda leche, pero ni la cortina de humo ni el ruido de cacharrería ambulante ayudaban a mantener la clase dentro de aquel trasto.

Total, que entenderéis mi desesperación cuando después de no haberme dejado atrás ni una sola de las infracciones que recoge el código de circulación (semáforos en rojo, stops, pasos de cebra,...) llegué a lo alto de la última calle que bajaba al centro (1 Km del 30% de pendiente), veinte minutos después de haber abandonado el garaje, rodeada por tal fanfarria y tanta humareda negra que más parecía que acabasen de abrirse las puertas del infierno para que "Los 4 jinetes - Brass Band" saliesen anunciando el Apocalípsis a bombo y platillo.

Me encontraba exasperada, irritada con el escándalo, pero lo peor era la desquiciante lentitud de la  furgoneta en primera. No soportaba ni un minuto más aquel paso de caracol reumático, menos sabiendo que debía llegar al WoW con la antelación suficiente como para solucionar el asuntillo de mi pelo-pincho-lamido sin cruzarme con la peña que vendría a celebrar la Noche de Reyes... Sin embargo tampoco podía correr el riesgo de que la furgo se apagase al cambiar de marcha,... a no ser que... A no ser que aprovechase la fuerza de la gravedad para acelerar el proceso de forma natural. Hablando en plata: que arrastré la palanca al punto muerto y dejé caer la Trade cuesta abajo. Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que me podía pasar?, ¿volver a palmarla?.

Pues no, lo peor que podía pasar era que, después de saltarme un par de cruces sin respetar semáforos ni preferencias (insisto en que había prisa), la furgoneta traspasó los 70Km/h justo en el momento en que alcancé a divisar, alláaaaaa a lejooooooos, las luces azules del primer control de alcoholemia de la noche.

"¡Coño, coño, coño!, ¡LA PASMA!"

La pasma vigilando a los conductores beodos y yo en plan autos locos a toda leche, derechita, derechita hacia ellos.

 



"¡Coño, coño, coño!"

Había que aminorar la marcha de aquella máquina diabólica antes de que despeinase a los señores agentes con un pasada a velocidad ultrasónica, Mach 3 mínimo.

En un alarde de autocontrol, logré apartar la mirada del velocímetro, cuya aguja sobre el 85 me tenía hipnotizada, para lanzarme como una loca a por el freno, con tal mala suerte que mi pobre pie derecho, poco habituado a conducir, se posó confundido sobre el acelerador.

Roarrr, roarrrr, roarrr...

-No frena, ¿por qué no frena?... ¿por qué no frenas, maldita?

Pero la furgonalla no respondía que ya bastante tenía ella con mantenerse toda juntita de una pieza, que tuercas y tornillos crujían como si en cualquier momento fuesen a soltarse dejándome montada tan sólo sobre las ruedas.

Clonch, click, iiiiiiiiiiiiihhhhhhhhhh, click, click, iiiiihhhhhhhhh... ¡¡¡¡¡RoaaaaaAAAAARRRRRRRRR, ROAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRR!!!!!

Eran cuatro polis, ahora se distinguían claramente. Habían aparcado cerca de un paso de cebra con badén. Tres estaban haciendo soplar a otros tantos conductores y el cuarto, el único que por el momento se había dado cuenta de mi presencia, me miraba con estupefacción mientras la furgonalla se le aproximaba a 100Km/h, sin control, rugiendo como un león en celo, porque yo, completamente atacada de los nervios, insistía en pisar con brío el acelerador sin acertar a comprender que en realidad me había equivocado de pedal.

¿Qué era lo que pensaba ese pobre hombre mientras me veía bajar la cuesta en plan "El diablo sobre ruedas"?, ¿qué era lo que lo mantenía clavado al suelo e inmóvil con los ojos desorbitados? Pues no lo sé, pero sin duda debía der ser algo contagioso, porque cuando al fin pasé a su lado, saltando sobre el badén, con la ruedas chirriando en el aire a 120Km/h, el motor ronco de tanto bramar en un último acelerón desesperado y mi pinta de vampiresa recién transformada, ya todos los presentes me seguían con una mirada aterrorizada incapaces de evitar el descolgamiento de sus mandíbulas.

¡¡¡¡¡ROAAAAAAAAAARRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR!!!!!

-¡Joder! -escuché decir al más borracho de los detenidos- Pues sí que tiene prisa La Muerte, sí.

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