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diariodeunavampiresanovata

Curiosamente, había asumido con rapidez el abandono prematuro de mi novio, el castigo de por vida de mi padre y mi defunción inminente. Podría decirse que estaba preparada para cualquier cosa, excepto para lo que ocurrió: NADA.

Así como os lo cuento, flipadísimos Siervos de la Noche, se puso el Sol, llegó la noche, pasaron las horas y cuando la luz volvió a invadir el cuarto, no había ocurrido absolutamente nada fuera de lo normal. Vamos, que ni Titina ni ninguno de sus secuaces asomaron los colmillos por la zona tras el crepúsculo, y me refiero a la parte del día en la que la oscuridad se abre paso, no al libro de “mi-novio-es-un-vampiro-y-ni-con-regla-me-lo-tiro”... (esta creciente acritud hacia los no-muertos es debida a que, de un tiempo a esta parte, empiezan a caerme francamente mal,... incluso los cachondos). El caso es que cuando los primeros rayos de la mañana rompieron el día pude comprobar que efectivamente todos habíamos llegados al siguiente amanecer sin padecer incidente sobrenatural nocturno alguno.

Esto, aunque debería haber sido más previsora, me tranquilizó en la confianza de que las huestes del difunto Alcalde (en paz esté) creían que la bruja de Brigitte mentía como una bellaca y que ella misma se había cargado a Sir Thomas para alcanzar el poder que él ostentaba con anterioridad. En definitiva, lo que venía a ser la pura realidad. Y como bajo este razonamiento nos quedábamos sin enemigos con manía persecutoria, decidí pasar el resto de las vacaciones en casa de mi abuela para evitar las miradas asesinas y las caras largas que mis padres me ponían cada vez que nos cruzábamos.

En lo que respeta al albondiguilla, tampoco supe nada más de él, ni ese día, ni el siguiente, ni el siguiente... Ni falta que hacía. Aún recordaba lo furioso que se había puesto cuando se había enterado de todo el malentendido de Nueva York y si me apetecía poco ver la recriminación en los ojos de mis progenitores, menos ganas aún tenía de aturar a un albondiguilla chillón y avinagrado  que seguramente se las daría de ofendido cuando en realidad había sido yo la que le había permitido abandonarme sin el más mínimo remordimiento.

De esta manera, es decir, mejor sola que mal acompañada, llegó la tarde del día 4 a la apacible casa de mi abuela, donde yo siempre era querida aunque acabase de romperle una bajante de aguas en un descenso vertical poco exitoso.

Las horas se me habían pasado con la tranquilidad habitual de aquel recodo de la ciudad, inoculándome la equivocada sensación de que todo a mi alrededor iba la mar de bien. Sólo tuve que encargarme de un par de recados para preparar el vestido de la Noche de Reyes (que sería el mismo que el de Fin de Año, pero tras una visita a la tintorería), un par de llamadas concretando la quedada con el resto del grupo y otro telefonazo a la peluquería para reservar una depilación como era debida al día siguiente (porque después del apaño de mi albondiguilla, a 4 de Enero, yo pinchaba más que un cactus de Arizona).

Total, que a eso de las 7 ya me encontraba zapateada en el escritorio de mi padre chateando con Mi Maestro Oscuro y otros Siervos de la Noche, ajena a los peligros que me acechaban, cuando de repente, una sombra escurridiza en el jardín llamó mi atención. Al principio no estaba segura de haberla visto. Mi abuela tiene tantos árboles, arbustos y otras plantas ornamentales que es muy difícil distinguir si lo que acabas de ver es una ramita suavemente mecida por el viento o a un intruso inesperado. Sin embargo, la silueta volvió resbalar rápidamente de un seto a otro y desde éste a otro más, como si tratase de pasar desapercibida infructuosamente, como si se hallase en medio de un tiroteo, atemorizada, usando la vegetación de protección contra las balas. No cabía duda de que alguien que se aproximaba a gran velocidad a mi ventana intentando con escaso éxito no ser visto.



Pegué mi naricilla al cristal, intentando descifrar a quién pertenecía la figura que estaba escondiéndose contra el camelio situado al pie de la casa y fue ahí, cuando en un grito apagado, oí mi nombre.

-¡Jessica!... Sube la ventana... ¡Jessica!... Tengo que hablar contigo... Es urgente.

En un pensamiento relámpago se me hizo clara la situación: mi albondiguilla había venido en plan Romeo a pedirme disculpas ¡y yo con aquellos pelos... en la piernas!. Un par de segundos fueron suficientes para repasar mentalmente mi aspecto físico, que, en efecto, no era el más deseable (en el sentido sexual de la palabra). Pero como el amor es ciego, me rehice la coleta, maldecí el haber postpuesto la depilación y abrí la ventana confiando en mi indiscutible atractivo sexual.

-Dime, Jonhy -respondí con fingida indiferencia- ¿Qué es lo que quieres?

La sombra entonces salió de su escondrijo, descubriéndome una silueta muchísimo más delgada de lo que jamás había sido un zanco de MacGyver y desde luego infinitamente más ágil que él.

¡Me había confundido!. Mis deseos más ocultos me habían traicionado y alguien se había beneficiado de ello. Pero cuando caí en la cuenta de todo esto, ya era demasiado tarde para ponerle remedio. La extraña figura había escalado agarrada a la pared, como si de Spiderman se tratase, y antes de que me hubiese dado cuenta, se había colado en la habitación, quedándose de pie frente mi.

-¿¡Ervigio!?... ¿qué haces aquí?
-Vengo a ayudarte.

Supongo que debí haberme emocionado por la visita de mi adorable ratilla voladora, más si era cierto que venía a ayudarme. Pero a esas alturas de mi vida, la sensación de que, como en política, en el mundo vampírico existía una incompetencia generalizada, hacía que compartir habitáculo con un chupasangres dispuesto a echarme una mano, me causase una desagradable intranquilidad. Además, exceptuando los morros de mi pelo-pincho-lamido yo no veía muchos más problemas en mi entorno. A no ser que mi murcielaguito también pensase que no me vendría mal una depilación... urgente.

-Todo va sobre ruedas, Ervigio. No necesito ayuda.
-Sí que la necesitas -me atajó, para mi sorpresa, con un tono de preocupación- Tenemos que hablar en privado -añadió mientras cerraba la ventana y bajaba la persiana con rapidez- Jonhatan y tú estáis en peligro.

¿Desde cuándo se inquietaba éste por lo que nos pudiese pasar?, ¿en qué momento había cejado en su intento de huir de mi para querer regresar y socorrerme? ¿y de qué peligro estaba hablando?.

-Sir Thomas está bien muerto y Titina no se ha pasado por aquí en tres días. Yo no veo amenaza alguna por...
-Es cierto... -me interrumpió con impaciencia-... que su Excma. Sra. Alcaldesa todavía no te ha visitado, pero planea hacerlo mañana mismo para ajusticiarte por la muerte de su predecesor.
-¿Y por qué no lo ha hecho antes? -pregunté aprovechando una pausa en su discurso apresurado.
-Porque antes debió someterse a un juicio ante el Consejo a fin de demostrar su inocencia en todo lo que se refiere a este asunto. Los vampiros son muy desconfiados con los fallecimientos de sus congéneres, mucho más si uno de ellos implica un ascenso para otro. Por esto estaba grandemente extendida la sospecha de que en el asesinato de nuestro anterior Regidor había metido mano su Excma. Sra. Alcaldesa.

Ervigio insistía en darle a Brigitte el tratamiento oficial correspondiente como si ella estuviese presente, a pesar de que si en realidad se diese ese fatídico caso, la vampiresa rubi-teñida ya lo hubiese hecho polvo por estar allí poniéndome al día de toda la historia.

-Después de un largo proceso... -prosiguió mi ratilla voladora tras una micropausa para recuperar el aliento- ...se dio por buena la versión expuesta por la única testigo no-muerta del suceso, nuestra Excma. Sra. Alcaldesa. Y así es como el Consejo aceptó que el mago Jonhdalf, poseedor del Dedo de la Muerte, y su ayudante -un breve gesto me indicó que ésa era yo- habían acabado con Sir Thomas sin implicación de ningún otro miembro de la comunidad vampírica.

No me lo podía creer. ¡NO ME LO PODÍA CREER!. No podía dar crédito a lo que acababa de escuchar. ¿Que yo era la ayudante del Jonhy?, ¿que él era mi jefe?. Pero ¿en qué país de locos estábamos viviendo?, ¿es que todo el mundo había perdido el sentido?.

La presunción hecha por Titina de que, entre los dos, resultaría mucho más creíble que mi MacGyver fuese el ejecutor de Sir Thomas, me puso de tan mala leche que perdí el norte y con la rabia dejé escuchar lo que balbucía aceleradamente mi ratilla voladora. Me hervía la sangre mientras mi murcielaguito me explicaba no sé qué sobre los festejos de la noche de Reyes, no sé qué más sobre que una vez tomado el “Dedo de la Muerte” como versión oficial, el Jonhy y yo estábamos en una posición extremadamente vulnerable y no sé que otro blablablá acerca de que él era un vampiro de palabra y que había venido a cumplir su promesa.

Súbitamente una idea interrumpió mi sulfurado discurso interno, trayéndome de vuelta al monólogo que Ervigio desarrollaba más en solitario de lo que él se hubiese podido imaginar.

-¿Cumplir tu promesa?. ¿Promesa de qué?

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