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diariodeunavampiresanovata

 

Argggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg...

 

Una lucha desigual, estilo Braveheart, se liberó en mi cerebro y, para ser franca, de los 2 Mel Gibson que se batían en feroz batalla, el más honesto tenía todas las papeletas para salir huyendo con la gaita escondida entre sus escocesas falditas de cuadros.

 

“No, no, no... ", me autoconvencí al tiempo que iniciaba un frenético paseo con Mariposita en procesión, "¡Ni hablar del peluquín! Acabo de prometer al Jonhy no mirar siquiera para la caja, ¿qué diría Ervigio si a la primera de cambio traiciono una promesa?...”

 

-Ervigio... -se me escurrió su nombre entre los labios mientras deambulaba histérica entre los frush-frush de mi capa barriendo el suelo a cada paso.

 

“... Ervigio... ¡Ay, Ervigio! Sniiiiiiifffffffff... ¡Ervigio! Tan cerca y tan lejos... Sniiiiiiifffffffff... ¡Ervigio!, ¡si sólo pudiese ver el ataúd!... Un poquito... Un poquito nada más. Sólo levantar una esquinita del hule que lo cubre. Justo esta esquinita y nada más”

 

-Sólo una esquinita... -balbuceé acercándome a la mesa bajo la que habíamos escondido el féretro.

 

"...Uhmmmmm... Así, apenas este cachito. Levanto el mantel con cuidado ¡y listo!. Prácticamente, igual que cuando se fue el albondiguilla. Ni cuenta se va a dar de que lo he descubierto y tampoco es que haya hecho yo algo malo. No es lo mismo que si hubiese quitado la tapa del ataúd para ver cómo le va a Ervigio..."

 

-¿Aún estará no-muerto? -le pregunté a la vamperra que inmediatamente abandonó las incesantes ofensivas a mi vestido rojo para responderme con sus gigantescos ojos clavados en mi- Deja eso y ven pa’ca -añadí tomándola en el regazo- ¿Cómo habrás conseguido escapar?.

 

"La verdad es que no lo entiendo. Estaba encerrada y bien encerrada en el cajón, más torrada que un buen churrasco de cerdo, con una pata camino de mejor vida, a punto de conocer a Rintintín, Lassie, Rex... ¡Y mírala ahora!, aquí fuera, campando a sus anchas, toda fresca y lozana. Como si nada hubiese pasado... ¿Habrá abierto el cajón ella sola?"

 

Me detuve para observarla un instante. La perro-rata me sostuvo la mirada, como si hubiese estado oyendo todos mis pensamientos.

 

-¡Vamos a ver esa cómoda! -decidí.

 

El mueble que había servido como improvisado ataúd canino es un viejo cascajo de la abuela de mi abuela (o sea de mi tarta-abuela, rátatá-abuela, tártara-abuela o como rayos se diga) cuyos cajones se han ido conviertiendo a lo largo de los años en un auténtico mausoleo de antiguallas inservibles.

 

-¡PuuaaaAAAJJJJ!. ¡Cof, cof, cof! -el hediondo olor que infectaba toda la estancia era allí particularmente penetrante.

 

"¿Qué peste es ésta?, ¿qué es lo que han guardado aquí?" me pregunté tapándome boca y nariz con un pedazo de capa, "¿De dónde vendrán estos gases nauseabundos?"

 

En el suelo, seguramente volcado a causa de la caída, estaba el cajón donde la vamperra había disfrutado de su reparador sueño diario. Bajo el mismo, una sustancia negruzca, con la consistencia de la lava volcánica, comenzaba a expandirse en todas direcciones.

 

Mariposita agitó la cola alegremente en mi regazo.

 

"¿Será sangre?", barajé como opción al tiempo que retrocedía ante tanta pestilencia, "¡Qué asquito! Seguramente son cachos del cuerpo calcinado de la perra. ¡Puaj! No quiero ni pensar como estará mi Ervigio justo ahora..."

 

-Ervigio... -susurré con la voz estrangulada por la emoción.

 

"¡Tengo que verlo!, ¡tengo que verlo!, ¡tengo que verlo!... ¿Por qué tardará tanto el Jonhy?" agucé el oido pero sólo fui capaz de captar una animada charla en el piso superior, "... Mi abuela estará dándole rollo... y yo no resisto más, ¡tengo que ver a Ervigio!. He esperado más de lo que humanamente se me puede exigir... ¡Tengo que verlo!, ¡tengo que verlo! y ¡tengo que verlo!".

 

Desesperada me arrodillé junto al ataúd y, empujando con el hombro, lo saqué de debajo de la mesa.

 

-¿He oído mi nombre?. ¡¿Mi ratilla voladora me está llamando?! -exclamé en tanto que aplastaba la oreja contra un lateral- Estoy segura. Me está pidiendo ayuda. Es su voz, sí. Y dice "Jessicaaaaaaaaaa, Jessicaaaaaaaaa, mi amooorrrr". Argggg... ¡Dios mío!, ¡DIOOOOOOSSSSSSSS MÍOOOOOOOOO! ¡DEBO LIBERARLOOOOOOOOOOOOO!.

 

Mariposita ladeó su cabeza mientras me observaba atentamente, pero yo la ignoré con desconsideración. No era el momento de cuestionar mi decisiones. Ervigio me necesitaba y yo debía entrar en acción.

 

Rápidamente desalojé la parte superior del féretro sobre la que habíamos situado una carga considerable para evitar que un recuperado murcielaguito pudiese huir de nuestras manos. Después me incorporé junto a la caja y con varias hábiles sacudidas de mano adecenté cuanto pude el vestido y la capa, que de tanto pasearse por el suelo, arrastraban tremendas bolas de polvo. Por último, froté velozmente los labios entre si para redistribuir el carmín, inspeccioné el estado de mi moño y repeiné a la perra, a quien había decidido mantener sentada sobre mi antebrazo porque daba a la estampa un aire muy aristocrático.

 

¡Ayyyyy! ¡Qué hubiera dado yo en ese momento por tener preparado algún detallito más para el recibimiento! Confeti, otro poema de amor o una sentida canción de funeral (supongo que es lo más adecuado habiendo ataúdes de por medio).

 

 

Pero nada, no había nada de nada, ni tiempo para deternerse en esas minucias. Ervigio había dicho "Jessica, Jessica, mi amor" y lista o no, con fanfarria o sin ella, tocaba levantar la tapa.

 

Inspiré profundamente para tranquilizarme, enderecé mi espalda (porque la abuela dice que parezco un caballo percherón) y, con la punta del pie, moví la pesada tabla que nos separaba de mi adorable ratilla voladora.

 

-Jessica, Jessica, tu amor, ya está aquí.

-Una estaaaaaacccccaaaaaaa..., una estaaaaaacccccaaaaaaa..., por favoooooooorrrrrr...

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