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diariodeunavampiresanovata

Desde el otro lado de la habitación, bajando por unas pequeñas escaleras de caracol, el comité local de higiene vampírica fue recibido con una ola de murmullos de admiración.

 

Era un grupito mayoritariamente femenino compuesto por pamelas-seta, tocados de plumas y tacones de infarto. Al frente del mismo iba una pelirroja de sensuales labios carmín, peinada a lo años 40 y con un elegante traje negro ceñido que realzaba su turgente figura.

 

Entre su manos, enfundadas en kilométricos guantes de raso a juego, sujetaba una bandeja que bien podía ser de plata, sobre la que dos jarras del mismo metal se mantenían asombrosamente estables gracias al extraordinario pulso de la portadora. Detrás de ella, otra vampiresa morena y con un vestuario semejante, pero en rojo, transportaba una toalla llena de puntillas y encajes junto a una esponja de baño rosa.

 

Siguientes en la comitiva, un trío de gente guapa acaparaban la atención general del local. Estaba formado por un chupasangres alto, rubio con traviesos ojos azules y dos no-muertas de belleza nórdica explosiva que no le quitaban las manos de encima.

 

Según pude deducir por los comentarios de la embelesada masa vampírica, el chico, que no aparentaba más de 22 años, era Sir Thomas, el regidor de la ciudad, y sus dos exuberantes compañeras, unas ocasionales chupa-loquesea que probablemente no volverían a gozar jamás de tanta atención pública.

 

Tras ellos, iniciando la cascada de sombreros, pajaritas y plumas que procesionaban con el alcalde, la reconocible cabeza de Titina trataba de colarse por alguno de los huecos que las garrapatas suecas dejaban en su frenética fricción con Sir Thomas.

 

-Es una atropello, ¡un auténtico atropello! -repetía alzando su chillona voz por encima del runrún general- Una vergüenza, algo inaudito... Una completa falta de respeto a la legislación vigente... ¡Exijo JUSTICIA! -le gritaba en la oreja al joven vampiro- ¡Quiero que se me restituya lo que por ley me pertenece!, ¡primero me devolvéis a Ervigio y después podéis hacer con los humanos lo que queráis!

 

El juvenil chupasangres le dedicó dos breves miradas llenas de fastidio y finalmente asintió levemente mientras alzaba su mano con desgana para ordenarle silencio.

 

¡Aquello no pintaba nada, nada, nada bien! Primero, ¿cómo que “podéis hacer con LOS humanos lo que queráis”? ¡LOS humanos, en plural!, ¡LOS!. En todo caso EL. EL humano, EL albondiguilla, EL pelo-pincho-lamido. EL, en singular, uno solamente, nada de LOS, nada de plural. Y después, a ver, ¿a qué venía eso de devolverle a Ervigio? Ervigio ya no era su criado, ahora estaba CONMIGO y era MI novio, MI amante vampiro, MI pasional ratilla voladora y si querían llevárselo sería por encima de mi cadáver... Aunque eso era, poco más o menos, lo que pretendían hacer.

 

Un poco aturullada ante mi muerte inmenente y el secuestro de Ervigio, le eché una mirada a Jonhy barajando las opciones que se ofrecían ante mi y las posibilidades que con cada una de ellas tenía para salir viva de este pequeño mal entendido.

 

Así, a ojo de buen cubero sólo se me ocurrían 3 alternativas y ninguna de ellas era santo de mi devoción:

 

1.- Buscaba ayuda en exterior abandonando a su suerte al pobre pelo-pincho-lamido, allí sentado, vegetando y con la mirada a media asta.

2.- Trataba de explicarles a Titina y Sir Thomas que Ervigio no estaba secuestrado sino que era presa de nuestro grandísimo amor, con lo que en cuanto me hubiese convertido, él volvería a la circulación. Y en lo referente al Jonhy, les informaría que mi albondiguilla rebosaba grasas saturadas y que no era nada bueno para el colesterol, las cartucheras, la celulitis y la salud en general.

3.- Sacaba de allí a Gay Halsing aunque tuviese que hacerlo arrastrándolo por los huevos.

 

Haciendo un balance de los pros y los contras de cada una de las opciones me decanté por la primera, pirarme en busca de ayuda. Sin embargo un último vistazo a mi pobre y fiel escudero, completamente ajeno al peligro y más indefenso que Cristiano Ronaldo a la salida de un instituto, conmovió mi corazón y cambié de idea. ¡SALDRÍAMOS DE ALLÍ LOS DOS JUNTOS!... o... al menos yo sola.

 

Inclinándome sobre MacGyver lo sujeté por las axilas y comencé a tirar hacia arriba con todo el brío del que era capaz. Lamentablemente aquello no era suficiente para levantar a mi amigo, el elefante hipnotizado, así que probé entonces a sentarme a su lado y pásando su brazo sobre mis hombros, ponerlo en pie de esa manera. Pero al igual que antes, la fuerza de la gravedad era superior al vigor de mis maltrechos biceps, con lo que repanchingada entre cojines se me ocurrió la idea definitiva: no lucharía contra ella, me uniría a ella.

 

Empujando suavemente a Gay Halsing lo tumbé sobre el sofá y, vigilando que ninguno de los acólitos del alcalde estuviese atento a mi extraña ocupación, lo lancé al suelo.

 

¡Clong! Sonó su cabeza sobre el enterimado del WoW.

 

-No sabe beber -le expliqué a un chupasangres que se acababa de girar sobresaltado por el ruido- Y mira que se lo dije, “te vas a emborrachar, que esa chica está como una cuba, que hoy tenemos que ver a Sir Thomas”. Y él dale con que “es la última de la noche”, “estoy bien”, “yo controlo”...

 

 

El no-muerto me miró con desinterés, como si la conversación le resultase aburrida, y sin mediar palabra se giró rápidamente para seguir con atención el paso de la comitiva.

 

Afortunadamente, al igual que él, los otros 40 ó 50 vampiros que llenaban el local, estaban completamente absortos por la belleza, donaire y glamour que destilaba el regidor en cada uno de sus movimientos. Así que sigilosamente, sin que ninguno de ellos nos prestase atención, fui arrastrando al tonel de Gay Halsing a sus espaldas.

 

-Muy bien, Brígida -se detuvo Sir Thomas una vez hubo alcanzando el centro de la pista de baile- ¿Dónde están tus humanos?.

-Mi nombre es Bri... -comenzó a corregir Titina ante el estupor del rubísimo chupasangres- Allí, en aquellos sillones.

 

El círculo que los demás no-muertos formaban alrededor de su alcalde se abrió en el extremo señalado por la peli-teñida, justamente delante del sofá donde mi albondiguilla y yo habíamos reposado unos segundos atrás.

 

-¿Dónde están? -preguntó impaciente el jefe de aquel nido de vampiros.

-No lo se -susurró Brigitte acercándose incrédula al sofa- Los hipnoticé, pero se han ido.

 

Desde el otro extremo de la habitación comencé a tirar por la sahariana del Jonhy con más brío que nunca, segura de que los astros se habían alineado a nuestro favor y que, una vez más, la líder de la manada había resuelto una situación de peligro con éxito.

 

“Soy la caña” pensé feliz de que la salida se encontrase a escasos 5 metros de nosotros, “SOY LA CAÑA”.

 

Entonces, el bolso de Titina sufrió una sacudida y de la profundidades del “super-fashion” complemento de piel-auténtica-o-sea, surgieron dos diminutas y puntiagudas orejillas color camel.

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