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diariodeunavampiresanovata

-Ha-ha -rieron las demás al unísono como un coro de cuervos.

-Sí, sí -prosiguió el pajarraco mayor- Es que la pooooobre Titina ha tenido muy mala suerte eligiendo empleados.

-¡Ah!, ¿sí? -le respondí con afectado interés.

-Por supuestoooo -se animó al sentirse el centro de atención- Justamente ahora comentábamos que, hace apenas cinco días, la abandonó el criado que tenía de antes de cogerte a ti.

-¡Criado! -chillé ofendida por la parte que me tocaba- ¡Que quede claro que YO no soy criada de nadie!

 

Las 5 pamelas de tul y tafetán se giraron sorprendidas hacia mi y después de intercambiar un par de breves, pero significativas miradas, el grajo grandote retomó la palabra.

 

-Perdona, querida, quise decir señorita de compañía. Es que a veces olvido la época en la que vivo.

Pero no me lo tengas en cuenta... -improvisó una disculpa forzada - ...y únete a nuestra conversación.

 

Ni criada, ni señorita de compañía, ni sumisa esclava en una plantación. Yo no estaba para desempeñar ninguno de esos roles “working-class”, ¡vamos, hombre!, ¡con lo que me había costado enfundarme el “mega-hot” modelito de vinilo!

Fuera por mi agudo SPM o por aquel traumático disfraz de princesita en el que no había logrado meterme con 8 años, esa noche me sentía Jessi-Superstar. Y desde luego que una bandada de cuervajos quita-ojos vestidos para la hora del té no tendrían la fuerza suficiente como para expulsarme de tan selecto club de gente guapa.

 

-Disculpen... -comencé a decir alzando la voz.

 

Sin embargo una palabra aislada se destacó entre todo aquel linchamiento espontáneo, decidiéndome a aplazar por el momento la intención de poner a cada una en su sitio y yo sobre todas.

 

-... era algo como Remigio, Ermigio, Eligio...

-¡Ervigio! -sugirió Miss Hongo color pastel.

-Eso, eso. Ervigio -reanudaron la ejecución pública- Se llamaba Ervigio y era tan poco chic como combinar un vestido azul petroleo con un bolso verde inglés, o se-aaaaa...

-¡Ay, sí, sí!

-Ha-ha... ¡Es cierto, es cierto!

-Exactamente así.

 

“¡Joderrrrrr!, ¡esto sí que es fuerte!”, saltó la alarma en mi cerebro, “¡Un auténtico bombazo!. ¡Mi amante vampiro, un humilde sirviente de Titina! Y seguramente...”, la información era procesada a toda velocidad por mi mente, “... seguramente la dejó tirada al transformarse en chupasangres. Hace na’...”

 

-Sin embargo tan paleto no puede ser cuando Brigitte lo escogió como ayudante personal -sugerí aprovechando para promocionar a mi ratilla voladora unos cuentos puestos.

-Pues sí, sí que lo era, chicaaaa. De lo más “out” que he visto nunca... Pero tuvo suerte -continuó la seta fucsia entusiasmada al ser el centro de atención- Titina conoció a Ervigio una noche estando de cena. Cuando descubrió que el pobre era emo-fílico, ella, que es ultra-sensible, se vio incapaz de abandonarlo a su suerte, así que lo puso bajo su protección. Desde entonces hasta el día de su extraña desaparición Ervigio se convirtió en el fiel y humilde siervo de la que ahora es tu señora.

-Uhmmmm... No veo porque ser emo-fílico es algo digno de pena -habló mi Jessica activista militante contra la discriminación- ¿Qué tiene de malo que te gusten los emos?, ¿o es que hay alguna estúpida razón por la que es mejor que te gusten los zoos o los pedos? Sinceramente, nunca he conseguido entender por qué se les tiene tanta antipatía a la gente sensible y extremadamente emotiva, por qué tantos prejuicios, por qué tanto odio, por qué tanta antipatía... Al fin y al cabo ¡¡¡todo somos emooooossss!!!

 

Las brujas del te de las cinco me miraban estupefactas bajo las alas de sus inmensos sombreros multicolor, incapaces de pestañear siquiera, abrumadas por mi cojonudo discurso.

 

-Y ahora -finalicé con urgencia asaltada por un súbito dolor de barriga-... si me disculpan... - añadí mientras buscaba la palabreja adecuada- me retiro al culinario.

 

Dándome la vuelta con mucha altivez tomé el camino del retrete mientras unos retortijones en el intestino interrumpían mi alborozo personal.

 

“¡Toma, toma y tomaaaa! (ainnnssss) ¡Toma del frasco, Carrasco!, ¡Para que el Jonhy diga que soy más bruta que unas bragas de esparto! (ainggggg) ¡Qué estas víboras aprendan algo de elegancia y saber estar! (ayyyyyyy)”

 

Apenas hube empujado la puerta del servicio y bajado el prieto pantalón de charol, mi culo celebró su liberación en el culinario con un disparo de salvas y múltiple fanfarria. ¡¡¡Hip, hip, hurraaaaa!!!, ¡¡¡hip, hip, hurraaaaa!!!

 

 

Relajada tras aquella considerable liberación de lastre, me detuve a examinar, no se muy bien por qué, mi escueto tanga negro de hilo.

 

“¡Co-ño!, ¡me ha bajado la regla!”

 

En efecto, allí en la mitad la escasa tela que tapaba una escasa porción de mi piel, se hallaba la indudable prueba de que ningún tío me había dejado embarazada... ¡Menuda novedad!.

Lamentablemente, y pese a que mi cuerpo lo acababa de celebrar por todo lo bajo yo no estaba para tantas alegrías. No tenía ni compresas, ni tampones, ni albondiguilla que me ayudase a subir los pantalones.

Pacientemente y sin dejarme caer en la desesperación, vacié la cisterna, enrollé una buena cantidad de papel de baño que coloqué sobre el microtanguita y procedí a embutirme por segunda vez aquella noche mi maldito-maldito-maldito conjunto de vinilo.

 

Ñiiiiiiccccccccc. Se escuchó la puerta principial del cuarto de baño. Clic, clic, clicclic, clic,clicclic, clic. Unos taconazos de aguja de dos damas de la alta sociedad me hicieron contener el aliento.

 

“¡Por Dios que no me pillen con el culo al aire!”

 

-Claro que sí Pituqui.

-¿De verás MariSandri?

-Por supuesto. Me lo ha dicho Sir Thomas en persona. Esta noche tenemos cena especial. Nada de bolsas de sangre recalentadas. ¡Dos especímenes fetén!, ¡tamaño XXL!... ¡Frescos, frescos!.

-¡Qué derroche!, ¡oye!, ¡no me lo puedo creer!

-Yo tampoco, chica. Ya parece que los esté oliendo... Se me hace la boca agua.

 

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