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diariodeunavampiresanovata

Me acerqué a las escaleras que llevaban a las habitaciones de la casa e inspiré con fuerza porque, otra cosa no, pero iba a necesitar una buena dosis de inspiración.

-¡Abuela, soy yo! - anuncié - ¡Tury está aquí conmigo!
-Grrrr... - puntualizó él luciendo ante Ervigio sus colmillos inferiores.

Se hizo un breve silencio en la oscuridad, probablemente durante el tiempo necesario para procesar que había otra persona en la casa y asociarle una cara a la voz que acaba de hablar.

-¡Ahhhh!, ¡Jessi! - me contestó mi abuela aún en la penumbra del pasillo superior - ¿qué haces aquí tan temprano?

¿Temprano?, ¿no estábamos en plena madrugada?, ¿qué hora se suponía que era?. Le eché una mirada a mi móvil y comprobé que rondábamos las 6:30 de la mañana, con lo que los primeros rayos de sol no tardarían en filtrarse a través del cielo encapotado.

-Ehhhhhh... - había que pensar rápido – Es que si llego a esta hora a casa, papá me mata. Ya sabes que los domingos se levanta temprano para ir de caza y no le gusta ver que todavía no estoy en cama.
-¿Entonces qué quieres? - me respondió acercándose lentamente al borde de la escalera- ¿que le diga que viniste a dormir conmigo?.

Allá, en la cima de los peldaños, con su metro cincuenta de mojama seca y enjuta, mi abuela aperentaba más alta de lo que en realidad era. Vestía la bata de raso roja (el boatiné murió con su marido) comprada para llevar a los viajes del IMSERSO y unas flamantes zapatillas del mismo color coronadas por un pompón de plumas... Toda sofisticación y sensualidad para su edad... supongo.

-Pues, más o menos sí. Y además vengo con Jonhy y... - ¿un vampiro?, ¿un chupansangres?, ¿una ratilla voladora? -... y otro amigo que necesita ir al baño – nota mental: averiguar el nombre del no-muerto - ¿Puede pasar?.

Mi abuela se agachó para examinar al nuevo visitante desde su elevada posición, pero el albondiguilla, que de vez en cuando tiene buenas ideas, se cruzó en la trayectoria de tan curiosa mirada ocultando el ataúd.

-Buenos días, Sra. Lola – la saludó con una de esas sonrisas suyas de niño bueno que siempre despiertan el instinto maternal.
-Buenos días, Jonhatan – respondió ella agachándose todavía más para localizar al individuo que le faltaba por conocer.

Se hizo un incómodo silencio mientras MacGyver mantenía los piños bien visibles cual tiburón anunciando dentífrico. A lo lejos, los insultos incoherentes de un Charly, que se iba dando por vencido, eran percibidos ya como murmullos inconexos.

-Os voy a matar... (blablabla)... papilla... (blablabla)... bruja voladora... (blablabla)...dejadme pasar y... (blablabla)...
-¿Es ése el que quiere mear? - preguntó mi yaya cuyo oido no es tan agudo como en sus tiempos mozos.
-Zorra... (blablabla)... - eso había sido muy claro.
-¡Vaya! Sí que tiene un apretón, sí – concluyó mi abuela apoyándose en el pasamanos para recuperar la verticalidad – Pues que pase. Que pase vuestro amigo, no sea que acabe regándome las ortensias.

Tan pausadamente como había surgido de entre las sombras, mi yaya comenzó a retirarse teatralmente. El pelo-pincho-lamido la seguía atentamente con la mirada y, en cuanto su Sr. Lola se hubo alejado lo suficiente, tiró por el Ervi-móvil hacia el recibidor. Pero éste permaneció inamovible.

-No va – murmuró mirándome desesperado.

Yo me acerqué para corroborarlo y, dejando a Arturo sobre sus cuatro patas, tiramos por la caja simultáneamente.

-No va – repetí frustada sintiendo que en unos pocos segundos el sol saldría y yo perdería irremediablemente al amor de mi vida.
-Es porque tu abuela invitó a un "amigo" tuyo – me explicó suavemente Jonhy tratando de evitar que las lágrimas desbordaran mis inundados ojos – Y el vampiro – continuó señalando a Ervigio que volvía a ser presa de Tury – el vampiro, no es tu amigo.
-Ya. Ya veo...- fue lo único que pude decir antes de que el llanto me quebrase la voz.

Miré hacia el no-muerto, que dominado por el pequeño pequinés, también derramaba grandes lagrimones de sangre (una guarrada, por cierto) y sentí que ambos estábamos conectados por el dolor de la pérdida.

¡Teníamos que hacer algo para salvarlo!

Entonces MacGyver sacudió la cabeza, como si una bombilla gigantesca le acabara de iluminar el cerebro y, pasando a mi lado a la velocidad de la luz, comenzó a subir las escaleras.

-¡Sr. Lola! - le gritó a la silueta que se alejaba por el pasillo envuelta en raso rojo.
-¿Sí? - respondió mi yaya.
-También le traemos fiambre para Arturo. ¿Dónde lo guardamos?
-¡Ohhhh! ¡qué encanto! - todo lo que fuese para Tury era bienvenido, por extraño que resultase regalar fiambre a las 6:30 mañana después de una noche de juerga - Ponedlo en el congelador del sótano, por favor.

¿Se podía considerar eso una invitación?, quiero decir, ¿para alguien que no fuese una tabla de embutidos?... Intenté arrastrar nuevamente el ataúd y... ¡esta vez cedió!.

¡Mi brillante albondiguilla!, ¡sagaz y astuto como le he estado enseñando todos estos años!. Si antes no  me hubiese conmocionado tanto por la posible pérdida de mi encantador murcielaguito, de seguro que la idea se me habría ocurrido a mi.
Sin embargo, las felicitaciones tendrían que esperar y no porque mi orgullo me impidiese agradecerle al Jonhy la vida de mi futuro compañero de eternidad. El problema era que las primeras luces de la mañana ya iluminaban la escena y Ervigio estaba echando ahora tanto humo por los poros de su piel que Arturo parecía sacado de un videoclip de los 80.

 


De un sólo tirón, tras hacer acopio de fuerzas, conseguí meter el Ervi-móvil en el hall y una vez dentro, cerrar la puerta que nos mantenía a salvo de Charly y el temido amanecer. En silencio y escoltados por Tury, cargamos al no-muerto, con más pinta de muerto de lo que semejaba saludable para él.

-Tenemos que averiguar su nombre – resolló MacGyver una vez en el sótano – Lo de esta noche no puede volver a pasar.

Eché un vistazo hacia mi amorosa ratilla voladora, maniatada, amordazada y luchando por mantenerse consciente... Eso era de fácil solución.

-¿Cómo te llamas? - le pregunté al murcielaguito mientras me abalanzaba sobre su  churruscado cuerpo para arrancarle la cinta americana de los labios.
-Effigfio – contestó con un parpadeo asustado.
-Emilio - interpreté yo.
-Ervigio- me corrigió el sabelotodo pelo-pincho, agachándose él también para quitarle los dientes de ajo de la boca – A ver, repite.

Lamentablemente el vampiro no pudo sacarnos de la duda. Con el sol desperezándose en el horizonte el no-muerto acababa de caer en su letargo diario y hasta el siguiente atardecer no conseguiríamos obtener nada interesante de él.

-¡Co-ño! - ya me empezaba a dar mala espina oir al Jonhy exclamar esa palabra - ¡Los dientes!
-¿Qué pasa ahora? – me interesé fastiada - ¿Tampoco te gusta a ti el ajo?.
-No, no. Los dientes de ajo, no. – me explicó con las cejas completamente enarcadas – ¡Los colmillos!. ¡Tu Oscuro Amo de las Tinieblas tiene los dos colmillos rotos!.

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