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diariodeunavampiresanovata

Uhmmm... ¡Curioso!, parecía que las cosas estaban tomando el peor cariz que podían tomar. ¡Vayan ustedes a saber por qué!, pero en ese momento me dominaba la completa certeza de que en las conversaciones tipo puño a cara yo llevaba las de perder.
Entonces, movida por la necesidad de mantener mi preciosa naricilla alejada de nudillos iracundos, sometí finalmente la indomable cerradura de la entrada principal.
¡Salvados! Rápidamente giré mi cabeza para asegurarme que así era y al comprobar que la masa de músculos descontrolada aún estaba fuera de la finca me sentí liberada:

-Si tanto quisieses a Vane ya te habrías ido a rescatarla y no estarías aún ahí parado pensando en mi – le chillé completa y verdaderamente preocupada por la salud de mi amiga.
-Síiiiiii – berreó cegado por la bilis - Estoy pensando en ti. En ti y en como extraer de tu enfermiza cabeza ese malvado blandiblú gris que tienes dentro... ¡Seguro que Vane me lo agradece!.

No esperé a oir nada más. Ese breve conversación me había aclarado de un plumazo que la situación en la que me encontraba no era adecuada para un intercambio de impresiones.

-Metamos al muerto a cubierto – ordené mientras me agachaba para recoger la cabeza del Ervi-móvil situada a mis pies.

Sin hablar siquiera (es lo que tiene cargar con un atáud toda la noche) alzamos el Ervi-móvil en 2 tiempos (uno va cogiendo práctica) y con el oído puesto en los intentos de Charly por saltar la verja nos precipitamos a franquear el umbral.

Estaba claro que mi pelo-pincho traidor era presa del pánico. En cualquier otra circunstancia la antipatía mutua entre Jonhy y Arturo, el sustituto de mi fallecido abuelo en el lecho conyugal, le habría hecho pensarse dos veces entrar en la casa con tanto brío. Sin embargo, el mandril con malas pulgas que se vislumbraba al otro extremo del jardín encendió el turbo en las posaderas del albondiguilla y esta nueva tracción trasera me catapultó varios metros en el vestíbulo de la yaya.

¡Bloooooommmm! escuché detrás mientras caía a cuatro patas por segunda vez aquella noche.

-Co-ño... - remató un Jonhy visiblemente sorprendido.

Su tono resultó tan desconcertante que inconscientemente mi cabeza se volteó esperando encontrar al Charly a punto de rehacerme la cara para toda la vida. Sin embargo, en la penumbra del porche sólo se distinguía la silueta rechoncha del pelo-pincho-lamido y nuestro ataúd, que con la tapa caída, exhibía sin reparos la captura de la noche.

-¿Por qué no entras? - le pregunté cuando me cercioré que el macaco seguía más o menos donde lo había visto por última vez.
-No puedo – me explicó mi albondiguilla que, todavía pasmado, seguía con la vista fija en Ervigio - Por más que empujo, la caja se frena... Yo creo que...

Pero no pudo continuar. Una exhalación rubia pasó entre mis pies e ignorando incluso las apetecibles canillas de MacGyver arremetió directamente contra la entrepierna de Ervigio.

Grrrrrrrrrrrrrrrr... Grrrrrrrrrrrrrrrr... Grrrrrrrrrrrrrrrrr...

-¡Tury! - le grité al pequinés que suele dormir con mi abuela – ¡Perro malo!, ¡perro malo!. ¡Deja en paz al vampiro!.




Arturo (a mi yaya le gusta imaginar que comparte cama con Arturo Fernández) me dirigió una mirada fugaz sin soltar su presa y, haciendo caso omiso de mi orden, continuó gruñendo y tirando por los pantalones con alegría.

-Yo no se lo pienso quitar de encima – dijo el Jonhy recuperando un poco la tranquilidad – Pero si el vampiro te interesa como novio será mejor que evites el Bobbicidio.

Efectivamente, el pobre Ervigio daba más penita que la nariz de la Esteban. Allí tirado, retorciéndose de dolor con la mandíbula tensa y los ojos inyectados en sangre, no tenía cómo escapar de la pequeña fiera perruna que lo atacaba con saña.

-Hay que ser amable con los invitados – expliqué dulcemente a Tury mientras lo separaba de su nuevo juguete para ponerlo en mi regazo – Y tú – increpé al pelo-picho-lamido - ¿se puede saber por qué no eres capaz de meter la caja dentro de casa?

El albondiguilla se tomó un segundo para desviar la mirada de Charly, cuyos gritos y ánimo decaían cada vez más, y recuperando su confianza habitual clavó los ojos en mi.

-Tú deberías saberlo – respondió con suficiencia - El chupasangres necesita invitación.
-Invitación - repetí mecánicamente con la frustración del que olvida en el examen una lección bien aprendida.
-Síp. Un vivo que habite en esta casa debe dejarlo pasar.

¡Mierda! ¿Cómo había podido ignorar por completo esta pequeña condición? . Ahora sí que la habíamos liado parda: ¡¡¡¡¡¡¡un féretro es demasiado grande para esconderlo en el piso de mis padres por mucho que un vampiro sea más limpio que un hamster!!!!!!!... ¿Qué hacer?

Estando las cosas así de desquiciadas, tenebrosos Hijos de la Noche, sólo se me ocurrían 3 opciones, a cada cual mejor:


a) dejábamos un ataúd en el jardín de mi abuela y en cuanto saliese el sol: "Vampiro a la brasa".
b) trataba de amainar a Charly y regresábamos todos al cementerio para dejar al chupasangres en su habitat natural.
c) conseguíamos que mi yaya le diese un pase VIP al futuro novio de su nieta.

-¡Arturoooooo! - la voz chillona de mi abuela interrumpió mi meditación - ¿dónde te has metido, cariñoooooooooo?

El Jonhy y yo volvimos la cabeza hacia el piso superior.

-Grrrrrr... ¡GUAU! - resolvió Tury.

Al parecer la respuesta iba a ser C.

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