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diariodeunavampiresanovata

Hoy he estado hablando con el Jonhy, que estuvo hace nada echándole un ojo al blog y me ha exigido que elimine todo eso de que está loquito por mis huesos porque,  según él, soy una "puta chiflada" que se cree el ombligo del mundo. Y la verdad es que a veces tiene razón, pero yo me debo a mis siniestros lectores y con ellos tengo la necesidad de ser honesta. Así que si sinceramente pienso que él me ama apasionada y silenciosamente, no voy a desdecirme.

Pero ignoremos a esta pobre criatura mortal (a ver si se entera de que no puede darme órdenes) y volvamos a hablar del divino objeto de mi tenebroso deseo, Ervigio, el vampiro. Bueno, más bien debería decir MI vampiro, y no sólo porque lo tenga amordazado en la bodega de la abuela sino porque en el fondo nos pertenecemos el uno al otro como si de una llave milenaria y su adelocescente candado se tratase.

Lo de la mordaza y las cadenas es sólo una circunstancia pasajera, necesaria en tanto en cuanto no se tranquilice y deje de bramar como un cerdo en la matanza. A veces el amor es ciego y él todavía no consigue comprender que su alma y la mía se van a unir dentro de poco de forma duradera y definitiva hasta la eternidad.

Mi maestro oscuro me explicaba este fin de semana por el chat que a muchos vampiros le cuesta aceptar que otro humano desee compartir con ellos los 4 soplos de vida y polvo de los que estamos hechos para pasarnos el resto de la existencia a su lado. Al parecer es bastante común que inicialmente se nieguen a ceder su sangre contaminada por lo que la práctica habitual para convertir a un humano pasa previamente por la captura y posterior amenaza estaca en mano a un no-muerto.

Así de sencillo:

  1. buscar vampiro
  2. capturar vampiro
  3. amenazar vampiro
  4. y a disfrutar de la vida eterna.

Sin embargo al Jonhy y  a mi no nos resultó tan evidente. Y con esto no quiero que penséis, siervos de la noche, que el maestro oscuro no es lo suficientemente maestro o suficientemente oscuro para guiaros por los mundos de las sombras, lo que ocurre es que yo nunca he tenido muchas luces para estudiar. ¡Qué ya lo decía mi abuela!: "Sacad a la niña del colegio y que coja un buen marido que la mantenga".Por otro lado también es cierto que los vampiros no son fáciles de engañar.

Mi plan inicialmente consistía en localizar a un no-muerto en cualquiera de los cementarios de la ciudad y después de ofrecérmele en cuerpo y alma (más bien en cuerpo, para que nos vamos a engañar), seducirlo dulcemente con mis encantos para que me llevase con él, camino de la eternidad... En resumen, como Bella y Edward, pero siendo un poco más razonables a la hora de localizar al vampiro en el instituto.

Total, que después de explicarle todo el rollo al Jonhy, éste accedió , no sin untarlo previamente con 50€, a pasar la noche en el cementerio donde estaba enterrado mi abuelo. Esto último no fue casualidad. Después de meditar y discutir un buen rato decidimos que si la cosa iba mal siempre sería bueno tener a mano a un espíritu conocido. Al fin y al cabo, aunque yo no haya mantenido mucho contacto con el viejo desde que se fue para el otro barrio, si es cierto que durante su larga vida el abuelo me demostró mucho cariño y siempre se expresó celoso de que su nieta mantuviese limpio el buen nombre de la familia. Así que es bastante acertado suponer que de existir algo que pudiese traerlo del mundo de la ultratumba eso sería sin duda preservar mi virginidad a salvo de no-muertos lujuriosos (es bien sabido que los vampiros están más salidos que el pico de una plancha).

El pasado sábado por la noche, aprovechando que nuestras madres pensaban que nos íbamos de marcha nos preparamos a pasar la noche vigilando el camposanto. Salimos por la puerta a eso de las 12:30 con los ánimos elevados y la certeza, realmente infundada, de que justamente esa noche un chupasangres se pasearía por delante de nuestras narices.

El Jonhy llevaba sus pantalones de comando, una camiseta negra y la chupa militar. Un conjuntito que, sinceramente, le queda muy sexy. Y yo iba preparada para encontrarme con mi media naranja: pitillos negros, camiseta blanca hasta el culo, cazadora de (imitación de) piel negra, pelo hiper-liso (después de 1 hora de plancha) y los ojos circundados por un buen pegote de perfilador negro.

El búho paró a la 1:00 en la verja trasera del cementerio y mi esbirro y yo saltamos a la oscuridad ante la atenta mirada del conductor, el cual probablemente imaginaba que algún asunto sucio nos traía a esas horas a ese lugar. Rápidamente, o al menos, todo lo rápido que pudimos (yo nunca he sido Carl Lewis), nos lanzamos en busca del lugar donde el muro es más bajo y fácil de saltar.

Aprovecho este momento para reconocer que mi fuerte tampoco es rápel, ni el "free running", ni nada que implique esfuerzo físico, con lo que llegados a la tapia, precisé de una pequeña ayuda del Jonhy para optimizar mi tracción trasera, básicamente, un par empujones simultáneos en mi cachas derecha e izquierda.

Una vez en lo alto del muro, para bajar, me impulsé levemente hacia delante con tan mala suerte que, seguramente debido a un desnivel en el suelo, perdí el equilibrio y la inercia me puso a cuatro patas sobre la gravilla arrastrando rodillas y manos un par de centímetros... ¡A la mierda mis vaqueros nuevos! Me iba a presentar a mi primer encuentro amoroso un poco más alternativa de los que me hubiese gustado. ¡La negra desgracia se cernía de nuevo sobre mi cabeza!. Mi alma se hundía en la pesadumbre y las risitas sofocadas del Jonhy no ayudaban en absoluto.

Levanté la cabeza, como si no hubiese pasado nada y le solté un "Sígueme, si la risa te deja" a mi medio-hermano traidor. El camposanto estaba oscuro, sólo unas farolas alrededor de la capilla nos permitían ver en la penumbra hacia donde se dirigían nuestros pasos. Inicié la marcha en silencio (evidentemente estaba ofendida) hacia la claridad que manaba de estos focos y el me-río-en-tu-cara me siguió sumisamente, como los perros cuando saben que han hecho algo mal.

Nos sentamos en la escaleras que llevan a la puerta de la iglesia y allí nos acomodamos a esperar cuanto fuera necesario. Mientras yo me retocaba una vez más el maquillaje de los ojos, Jonhy jugaba con su móvil nuevo. Pasaron las 2, las 3 y las 4 y al fin vimos una sombra alargada que esquivaba la luz de la luna entre los cipreses centenarios.

La primera idea que cruzó mi mente fue que se trataba de chicos de una pandilla que buscaban un lugar morboso y tranquilo donde hacer botellón, sin embargo al ver que se abría la puerta de la cripta de los Srs. de Medina y Guzmán empecé a creer que quizás habíamos tenido suerte porque sólo el alma torturada y elegante de un vampiro buscaría reposo en un espacio de tanto glamour como ése.

Mi corazón empezó a latir con fuerza y ya no pude aguantar más.  Le clave al Jonhatan el codo en un costado sin mediar palabra (todavía no se me había pasado el cabreo) y al momento se puso en pie junto a mí, con una pequeña mochila sobre su hombro donde él traía a hurtadillas (eso no formaba parte de mi plan) estacas, agua bendita, cadenas y un par de bocadillos de jamón.

Nos miramos una fracción de segundo y en un par de ellos más ya estábamos entrando en tropel dentro de la cripta, dándonos codazos y empujones para ser el primero en hablar con el no-muerto. Ya se, siervos de la noche, que eso fue poco elegante y que, para dirigirse a un ser superior, tendríamos que haber hecho una entrada mucho más estudiada. Como en las recepciones reales, en plan besamanos y reverencia hasta el suelo. Sin embargo, lo que nos encontramos tampoco se parecía mucho a un vampiro de irresistible atractivo llevando su cuerpo sin vida a descansar en una tumba cuidadosamente labrada.

Allí, en la mitad de la cripta, el Jonhy y yo asistimos a algo para lo que mi maestro oscuro no nos había preparado jamás...

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